Son las 20.00 horas y un hombre barre la acera de la entrada del narcopiso de la calle de Piquer ajeno a los primeros silbidos y golpes de cazuela. Por octavo día consecutivo, los vecinos empiezan a componer la banda sonora que en las últimas noches ha retumbado en este rincón del Poble-sec de Barcelona. La plácida escena del barrendero –uno de los traficantes y responsables de este punto de venta de droga según insisten los presentes– pronto se verá alterada por una pequeña multitud harta y un vecindario cansado de esperar la acción judicial. 

Un par de vehículos de la Guardia Urbana vigila el local okupado minutos antes de que de inicio la cacerolada. A las 20.10 horas decenas de personas ya se han acercado a este punto. Algunas se suman a la protesta desde los balcones blandiendo ollas, cucharas y otros instrumentos de cocina. Tres furgonetas de los antidisturbios de los Mossos d'Esquadra (es la segunda vez que acuden en los últimos días) acuden poco después y blindan el acceso, del que salen y entran algunos de los hombres que habitan el local. El escudo policial enfurece más a los vecinos. Algunos de ellos dirigen ahora sus gritos contra los agentes.

RABIA

"¿Qué hacéis? ¡Sacad a esta chusma!", grita un hombre con actitud nerviosa y el puño cerrado conteniendo la rabia y que se llega a encarar con los policías pidiendo explicaciones. Se producen algunos forcejeos y, finalmente, los agentes refuerzan el pequeño perímetro con una cinta policial. "'Muy bien. Ellos protegidos. ¡Bravo!", grita otra chica con sorna. "Es una vergüenza", observa un hombre mayor mientras sale otro de los hombres del interior entre varios mossos con uniforme regular.

 

Asiste a la protesta Sergi Gàzquez, presidente de la Asociación de Vecinos del Poble-sec, varios vecinos de la misma calle de Piquer y otros residentes del barrio que no se ven salpicados directamente por las peleas, agresiones y sensación de inseguridad, pero que quieren arrimar el hombro y hacer presión. También acude la dueña del local del que todos hablan. "Parece que hoy nos lo van a echar. La policía solo ha venido para evitar enfrentamientos", comenta Gàzquez después de hablar con un mosso.

ARCHIVO

La mujer explica junto a su marido que hasta enero de 2021 el espacio siempre estuvo alquilado con un contrato. En abril okuparon el local y ellos, dice, lo denunciaron desde el principio. Primero por lo penal y luego por la vía civil. Un juez archivó el caso en agosto al no apreciar un problema de convivencia. Nadie entendió esa decisión. Tampoco el regidor de Sants-Montjuïc, Marc Serra (Barcelona en Comú) que llegó a hablar de "jueces insensibles". 

El último actor en apuntarse a este culebrón ha sido Daniel Esteve, fundador de la empresa Desokupa. Este martes publicaba un vídeo en el que anunciaba la intención de desalojar "gratis" a los narcotraficantes de Piquer. "Vendremos 10 o 15 bien equipados y con perros. Allí no podemos entrar cuatro", explicaba. Esteve explicaba esta tarde a Metrópoli que la hija de los dueños le había pedido ayuda. A unos metros del local y rodeada de un ruido ensordecedor, la mujer y sus padres lo negaban. 

"NO SE PODÍA VIVIR"

Laura mira incrédula el blindaje de los Mossos. "Parece que los peligrosos seamos nosotros", dice armada con dos tapas de cocina. Ella vive en la calle de Elcano, pero conoce bien la inseguridad generada en este punto. Esta guía turística se ha visto obligada a sortear la calle durante las rutas con sus clientes. Pep, un joven que se apoya en unas muletas, cuenta que en pocos días han recogido más de 300 firmas para hacer más presión y echar a los okupas. "Ya no se podía vivir. Se cagan, mean, hacen de todo en la calle. Hubo una temporada que robaban a cualquiera que pasaba por delante", recuerda.



Decenas de personas se manifiestan este miércoles en el Poble-sec / GUILLEM ANDRÉS

 

En ocasiones, los clientes del narcopiso son atracados por los vendedores en el interior del local. Han robado móviles, colgantes, entre otros. Estos episodios generan encontronazos y peleas. La policía ha colocado vehículos patrulla que durante un tiempo disuaden los conflictos, pero son parches temporales y la situación se ha enquistado. Desde que empezaron las caceroladas el 21 de diciembre, eso sí, la venta de droga ha cesado.

LOCAL VACÍO

Aparece un tercer hombre con una bolsa cargada con chatarra con la intención de acceder al local a pesar del dispositivo policial y la protesta vecinal. El ruido y los pitos se intensifican y una decena de personas se acercan al individuo para increparle. Resulta imposible saber si es uno de los traficantes o, tal vez, una de las personas que pagan una cantidad para dormir en este local desde hace meses. Una mossa lo aparta al otro lado de la acera evitar el encuentro físico con los vecinos más exaltados que retan al hombre.

Los vecinos cuentan que han vaciado el local ante una previsión de desalojo."Ya no queda nada", comentan algunos. Aseguran que los ocupantes gestionan, al menos, dos locales más muy cerca de este. Esteve vaticina que no les dará tiempo de ejecutar el desalojo extrajudicial que planea para la próxima semana. "Creo que la policía entrará antes". La consigna vecinal para terminar con el narcopiso de la calle de Piquer está clara. "Si no los sacan ellos, los sacaremos nosotros", insiste Pep.

Policías antidisturbios enfrente de la puerta del local okupado / GUILLEM ANDRÉS

 

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