Un supermercado 24 horas en Barcelona / METRÓPOLI
Los misterios del badulaque
"Hace unos días, la policía llevó a cabo una especie de redada en los badulaques del barrio de Gracia y se hinchó a poner multas a causa del sindiós con el que se encontró: comida caducada, bichos reptando por ahí, cuestiones laborales no muy claras…En resumen, una especie de ciudad sin ley dentro de la ciudad y del barrio"
En París era Chez l'arabe. En Londres, la corner shop. Las llamadas tiendas de conveniencia, controladas habitualmente por orientales, tardaron bastante en llegar a Barcelona, pero cuando lo hicieron, lo hicieron a lo bestia, inundando la ciudad de pequeños supermercados -habitualmente regentados por pakistaníes que le echaban al negocio más horas que un reloj- que compensaban sus precios cargados con la posibilidad de visitarlos a cualquier hora del día y de la noche, pues daba la impresión de que no cerraban nunca.
Chez l´arabe y Corner shop se convirtieron aquí en badulaques, por influencia del negocio que regentaba el pobre Apu en el Springfield de los Simpson, la serie de dibujos animados creada por Matt Groening. Nunca supe de donde sacaron los traductores lo de badulaque, ya que, hasta entonces, un badulaque había sido simplemente un bobo, un tontorrón. Es decir, un ser humano con muy pocas luces, pero que no tenía nada que ver con una tienda de conveniencia. En cualquier caso, el apelativo caló. Junto a El paki, sin saber que ese término está considerado como ofensivo por los pakistaníes emigrados a Gran Bretaña.
Hace unos días, la policía llevó a cabo una especie de redada en los badulaques del barrio de Gracia y se hinchó a poner multas a causa del sindiós con el que se encontró: comida caducada, bichos reptando por ahí, cuestiones laborales no muy claras…En resumen, una especie de ciudad sin ley dentro de la ciudad y del barrio. Hacía tiempo que no pasaba algo así, pero los badulaques arrastraban cierta mala fama desde mucho antes, hasta el punto de haber sido relacionados con mafias.
Cuando empezaron a extenderse por la ciudad a la velocidad de los zombis de Guerra mundial Z, muchos nos preguntábamos cómo se lo hacían para situarse en esquinas carísimas cuyos alquileres habían expulsado al dueño del negocio anterior. Unos alquileres que, por mucho que cargaras los precios, eran difícilmente asumibles vendiendo cervezas y refrescos mayoritariamente.
Se habló entonces de un personaje misterioso que controlaba todos los badulaques de la ciudad y lo usaba para blanquear dinero de origen turbio. Luego se dejó de hablar. Se habló de la explotación de los trabajadores (doy fe: en el badulaque que me caía más cerca de casa llegué a ver un día al mismo dependiente a las diez de la mañana y a las doce de la noche, lo que apuntaba a una jornada de más de catorce horas) y de sus condiciones de alojamiento.
Iba pasando el tiempo, crecía el número de badulaques en Barcelona, su mala fama cada vez era mayor…Pero el ayuntamiento nunca echaba su cuarto a espadas en el asunto, como si en un extremo de tolerancia absurda y posiblemente ilegal, se hubiese llegado a la siniestra conclusión de que “son sus costumbres y hay que respetarlas”.
Otra especialidad de nuestros badulaques es que nunca gozan de aire acondicionado, algo que no es grave para el cliente, que se queda ahí unos pocos minutos, sino para el personal que atiende, que puede llegar a cocerse en su propio jugo durante horas y horas, como he podido comprobar con los dependientes de “mi” badulaque en pleno mes de julio: basta con entrar en cualquier paki, con perdón, para comprobar que los derechos del trabajador se cumplen de manera especialmente oblicua.
Creo que va urgiendo una investigación a fondo de estos establecimientos. Huelen a explotación, a orígenes financieros tirando a turbios, hay muchas cosas de su funcionamiento que no se entienden y ahora, tras la inspección policial en los pakis, con perdón, de Gracia, resulta que también hay comida caducada y problemas de higiene y salud. ¿Seguro que debemos seguir pensando que son sus costumbres y hay que respetarlas?