Fiesta de Halloween en Barcelona
¿Sustos o castañas?
"Los americanos nos hicieron ver que los muertos molaban. Y que había que homenajearlos decorando nuestras casas con los alegres motivos de Halloween. Y que era guay disfrazarse de mamarracho para dar la tabarra por el barrio"
Solo se les podía ocurrir a los americanos lo de convertir un homenaje anual a los muertos en un jolgorio de risas infantiles y caramelos arrancados a las amas de casa por el acreditado sistema de plantarse en sus casas a darles la chapa. Como ya sabrán, esa maniobra se conoce como Halloween y ha sido importada con éxito por los barceloneses, los españoles y el resto de Occidente, que para algo formamos parte de las colonias de EEUU. No hace falta ser Puerto Rico, ya que, de una manera u otra, todos somos estados asociados de Norteamérica. Preparémonos, pues, para el remake español del Halloween gringo que tendrá lugar el próximo domingo, en lo que antes se conocía como Festividad de Todos los Santos.
Yo creo que, de tanto verlo por televisión, Halloween se ha convertido en una fiesta propia que nos ha dejado a todos preguntándonos cómo era posible que no la celebráramos hasta hace unos pocos años. La verdad es que los americanos tenían las de ganar, como reyes del espectáculo que son (no hace mucho, Donald Trump anunciaba la retransmisión en directo de una ejecución, aunque luego se echó atrás, el muy pusilánime).
¿Cómo podíamos resistirnos nosotros, con la manera que teníamos (y aún tenemos, sobre todo entre la gente mayor) de celebrar Todos los Santos? Y, sobre todo, ¿qué les ofrecíamos a los niños para que renunciaran a la tontería de los caramelos, las calabazas y los Pumpkin Latte de Starbucks?
Antes de que nos americanizáramos, Todos los Santos consistía en ir a misa a rezar por nuestros muertos, acudir al cementerio local para presentar nuestros respetos al abuelito, tan a gusto en su nicho, sin molestar a nadie, y comer castañas y boniatos y panellets (no hay un dulce más empalagoso e indigesto en toda España, salvo tal vez las casadielles asturianas, que es como comerse una empanadilla rellena de engrudo). Menuda juerga, ¿no? ¡La ilusión de cualquier tierno infante!
Los americanos nos hicieron ver que los muertos molaban. Y que había que homenajearlos decorando nuestras casas con los alegres motivos de Halloween. Y que era guay disfrazarse de mamarracho para dar la tabarra por el barrio. Solo falta que algún enmascarado aproveche la situación para apuñalar a alguien para demostrar que hemos superado a nuestros inspiradores.
Como suele suceder cada vez que importamos alguna memez que se impone sobre nuestras propias y legendarias memeces, siempre hay gente que se manifiesta en contra de la extranjerización de nuestras fiestas (si es que se puede considerar una fiesta algo que consiste en ir al cementerio y comer castañas). Esas personas suelen predicar (en el desierto) contra la celebración de Halloween, que identifican con el colonialismo cultural al que estamos sometidos y del que despotrican sin medida.
A otros nos da igual porque ya no celebrábamos el día de Todos los Santos. No pisábamos la iglesia, no íbamos al cementerio, nos bastaban nuestros recuerdos de los muertos, aunque no fuesen especialmente agradables. Y Halloween nos ha pillado mayores y con pocas ganas de disfrazarnos y de mendigar caramelos por las esquinas. La calabaza nos sirve exclusivamente para hacer sopa. Y el Pumpkin Latte del Starbucks se lo introduciríamos gustosamente por el recto al barista de turno.
A veces nos gustaría reproducir aquella ilustración de Chas Addams, protagonizada por la familia de Gómez y Morticia Addams, en la que el tío Fétido colocaba en el tejado un perolo de aceite hirviendo para tirárselo por encima a los niños que aparecieran en busca de caramelos.
En vez de eso, nos hacemos los sordos si llaman a la puerta y esperamos a que pase la tontería colectiva. Como dice el refrán catalán, Prenafeta la llei, Prenafeta la trampa…