Un voluntarios en la Mezquita del Carmen

Un voluntarios en la Mezquita del Carmen SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

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"Cuando la gente no busca lucrarse, las cosas salen bien": Así es el iftar solidario en el Carmel que se repite cada año en Ramadán

El mismo espacio que habitualmente está habilitado para el rezo, durante todo un mes se convierte es un comedor improvisado donde se sirve comida caliente desde hace seis años

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A las seis de la tarde, el interior del Centro Islámico del Carmel empieza a transformarse. La luz entra suavemente por un espacio amplio, de techos altos, donde las alfombras cubren el suelo y el silencio habitual de la sala de rezo se mezcla con el ir y venir de quienes preparan el iftar, la ruptura del ayuno.

Es uno de los últimos días de Ramadán, y ese mismo espacio que durante el día acoge la oración se convierte, al caer la tarde, en un comedor improvisado donde cada detalle está pensado.

Voluntarios en la Mezquita del Carmel

Voluntarios en la Mezquita del Carmel SIMÓN SÁNCHEZ

Sobre mesas plegables, alineadas con precisión, empiezan a colocarse las bandejas. Cada una con un dátil, un vaso de leche, pan. A un lado, grandes ollas metálicas desprenden el olor del pollo con arroz que se servirá esa noche. No hay prisas visibles, pero sí una coordinación constante, casi intuitiva. Nadie da órdenes, pero todo avanza.

Un proyecto que se sostiene solo

Desde hace seis años, este ritual se repite cada día durante el Ramadán. No hay interrupciones. Nunca las ha habido. Así lo explican los voluntarios, que han conseguido mantener este servicio gracias exclusivamente a las donaciones.

Preparar la comida diaria cuesta en torno a 500 euros, una cifra que, lejos de ser un obstáculo, se convierte en un "compromiso compartido".

“Si un día falta dinero, se dice a la comunidad y la gente responde”, cuentan. Esa red invisible de apoyo es la que permite que, pase lo que pase, cada tarde haya comida para quienes más lo necesitan. Porque este iftar no está pensado solo para quienes ayunan, sino especialmente para quienes no tienen otra opción.

El orgullo de sostenerlo

Ese lunes, dos mujeres del barrio del Carmel son las encargadas de coordinar la comida. Una de ellas es Salima, que se mueve entre las ollas y las bandejas con naturalidad, como si llevara toda la vida haciéndolo. Su implicación va más allá de lo práctico.

Personas rompiendo el ayuno en la Mezquita del Carmel

Personas rompiendo el ayuno en la Mezquita del Carmel SIMÓN SÁNCHEZ

“Estoy muy orgullosa de que esto salga adelante con donaciones”, explica. En sus palabras no hay grandilocuencia, pero sí una convicción firme. Para ella, como para muchos otros, este proyecto representa algo más que dar comida: es una forma de comunidad.

A su lado, otros voluntarios colaboran sin necesidad de indicaciones. Cada uno ocupa su lugar de forma espontánea. “Aquí los roles salen solos”, comenta uno de ellos. “Funcionamos como una familia”, añade.

Omar, una generación que quiere contarlo

Entre quienes se mueven por la sala está Omar, de 19 años. Es quien se encarga de las redes sociales de la mezquita y quien explica el funcionamiento del proyecto con claridad. Ha crecido en ese mismo espacio: su padre forma parte de la junta directiva, y él ha vivido desde pequeño lo que ocurre entre esas paredes.

“Todo nace del afán por ayudar a los demás, de que nadie se quede sin comida”, explica. Para él, la esencia del proyecto es precisamente esa: una acción colectiva sin ánimo de lucro donde lo importante es cubrir una necesidad básica.

Mesas preparadas para el iftar en la Mezquita del Carmel

Mesas preparadas para el iftar en la Mezquita del Carmel SIMÓN SÁNCHEZ

Ahora, su objetivo es que esa labor sea más visible. “Queremos enseñarlo, que llegue a más gente”, añade. Las redes sociales son, en ese sentido, una herramienta clave, no solo para mostrar lo que hacen, sino también para sostenerlo.

El sacrificio de no estar en casa

Para muchos de los voluntarios, participar en este iftar implica renunciar a un momento importante. Durante el Ramadán, la ruptura del ayuno suele hacerse en familia, en casa, compartiendo la mesa con los más cercanos. Aquí, en cambio, deciden estar.

“Es un sacrificio, claro”, reconoce uno de ellos. “Pero también es necesario”. Esa decisión, repetida día tras día, da forma al proyecto. No es solo una cuestión de logística, sino de prioridades.

Platos de comida durante el ifatr en la Mezquita del Carmel

Platos de comida durante el ifatr en la Mezquita del Carmel SIMÓN SÁNCHEZ

Otro de los voluntarios, lo resume con sencillez: “Llevamos seis años haciendo esto y nos encanta”. La constancia, en este caso, no es rutina, sino compromiso.

Una cola que habla por sí sola

A las 18:50, el ambiente cambia. Desde fuera empieza a escucharse movimiento. Voces, pasos, bolsas arrastrándose. La cola se forma rápidamente. Personas con mochilas, maletas, bolsas cargadas con sus pertenencias. Algunos, visiblemente, viven en la calle.

También hay jóvenes, muchos de ellos chavales de distintas nacionalidades. Algunos entran primero a rezar. Otros prefieren quedarse fuera. “Hay gente que no reza por miedo a perder su sitio en la cola”, explica Omar.

Rezo previo al iftar en la Mezquita del Carmel

Rezo previo al iftar en la Mezquita del Carmel SIMÓN SÁNCHEZ

Cada día atienden a unas 150 personas. Para muchas, esta comida es la única caliente que van a tener. El dato no se anuncia, pero se percibe en los gestos, en la espera, en la forma en que se sostiene la fila.

Una organización sin jerarquías

Dentro, todo sigue en marcha. Nadie dirige de forma explícita, pero todo funciona. Los platos se preparan, las bandejas se colocan, la comida se reparte. La ausencia de una estructura rígida no genera caos, sino lo contrario.

“Lo hacemos todos con el mismo fin”, dice uno de los voluntarios. Esa idea se repite en distintas formas, pero siempre con el mismo fondo: cuando no hay interés económico, cuando la motivación es ayudar, las dinámicas cambian.

Un ejemplo de ello es el de un joven chino que llegó hace apenas dos semanas. Entró en la mezquita y dijo que quería ayudar. Desde entonces, es uno más. Nadie le asignó un rol. Simplemente encontró su sitio.

El momento de romper el ayuno

Cuando llega la hora, el murmullo se convierte en silencio contenido. Las bandejas ya están en su sitio. El dátil, el vaso de leche, el pan. Después, el plato caliente. El gesto de romper el ayuno es breve, pero cargado de significado.

En ese instante, la sala de rezo, convertida en comedor, adquiere otra dimensión. No es solo un espacio religioso ni solo un comedor social. Es un punto de encuentro donde convergen necesidad, fe y solidaridad.

Platos de comida preparados en la Mezquita del Carmel

Platos de comida preparados en la Mezquita del Carmel SIMÓN SÁNCHEZ

El olor a comida caliente se mezcla con el sonido de las conversaciones que empiezan poco a poco. Afuera, la cola desaparece. Dentro, la escena se estabiliza.

Una red que se mantiene viva

Lo que ocurre en el Centro Islámico del Carmel no depende de una estructura institucional compleja. Se sostiene sobre algo más frágil y, al mismo tiempo, más resistente: la implicación directa de las personas.

Cada donación, cada turno de voluntariado, cada gesto suma. Y así, día tras día, durante seis años, han conseguido que este iftar no falle nunca.

“Cuando la gente no busca lucrarse y lo hace por solidaridad, las cosas salen bien”, resume uno de los voluntarios.

En ese equilibrio entre necesidad y respuesta, entre organización espontánea y compromiso constante, se explica por qué, cada tarde, a las puertas de esta mezquita del Carmel, siempre hay comida esperando.