Montaje de Isaías Táboas Suárez
Resulta difícil de justificar que, en plena Barcelona del siglo XXI, un colegio público con apenas dos décadas de vida se convierta en una piscina cada vez que caen cuatro gotas.
Sin embargo, ese es el calvario diario que atraviesan los alumnos y docentes de la Escuela Fort Pienc, obligados a sortear pasillos anegados, bolsas de basura improvisadas sobre el material escolar y un ambiente viciado por la presencia de moho en las paredes.
En el centro del huracán por esta situación insostenible se sitúa Isaías Táboas Suárez, presidente de Infraestructures.cat, la empresa pública de la Generalitat de Catalunya responsable de la edificación y el mantenimiento estructural de este equipamiento.
Las familias del centro han dicho basta tras una década de parches inservibles, cierres parciales y una indignante desidia institucional. Cada episodio de lluvia devuelve a las aulas de Infantil imágenes lamentables que comprometen directamente la salubridad y la seguridad de los menores.
Y mientras la comunidad escolar exige desesperadamente una inspección técnica integral que ataje de raíz las grietas del edificio, la respuesta desde el organismo que preside Táboas ha sido el inmovilismo más absoluto.
Pasar la pelota al tejado ajeno mientras los niños pierden horas de clase porque las instalaciones se vuelven impracticables es una falta de respeto a la educación pública. Como máximo responsable de la titularidad y reforma de los inmuebles públicos catalanes, Táboas tiene la obligación moral y ejecutiva de actuar de inmediato.
Permitir que un colegio de la capital catalana se descomponga por las filtraciones e inseguridad no es solo un fracaso de gestión; es una irresponsabilidad política que deja al descubierto las vergüenzas de la administración autonómica.