Una hilera de motos ocupando una acera de Gràcia / BARNABICI
Al acecho del peatón
"Oficialmente el Ayuntamiento de Barcelona ha iniciado una campaña para eliminar las motocicletas de las aceras. Sólo de boquilla. En la práctica resta espacio al peatón y, naturalmente, la medida ni siquiera va acompañada de la protección al resto de la zona"
Decía Marx que en la historia hay momentos de flujo y de reflujo. Traducido: hay un tiempo favorable para las propuestas progresistas y las mejoras de la mayoría de la población y otro en el que esos valores van de capa caída. Hoy el reflujo parece imparable.
Las ideologías que no reconocen los derechos humanos universales ganan terreno. Ni siquiera la vida es ya un valor a defender, como se puede comprobar aquí y allá. Un dirigente político que tenga un arma (tanque, dron o misil) se siente autorizado a utilizarlo.
Dicen que la izquierda critica a los jueces, pero la derecha y la ultraderecha no es que los critique, es que los desprecia e ignora: Trump mata (o manda matar) en el Caribe y Netanyahu en cualquier parte. Para hablar sólo de cargos electos que hace unos años hubieran acabado procesados por la justicia internacional.
Si la vida no vale nada, otros valores valen menos que nada.
En Barcelona, el reflujo se aprecia en los movimientos respecto a los derechos de los peatones, que somos todos, en un instante u otro de la vida.
Si Colau declaró la guerra (de baja intensidad) al coche y promovió espacios para que los barceloneses pudieran moverse, Collboni (que fue motorista antes que fraile) va recuperando paulatinamente esos mismos espacios para los vehículos a motor.
Durante la pandemia la ciudad ganó algunos carriles de la calzada para la gente de a pie. Fue una intervención suave: apenas un poco de pintura, pero menos da una piedra.
El equipo de la entonces alcaldesa ni siquiera se sintió obligado a hacer respetar las zonas peatonales. Ni las nuevas ni las viejas, de modo que a los dos días estaban ya ocupadas por motos aparcadas y por ciclistas y patinetes a toda máquina.
Pues ya, ni eso.
Desde hace unos días el consistorio ha empezado a reservar aparcamientos para las motos a costa del espacio supuestamente ganado para los peatones.
Oficialmente el Ayuntamiento de Barcelona ha iniciado una campaña para eliminar las motocicletas de las aceras. Sólo de boquilla. En la práctica resta espacio al peatón y, naturalmente, la medida ni siquiera va acompañada de la protección al resto de la zona.
El resultado es una maravilla: los motoristas dejan sus aparatos mecánicos en el nuevo espacio que se les ofrece y también en el que no se les ofrece.
Ahora sugiere, además, anular la peatonalización de fin de semana en la carretera de Sants, aduciendo que en la plaza homónima hay obras que dificultan el movimiento de un autobús, el H10, que al principio ni siquiera pasaba por ahí.
Para el peatón barcelonés son épocas de reflujo. Galopante.
Porque no es sólo eso, es que las terrazas se quedan con buena parte de las aceras que dejan libres las motos. La Guardia Urbana las inspecciona y les abre un expediente. Pero las sillas y las mesas siguen en el mismo sitio.
Y estos días, las casetas de petardos, también se instalan en el espacio de los viandantes.
Cualquier excusa es buena para recordar a los barceloneses que sus derechos peatonales cotizan a la baja.
El único estímulo para caminar procede del sistema de transporte público. Quien utilice los autobuses habrá podido comprobar que en los últimos días circulan con menor frecuencia que antes y, claro está, con menor frecuencia que la indicada en las pegatinas que figuran en las paradas.
Debe de ser el horario de verano que con el calor se adelanta en el transporte.
En una ciudad tan poco extensa como Barcelona, la reducción del transporte debe de ser entendida como una incitación a recorrer los trayectos a pie.
Probablemente la medida forma parte de una recomendación médica para una vida saludable: “Poca cama, poco plato y mucha suela del zapato”.
Y es que los barceloneses tienen unos dirigentes que no se merecen. Hasta de su salud se preocupan.
El próximo paso será prohibir, como reclaman algunos, que los críos jueguen en las calles: a la pelota o a cualquier otra cosa. Mejor que se queden en casa viendo los “apasionantes” partidos del mundial de fútbol, uno de los productos más culturales que hoy ofrece la televisión pública española (en dos cadenas a la vez), huérfana de asuntos a tratar una vez que se ha ido el Papa.
El Papa, que sabe de todo y por eso habla ex catedra, visitó Barcelona, pero no se le ocurrió ir a ninguna parte andando. Un gesto que alguien puede interpretar como un apoyo a las políticas antipeatonales del consistorio.