La capital catalana ha consolidado la celebración multitudinaria de la despedida del año en la avenida María Cristina de Montjuïc.
En esta última edición, unas 115.000 personas llenaron las viejas instalaciones de la Fira de Barcelona para contemplar la fiesta que organizaba nuevamente la compañía francesa Groupe F, experta mundial en este tipo de eventos.
El espectáculo del agua desde la Font Màgica, liberada ya de las penurias de la sequía y con sus tuberías puestas al día, complementó la música y los drones. Un éxito que confirmó la intención del alcalde, Jaume Collboni, de que Barcelona pudiera ofrecer un Fin de Año “único en España y en Europa”.
Hubo incidentes, claro, no puede ser de otra forma en una concentración tan masiva con el consumo de alcohol que conlleva una celebración de estas características y gratuita. Pero nada que ver con otras ocasiones.
Una calle de Vigo saturada de personas deseosas de contemplar su iluminación navideña.
Además, después de nueve ediciones con una asistencia estabilizada por encima de 100.000 personas, el consistorio ha conseguido asentar en Montjuïc una macrofiesta alejada del centro histórico, evitando los graves destrozos que el gamberrismo ocasionaba en el entorno de la plaza de Catalunya.
El Ayuntamiento acierta al orientar la verbena masiva hacia zonas menos nucleares de la ciudad. Otra cosa es lo que pensarán los vecinos de los alrededores de la plaza de Espanya, colapsados ya durante las horas anteriores al espectáculo y las siguientes por peatones —nada silenciosos— y automóviles.
Debe ser difícil organizar transporte público para una avalancha humana semejante, pero esa noche fue del todo insuficiente. Las paradas de autobús estaban atestadas a la espera de vehículos que no podían circular en unas calles invadidas por coches particulares y los propios viandantes, que mientras se procuraban movilidad hacían paradas técnicas en los numerosos bares abiertos.
Además del acierto de la ubicación desde el punto de vista del orden público, el tono local del repertorio musical organizado por Marc Parrot también fue positivo.
No obstante, habría que añadir que la ciudad no debe competir en nada con nadie, al menos desde los titulares y en absoluto en materia de récords. Dejemos para otros más lanzados la altura de los árboles de Navidad, el despliegue de luces y la capacidad de convocatoria de las fiestas.
Barcelona, hay que decirlo, no necesita promocionar el turismo de masas en invierno (ni en verano). Solo hay que pasear por buena parte de los barrios de la ciudad para comprobar que los 12 meses del año son ya temporada alta.
