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La hepatitis B y la hepatitis C pueden permanecer durante años sin provocar síntomas claros. Una analítica de sangre puede ayudar a detectar la infección y conocer el estado del hígado antes de que aparezcan complicaciones.

En España, la hepatitis C activa afecta al 0,14% de la población y la tasa de curación supera el 94%, según datos del Ministerio de Sanidad. A pesar de ello, se estima que alrededor de 13.000 personas siguen sin estar diagnosticadas. En el caso de la hepatitis B, la prevalencia es baja, con alrededor de 500 casos anuales, principalmente entre adultos que no fueron vacunados correctamente durante la infancia.

Dos virus que afectan al hígado

Aunque la hepatitis B y la hepatitis C afectan al mismo órgano, no son la misma infección. Se diferencian en la forma de transmisión, las posibilidades de prevención y el tratamiento.

La hepatitis B puede aparecer como una infección aguda y resolverse, aunque en algunos casos puede hacerse crónica y requerir seguimiento médico. Además, existe una vacuna para prevenirla. La transmisión se produce principalmente a través de la sangre y determinados fluidos corporales.

La hepatitis C, en cambio, tiene una mayor tendencia a hacerse crónica cuando no se detecta y trata. Actualmente existen tratamientos muy eficaces que permiten curar la infección en la mayoría de los pacientes. Su transmisión se produce principalmente por contacto con sangre infectada.

“Una de las principales dificultades es que estas infecciones pueden pasar desapercibidas durante mucho tiempo. Una analítica alterada, un antecedente de riesgo o una infección antigua no estudiada pueden ser la pista que permita diagnosticar antes de que haya daño hepático avanzado”, explica la doctora Victoria Andreu, jefa del Servicio del área de Aparato Digestivo del Hospital Universitari Sagrat Cor.

Cuando la hepatitis no da síntomas

Uno de los principales problemas a la hora de detectar estas infecciones es que pueden no producir síntomas en las primeras fases. Y cuando aparecen, no siempre son fáciles de relacionar con una enfermedad del hígado. El cansancio intenso, el malestar general, las náuseas, la pérdida de apetito o el dolor abdominal pueden confundirse con otros problemas y pasar desapercibidos.

En algunos casos pueden aparecer señales más reconocibles, como la coloración amarillenta de la piel o los ojos, conocida como ictericia, o una orina más oscura de lo habitual. Aun así, no tener ninguno de estos síntomas no significa que no exista una infección.

Por este motivo, también conviene prestar atención a determinados antecedentes. Las alteraciones en las pruebas hepáticas, el contacto previo con material punzante o la realización de tatuajes o piercings sin garantías adecuadas de esterilización son algunas de las situaciones que pueden justificar una valoración médica.

“El primer paso es saber qué virus está implicado y cómo está el hígado. En la hepatitis B hay que comprobar la situación inmunitaria, valorar la necesidad de seguimiento y prevenir la transmisión; en la hepatitis C, confirmar el diagnóstico permite plantear un tratamiento curativo en muchos pacientes”, señala la doctora Andreu.

Una analítica puede ser el primer paso

El diagnóstico de la hepatitis B y la hepatitis C se realiza principalmente mediante un análisis de sangre. Esta prueba permite comprobar si existe una infección, identificar el virus implicado y valorar si hay actividad viral.

En función de los resultados, el estudio puede completarse con otras pruebas, como una ecografía o técnicas destinadas a conocer el grado de fibrosis del hígado. No se trata únicamente de confirmar si existe una infección, sino también de conocer cómo se encuentra el órgano y si existe algún grado de afectación.

A partir de esta información, el especialista puede determinar si es necesario iniciar un tratamiento, realizar controles periódicos o adoptar medidas específicas para reducir el riesgo de transmisión y proteger la salud hepática a largo plazo.

“Detectar la infección de forma precoz permite conocer cómo se encuentra el hígado y decidir qué necesita cada persona en función del tipo de virus, la actividad de la infección y el grado de afectación hepática”, apunta la especialista.

Detectar antes de que aparezcan complicaciones

El diagnóstico temprano permite actuar cuando todavía no existen daños hepáticos avanzados. En el caso de la hepatitis C, además, los tratamientos actuales ofrecen altas tasas de curación, mientras que en la hepatitis B el seguimiento médico permite controlar la evolución de la infección y valorar cuándo es necesario intervenir.

Cada paciente necesita un abordaje diferente, por lo que conocer el tipo de virus y el estado del hígado resulta fundamental para decidir los siguientes pasos. “Ese abordaje individualizado es lo que permite actuar a tiempo y evitar que el diagnóstico llegue cuando ya existen complicaciones”, concluye la doctora Andreu.

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