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Josep Rius, a la derecha con Turull, Borràs y Puigdemont / JUNTSXCAT

Josep Rius, a la derecha con Turull, Borràs y Puigdemont / JUNTSXCAT

Opinión

Se busca caudillo interino

"Puigdemont se ha caracterizado por ser de esos dirigentes que no quiere a nadie que pueda hacerle sombra. De ahí que se haya ido rodeando de las mediocridades más destacadas de su formación. Con Toni Comín a la cabeza"

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De vez en cuando se alzan voces que lamentan la falta de un liderazgo definido. En el mundo, en Europa, en España, en Barcelona. Cualquier lugar parece bueno para la irrupción de un caudillo. Un guía que lleve a los pobres e ignorantes ciudadanos hacia la eternidad de un destino en lo universal.

La verdad es que, en general, estas peticiones acostumbran a encubrir una falta de consideración por los mecanismos democráticos. Y, también, una falta de proyecto.

El caudillaje es lo contrario a la participación democrática. Cuando hay proyecto es porque un colectivo amplio lo ha generado, de modo que si el líder, carismático o no, pilla una hepatitis, siempre habrá alguien que pueda sustituirlo porque los criterios de actuación están establecidos y son comprendidos por la mayoría que arropa el objetivo deseado.

Un ejemplo de falta de proyecto y, precisamente por eso, de falta de líder, es Junts en Barcelona.

Retirado Xavier Trias (que representaba, poco o mucho, la herencia de lo que fue el pujolismo), no hay un cabeza de lista claro porque los líderes no surgen de la nada.

En el vacío sólo caben dos cosas: que Puigdemont designe a alguien (por ejemplo, Josep Rius) o que se consiga un candidato que, a falta de programa, sea conocido porque sale o ha salido por la televisión.

En cambio, lo que los alemanes llaman “el olor de las cuadras”, es decir, el historial de trabajo municipal sordo, antes de ascender en el escalafón, en Junts se valora poco o nada.

No es de extrañar que en plena desorientación se haya llegado a pensar en recuperar al gran perdedor: Artur Mas. En su época de presidente del gobierno catalán llegaron a referirse a él como “el segundo presentador del telenoticias”. Salía más que los de verdad.

Mas ya se estrelló en su intento de alcanzar la alcaldía de Barcelona, antes de volver a vivir bajo el ala de Jordi Pujol. Cuando intentó volar en solitario se mostró que la astucia que le atribuía en exclusiva Pilar Rahola era más fruto de la imaginación de ella que de la realidad.

La suerte de Junts es que, salvo en el caso de los socialistas, que tienen claro que su candidato será Jaume Collboni, los demás andan igual de despistados. Con la excepción del PP que, al margen de tener un candidato consolidado, tiene también la enorme suerte de que no aspira a gobernar Barcelona. Así no hay navajazos.

Es curioso que entre los candidatos hipotéticos haya desaparecido alguien que optó a serlo por los socialistas y por los convergentes: Ferran Mascarell, Desde luego, tiene más preparación y cabeza que muchos de los nombres que suenan. Y, además, es más joven que alguno de ellos, por ejemplo Artur Mas.

Igual la imposibilidad de ser candidato deriva, precisamente, de su valía. Puigdemont se ha caracterizado por ser de esos dirigentes que no quiere a nadie que pueda hacerle sombra. De ahí que se haya ido rodeando de las mediocridades más destacadas de su formación. Con Toni Comín a la cabeza.

Hacerle la pelota: ése era y es el verdadero método para conseguir su bendición.

Cuando decide el líder no hace falta programa alguno. Un poco de cara (en el sentido de ser reconocido tras haberla reproducido las pantallas) y un poco de labia, capaz de disfrazar el “no a todo” de una propuesta formal son elementos suficientes.

El independentismo vive de prometer lo imposible desde que fue recuperado con fuerza por la ERC que entonces encabezaban Àngel Colom y Pilar Rahola, luego realquilados en el PI.

No necesitaban gestionar lo público y podían prometer la luna. Les bastaba con decir que todo se arreglaría cuando se obtuviera la independencia.

¡Hasta la sequía desaparecería cuando hubiera una Cataluña independiente!

Luego se vio que detrás de las propuestas independentistas no estaba ni siquiera la voluntad real de llegar a la independencia.

Al final, sin embargo, los catalanes y barceloneses parecen satisfechos con dos gestores como Salvador Illa y Jaume Collboni. No prometen el paraíso, pero se hacen cargo de ordenar las autopistas, las vías de tren y la limpieza de las calles (es un decir).

Y además no gritan.