Manifestación por la abolición de la prostitución / TWITTER
A por el ‘putero’ cutre y pobretón
"Nuestro querido ayuntamiento se ha sacado de la manga un nuevo (e inútil) sistema para acabar con la prostitución (callejera, que respiren tranquilas las 'escorts' de postín) que consiste en multar a los solicitantes de sexo de pago"
Pese a lo que suele decirse, puede que la prostitución no sea el oficio más viejo del mundo, pero sin duda es uno de los más consolidados en casi todas las sociedades del mundo. Cíclicamente, alguien apunta hacia su abolición, pero la cosa acostumbra a quedar en nada, pues estamos ante uno de los ejemplos más claros del funcionamiento de la ley de la oferta y la demanda.
Nuestro querido ayuntamiento se ha sacado de la manga un nuevo (e inútil) sistema para acabar con la prostitución (callejera, que respiren tranquilas las escorts de postín) que consiste en multar a los solicitantes de sexo de pago con unas cantidades que oscilan entre los 600 y los 30.000 euros. Durante los cuatro meses transcurridos desde la aprobación de la medida, se ha multado a la friolera de tres puteros (y no se sabe si han pagado la sanción). Un éxito en la lucha de la liberación de la mujer, vaya.
Se defiende el ayuntamiento diciendo que es muy complicado pillar in fraganti a los presuntos delincuentes sexuales, señal de que son gente discreta que se acerca a la furcia de su elección (o a la última que queda libre), negocia el precio de sus servicios y desaparece con ella en busca de un lugar en el que satisfacer su libido. O se obliga a los clientes a dedicarse a lo suyo con la ayuda de un megáfono y una pancarta que diga ¡SOY PUTERO! o no se prevé que el número de multas aumente exponencialmente a lo largo de los próximos meses.
La medida, además, tiene un complemento clasista muy discutible. Hoy día, quien recurre a la prostitución callejera -como no se trate de un pijo del Upper Diagonal con ansias de encanallarse-es un tipo sin muchos recursos económicos para el que la escort de lujo es algo que solo ha visto en las películas: antes se habrá cruzado con un unicornio que con una de ellas. Lo suyo, pues, es el cutrerío inherente a la pobreza y emular al gran Cassen en la película de Paco Betriu Furia española. Como sociedad, ¿para qué nos vamos a cebar con él, si además es muy probable que se declare insolvente a la hora de abonar el multazo?
Si, en vez de dar la chapa por la calle, el putero llama a determinado número de teléfono y contrata los servicios de una profesional que, además de estar más buena que las del mundo exterior, le recibe en un apartamentito coquetón o se desplaza al suyo, no tiene nada que temer de nuestro pudibundo ayuntamiento.
Desde la concejalía de feminismos e igualdad que dirige Raquel Gil, se asegura que la ley está mal redactada y no sirve para nada. Pero, claro, tampoco es cuestión de entrar a porrazos en el lupanar de Madame Fifí y meter a todo el mundo en la furgona (con el riesgo añadido, tal vez, de detener a algún alto cargo del ayuntamiento). Así pues, la nueva campaña contra la prostitución es tan inútil como todas las anteriores.
Si alguien alquila su cuerpo a alguien que paga por él, la cosa queda exclusivamente entre los dos. Oferta y demanda. El problema, que lo hay, es policial. En cuanto entran en juego los macarras y las mafias de trata de mujeres, ya hemos entrado en el terreno de la delincuencia, y el sexo a la fuerza se convierte en un asunto de jueces y policías.
Lo de nuestro ayuntamiento es un parche inútil para un problema mucho más grande. Desde el ámbito municipal, poco se puede hacer contra el tráfico y la explotación femenina que prestarles la guardia urbana a las policías de verdad por si puede echar una mano. Tomarla con el putero pobretón y la prostituta de esquina solo lleva a un incremento del onanismo por parte del cliente y al hambre de la profesional, a la que no se acercará nadie por temor a la multa que le puede caer.
Conclusión: gracias por la medida adoptada, pero creo que nos la podemos ahorrar.