Dónde: Teatre Aquitània

Cuándo: Del 4 de noviembre al 6 d enero  

Precio: Desde 12 euros

El escenario del Teatre Aquitània se convierte en Ca l'Antònia, un (hipotético) bar de toda la vida de Barcelona. Con sus mesas antiguas de madera y con sus típicos carteles: el de una obra de Pastorets, por ejemplo, y el de “los baños solo son para los clientes” (ese que no falte nunca). Ahí se reúnen todos los días dos operarios de la empresa Balay, Joan y Lluís (Xavier Bertran y Jordi Coromina), para comer el menú diario.

Entre copita y copita, ji ji y ja ja, empiezan a trazar una amistad. Entonces se les ocurre que podrían organizar una cena con sus respectivas mujeres, ya sabes, "los cuatro juntos". Mal asunto. Las tensiones se liberan y entre ellos dos brota una propuesta (indecente). Dar rienda suelta al morbo y acostarse con la mujer del otro. Aunque se comprometen a no enamorarse. ¿Lo conseguirán? ¿Se pondrá alguno de los dos celoso? Con esta hipótesis sobre la mesa... ¡qué empiece la función!

UN DESTERNILLANTE ESPEJO PARA EL PÚBLICO

La obra –con pinceladas costumbristas– toca la fibra del espectador que se siente interpelado en determinadas escenas. “Mi mujer siempre quiere más, nunca es suficiente”, dice uno. “Un macho está acostumbrado a eyacular 21 veces al mes, según dicen los médicos”, espeta otro. La risa es inevitable. El drama y la tensión se mantienen durante la hora y pico que dura la comedia, en cartelera hasta el próximo 6 de enero. La historia se zanja con un final apoteósico e... inesperado.

Perduts... per elles, un sainete escrito y dirigido por Ramon Madaula, es la primera producción propia del Teatre Aquitània. En ella, los actores –de alto nivel– son capaces de hacer volar la imaginación de los espectadores con un atrezo estético.

Sobre la obra y los dos protagonistas Madaula detalla que “dentro de ellos suenan cantos de sirena que no saben cómo aplacar. Siempre quieren más. No hay hoja de ruta para las cosas importantes, y es tan fácil perderse”. Así, se convierte en una obra ideal para despejar la mente. Solo puedo anticipar que la sonrisita final y el buen regusto –y buen humor– están asegurados.