Toda una vida dedicada a la docencia y a la investigación, pero también a la acción, con la idea de que las ciudades son entes vivos, que no pueden domesticarse, y de que, al final, todo sucederá “en la calle”. Es Manuel Delgado (Barcelona, 1956). Catedrático emérito de la UB, profesor de Antropología Religiosa y Antropología Urbana en el Departamento de Antropología Social, siente ya una nostalgia por los estudiantes. Su despacho ya se está desmontando, en la Facultad de Geografía e Historia delante del CCCB.
Acaba de publicar Todas las ciudades están poseídas (Capitán Swing), una especie de gran compendio sobre lo que ha pretendido explicar a lo largo de los años. Las buenas intenciones, la ideología “ciudadanista”, como él la llama, acaba “sometiéndose a las leyes del mercado”. Barcelona, a su juicio, es un ejemplo de ello, pero, en realidad, todas las grandes ciudades. Sin embargo, en la calle está todo.
En este libro hace una especie de compendio o testamento sobre su visión de la ciudad, un tema que ha trabajado muchísimo. ¿Qué ha pasado con aquella apuesta inicial por las virtudes del espacio público y lo que usted llama ‘ideología ciudadanista’?
En un primer momento, cuando gané el premio Anagrama de ensayo, en 1999 (El animal público) hice una apuesta por las virtudes de la ideología ciudadanista y del espacio público que hoy ya no puedo mantener, porque la experiencia ha sido decepcionante. El llamado ‘ciudadanismo’ tenía la pretensión de bonificar la gobernanza de las ciudades incorporando valores abstractos como los ecologistas, feministas o de integración, pero sobre todo proponía una forma diferente de organizar políticamente la ciudad a través de la participación.
Yo mismo creí en ello. Pero la realidad ha demostrado que la última hora sobre cómo se gobiernan las ciudades no depende de los gobiernos, sino del mercado. El resultado ha sido decepcionante: aquello que un día fue la izquierda anticapitalista ha acabado convirtiéndose en el capitalismo de izquierdas. Se hacen las únicas políticas posibles, las que determina el sistema, pero se edulcoran invocando valores inefables que no se pueden contestar, aunque al final no implican ninguna modificación real en las condiciones de vida de las ciudades.
Portada del libro de Manuel Delgado
¿Se refiere a la etapa de los gobiernos municipales con los comunes, que, a partir de 2015, intentaban, a su juicio, recuperar el espíritu inicial de los gobiernos socialistas junto al PSUC (después ICV)?
Sí, totalmente. Siento un gran respeto y afecto personal por personas como Jordi Borja, que venían del PSUC y que, con las mejores intenciones, inventaron esta ideología ciudadanista, que el nuevo municipalismo ha heredado. Pero cuando hablas con ellos, te dicen que han hecho lo que han podido. ¿Y qué es lo que han podido? Chocar contra el mercado, contra intereses que son mil veces más poderosos que tus mejores intenciones.
Pongo el ejemplo de la Facultad de Geografía e Historia, aquí en el Raval: se intentó regenerar esta zona con un clúster cultural y universitario para elevar el tono moral del barrio y atraer a un público juvenil, de clase media, creativo y dinámico. ¿Y qué ha pasado al final? Que los espacios abiertos de la facultad han tenido que cerrarse porque la realidad asedia: gente que se pincha, que entra a dormir o que roba en los despachos. Y la gran pregunta es: ¿dónde ha ido a parar toda la gente que vivía aquí antes de convertir el barrio en un santuario del saber y la cultura? Se les ha expulsado a la periferia.
Defiende que las ciudades no se pueden domesticar y que deben ser vivas, pero la administración también debe poner un cierto orden, ¿no? Debe regularlas.
Obviamente. ¿Cómo se va a estar en contra de mejorar las condiciones de vida o de que las ciudades se reformen? El problema es cuando la reforma se convierte en expulsión. Nos venden espacios públicos de calidad siempre y cuando tú también seas ‘de calidad’. En el último capítulo del libro hago un elogio de Dioniso como complemento de Apolo, del orden. No defiendo el desbordamiento espontáneo y caótico de las energías sociales, porque eso es precisamente el neoliberalismo más salvaje.
Estoy a favor de planificar, proyectar y gobernar. Pero no se hace en una dirección correcta, a mi juicio. La vivienda se deja en manos del mercado y se vigila el vitalismo de la calle y de la vida pública de manera obsesiva, cuando debería ser al revés.
Manuel Delgado, autor de 'Todas las ciudades están poseídas'
Lo que sostiene ya se ha defendido antes.
Claro, si tengo alguna virtud esa no es la originalidad. Todo se reduce a la vieja defensa del valor de uso frente al valor de cambio. No invento nada nuevo. Es lo que ya explicaban Jane Jacobs o Henri Lefebvre a principios de los años sesenta. Lo único que pido es la defensa del derecho de uso frente al valor de cambio: no puede ser que todo lo que se haga en la ciudad esté pensado única y exclusivamente para generar plusvalías. Pido que dejen de vigilarnos a nosotros y vigilen a quien de verdad tienen que vigilar. Ese caos que algunos critican no es más que autoorganización; es la vida misma.
Hay una cuestión paradójica, tal vez. El espacio público lo ocupa más hoy el inmigrante, con conductas que el local tenía, pero hace años. Sin embargo, al inmigrante se le ve como un invasor. ¿Cómo se resuelve esa contradicción?
El inmigrante es simplemente aquel que es llamado inmigrante por parte del que llegó antes. Lo que desearía este sistema es una máquina milagrosa que traslade a individuos en condiciones de trabajar --a cualquier precio y para nuestras necesidades-- y que, una vez cumplida su tarea, desaparezcan y no salgan a la calle. Lo que molesta no es su trabajo, sino su presencia.
Aquí lo que molesta no es la pobreza, sino que se vea la pobreza; no es la prostitución, sino ver a las prostitutas. Y le molesta especialmente a un vecindario que se ha comprado un piso y teme que la presencia de según quién le baje el precio de la vivienda en el mercado. Todo lo demás son excusas sobre la supuesta incompatibilidad cultural.
El antropólogo Manuel Delgado
¿Cree entonces que los urbanistas y arquitectos se desconectan de la realidad para proyectar una ciudad imposible?
Totalmente. Los urbanistas y arquitectos trabajan a partir de un espejismo que les propician sus mapas y maquetas. Creen sinceramente que un buen diseño arquitectónico generará una sociedad feliz por el simple hecho de habitar un espacio de calidad. Y no es así. Chocan contra una realidad a la que pretenden imponerse, pero de la que no saben nada. Las ciudades continúan siendo un hervidero de actividad imprevisible. Da igual que prohíban las fiestas o cierren calles: la realidad siempre te coge por la solapa y te recuerda que lo que te han vendido no es real.
¿Qué le interesa a una ciudad como Barcelona? ¿Ser menos atractiva internacionalmente para proteger la vida local?
Es una contradicción, lo sé. Yo mismo dedico un capítulo a hacer un elogio del turista y de los expatriados, porque yo mismo viajo y actúo como turista. No estoy en contra de los turistas ni de los inmigrantes. Estoy en contra de la tematización y de la turistificación masiva que nos expulsa de nuestras casas. Lo único que pido es que mejoren la ciudad sin que eso suponga deportarnos a la periferia. Que el precio que exige el mercado no sea liquidar la vida en la calle. Al final, la ciudad se nutre exactamente de aquello que la agita y la anima.
Hay quien plantea un gran pacto territorial: convertir Barcelona en un motor económico muy potente para redistribuir la riqueza, asumiendo que los locales acaben viviendo fuera, en Manresa o en Sant Quirze del Vallès. ¿Tiene sentido vaciar las grandes ciudades?
¡Claro que es una posibilidad! Vaciar Barcelona o vaciar París. Incluso podríamos dedicar brigadas municipales a montar barricadas. Evidentemente suena a broma, pero el ideal de algunos tecnócratas sería vaciar las grandes ciudades atractivas para convertirlas por completo en su propio espectáculo, en un Eurodisney donde hasta los aspectos más canallas sean interpretados por extras dedicados a actuar.
En Roma, por ejemplo, hay barrios donde cuelgan ropa falsa en los balcones para que los turistas la vean y piensen que es la estampa típica del barrio tradicional.
Sí, ese futuro ya está aquí. El Raval en buena medida se vende manteniendo ese aire canalla, como cuando el antiguo bar Alegría pasó a ser una tienda de moda hípster que conserva el nombre. Pero una cosa es la comedia y otra la realidad. Yo no hago una defensa de la miseria ni de la pobreza, pero lo que digo es que no la vas a poder esconder. El viejo truco consiste en ‘putear’ los barrios para que su propia degradación acabe provocando una reforma que termine expulsando a los vecinos de siempre.
A pesar de todos esos intentos de control y de convertir la ciudad en un escaparate, usted mantiene una fe inquebrantable en el poder de la calle...
¡Por supuesto! Al final, siempre nos quedarán las calles. Pueden forzar las normas tanto como quieran, pero siempre habrá una clase popular —con otros nombres y otros rostros— que se apropie de los lugares. En el libro hay una defensa de una vitalidad que no se puede vigilar ni doblegar por muchos urbanistas que pasen por ella. Y si los planos fallan, siempre se puede llamar a la policía, pero la vida es invencible.
Mire lo que pasó con las hogueras de San Joan: las prohibieron y persiguieron por decreto en Barcelona, y ¿qué ocurrió a cambio? Que la gente joven, a la que le habían negado el derecho a jugar y ocupar la calle, se fue en masa a las playas la noche de San Joan, cosa que antes no pasaba. Hay una sabiduría vengativa por la cual la vida urbana siempre va a la suya y acaba triunfando. Las ciudades estallan de vez en cuando, y eso le importa muy poco a las opiniones morales de los despachos.
¿Hay cierto romanticismo?
Lo que propongo es una visión muy de la tradición situacionista, de Baudelaire y de los surrealistas, de entender que la aventura nos espera a la vuelta de la esquina y que no se puede planificar. No puedes planificarlo, ni controlarlo, ni arreglarlo todo por decreto. La gente continúa enamorándose de personas que no conocía. El libro es un homenaje a esa gran tradición que entendió que la calle es el escenario donde pasan las cosas que nos hacen sentir que vivimos en una sociedad viva.
Hablando estrictamente del Raval, ¿cómo ve hoy el barrio? Hay quien lo añora como un espacio muy vivido y otros que solo ven conflictos entre inmigrantes y vecinos y una masificación turística total.
El problema es la capacidad de transmitir ideas sin caer en equívocos. Yo no me alegro de que a un turista le roben el reloj por la calle, pero sí se me escapa una sonrisa sarcástica que dice: ‘¿Qué te habías creído? Esto es lo que hay’. Esas pequeñas lecciones de realidad que da el Raval lo convierten en un barrio inquieto y, por tanto, inquietante.
Me acuerdo cuando participé en una campaña contra los hoteles frente al Barceló y lanzaban lemas como ‘queremos un barrio digno’. ¿Cómo que querían un barrio digno? ¿Es que antes no lo era? ¿Quién sobra en el Raval? Los argelinos o los marroquíes que hoy caminan por sus calles son, para algunos, un estorbo, pero para mí representan justamente una esperanza de renovación, igual que lo fueron nuestros padres en su día. Esa clase media temerosa que vive con pavor a perder sus cuatro cosas es incapaz de entender que la energía de una ciudad no es controlable. Y esa energía, por fortuna, siempre la aporta la gente de fuera.
