Fachada del Ayuntamiento de Barcelona
Cocinar en catalán
"Han pasado muchos años desde los 80 y ya iría siendo hora de superar el síndrome de Estocolmo del nonagenario señor Pujol"
¿Se acuerdan ustedes de aquel cocinero del ayuntamiento de Barcelona que fue despedido por suspender el examen de catalán? Bueno, pues resulta que el TSJC ha declarado su despido improcedente y obliga a la empresa a readmitirlo o a indemnizarlo con la bonita cantidad de 59.000 euros. Considera el alto tribunal que el ayuntamiento se excedió en su cruzada idiomática (el cesante es natural de Córdoba) y, aunque no lo diga, intuyo que considera que para hacer fricandó, macarrones y huevos fritos no hace falta tener un nivel de catalán similar al del difunto Pompeu Fabra.
Cuando tuvo lugar el despido, no pude evitar pensar que el PSC, una vez más, estaba sobreactuando. Lo hace a menudo, siempre que detecta una oportunidad de ejercitar ese síndrome de Estocolmo que les causó Jordi Pujol en los años 80, cuando el Gran Barrufet consideraba que los sociatas no eran suficientemente catalanes. Echar a un cocinero porque no domina el catalán me pareció más propio de ayuntamientos convergentes o republicanos, muy dados a este tipo de gestos (en el de Ripoll puede que se considerase insuficiente el cese y se optara por la sodomización en plaza pública con una butifarra). Especialmente porque el cesante no tenía el más mínimo trato con la población, dado que estaba confinado en las cocinas de nuestro ayuntamiento.
Llovía sobre mojado. Recuerdo que algo antes de este incidente patriótico había tenido lugar otro aún más ridículo: un trabajador del cementerio de no sé qué pueblo había sido despedido por su desconocimiento de la lengua de Mosén Cinto. Teniendo en cuenta que el trabajo lo condenaba a hablar casi exclusivamente con difuntos, no sé a qué venía la exigencia del catalán, pero la cosa se vería superada por lo del cordobés de la cocina de nuestro ayuntamiento, que solo hablaba con muertos del reino animal. No sé de donde salió la idea de someter a examen de lengua a un cocinero y a un sepulturero, pero creo que es muy indicativa de lo que le pasa a según que gente por la cabeza en esta tierra nuestra.
Se comprende que el madrileño Roberto Enríquez, alias Bob Pop, haya aprendido catalán porque opta a la alcaldía de Barcelona, cargo en el que se da por hecho que el titular debe mostrarse fluido en las dos lenguas oficiales de Cataluña (igualmente propias, por cierto, pese a lo que pueda pensar el mandamás de Plataforma per la llengua). Pero una cosa es querer ser alcalde de una gran ciudad y otra, fabricar comistrajos para funcionarios municipales o enterrar cadáveres pulcramente. Ya sé que hay gente capaz de enfadarse si el que entierra al abuelito no lo hace en catalán, pero creo que no habría que hacerle ni el menor caso.
El TSJC ha puesto orden en el síndrome de Estocolmo de los socialistas barceloneses y ahora, el cocinero andaluz deberá ser readmitido en su puesto o ser indemnizado convenientemente. Aprender catalán no hace ningún daño, sobre todo si llevas media vida por aquí, pero hay gente negada para los idiomas, gente a la que le da pereza estudiar un poco y gente que, con un criterio difícil de censurar, considera que en cualquier lugar de España (y Barcelona está en España hasta nueva orden) basta con el castellano o español para ir por la vida (sobre todo, en según qué trabajos).
Dejemos, pues, esos gestos supremacistas para los que han hecho de ellos su razón de vivir. Unos gestos que un consistorio presuntamente socialista no tiene por qué practicar. Espero que aprendan la lección del TSJC y que no tengamos que volver a hacer el ridículo patriótico de nuevo. Han pasado muchos años desde los 80 y ya iría siendo hora de superar el síndrome de Estocolmo del nonagenario señor Pujol.