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La RFEF, el Juez de Competiciones No Profesionales y la obsesión por el césped natural castigan al fútbol modesto. La decisión del Juez Único, Rafael Alonso, de denegar el aplazamiento del partido del CE Europa y forzar su exilio a Gavà es el último ejemplo de una burocracia federativa desconectada de la realidad.

Pero el sainete vivido esta semana por el CE Europa, obligado a mendigar un estadio y a restringir el acceso a sus propios socios en Gavà, tiene un culpable claro más allá de las decisiones puntuales de un juez único: una normativa federativa diseñada desde los despachos y de espaldas al barro. 

La obsesión de la RFEF por imponer el césped natural en categorías como la Segunda y Primera RFEF es un ejercicio de elitismo impostado que pretende disfrazar de fútbol profesional lo que debería ser la cumbre del fútbol modesto.

Al no permitir esperar a que el césped de Can Dragó arraigara tras el temporal, la RFEF no solo ha puesto en un aprieto logístico a un club propiedad de sus socios, obligando a restringir el aforo de su propia afición, sino que vuelve a poner sobre la mesa un debate absurdo: la tiranía del césped natural.

Esta rigidez reglamentaria ignora deliberadamente que un buen césped artificial de última generación —homologado por FIFA— puede llegar a ser incluso superior, en términos de juego y seguridad, que un césped natural mal mantenido o recién plantado en pleno invierno, como era el caso de Can Dragó.

Resulta incomprensible que la normativa de la Primera RFEF y categorías similares siga demonizando el césped artificial de última generación, cuando la propia FIFA permite, en competiciones de élite como las fases previas de la Champions League, que se disputen en superficies sintéticas sin problema. La RFEF parece preferir que se juegue en "patatales" de césped natural, que a menudo están en peor estado y provocan más lesiones, antes que aceptar la viabilidad de un buen sintético.

Esta rigidez normativa es un torpedo a la línea de flotación de los clubes modestos. Exigir césped natural y estadios de dimensiones profesionales a entidades que sobreviven gracias a su masa social y a una gestión responsable es una forma de elitismo que no garantiza mejor fútbol, solo más gastos inasumibles y trabas que no deberían tener lugar en una competición deportiva.