Costas del Garraf
La carretera más bonita de Barcelona y de las mejores del planeta: tiene 86 curvas, 23 kilómetros y las mejores vistas al mar
Este trazado regala una experiencia única al volante, serpenteando entre los imponentes acantilados del Parque Natural del Macizo del Garraf y las aguas azuladas del mar Mediterráneo
Conducir cerca de Barcelona no siempre es sinónimo de atascos en las rondas o de asfalto monótono. A escasos kilómetros de la capital catalana se encuentra una de las rutas más espectaculares del mundo para los amantes de las dos y las cuatro ruedas.
Hablamos de la carretera de las Costas del Garraf, un tramo de la C-31 que une las localidades de Castelldefels y Sitges.
Este trazado regala una experiencia única al volante, serpenteando entre los imponentes acantilados del Parque Natural del Macizo del Garraf y las aguas azuladas del mar Mediterráneo.
23 kilómetros
Aunque popularmente se le atribuye una longitud total de unos 23 kilómetros si se cuenta el trayecto completo de ida y vuelta, el tramo más vibrante e intenso consta de unos 12 kilómetros lineales.
Costas del Garraf
A lo largo de esta distancia, los conductores y motoristas se enfrentan a un desafío técnico compuesto por nada menos que 86 curvas.
Es un trazado mítico que carece casi de arcenes, lo que obliga a mantener la máxima precaución, especialmente durante los fines de semana debido a la gran afluencia de ciclistas que toman la vía.
Origen milenario
El valor de esta carretera va mucho más allá de su evidente atractivo paisajístico. Su origen histórico es milenario, situándose sus primeros indicios en las épocas cartaginesa y romana.
Durante la Edad Media, el camino fue reconstruido en diversas ocasiones por los reyes y señores feudales de la región.
Debido a su geografía accidentada, repleta de cuevas y calas recónditas, estas costas sirvieron durante siglos como el refugio ideal para piratas y bandoleros que acechaban a los viajeros.
Costas del Garraf
Miradores estratégicos
La configuración actual de la carretera comenzó a fraguarse a finales del siglo XIX, y su última gran reforma integral se ejecutó hace algo más de una década. Con esta modernización se habilitaron múltiples miradores estratégicos.
Para disfrutar al máximo de estas zonas de parada, el truco de los conductores locales es realizar la ruta de regreso, es decir, en sentido de Sitges hacia Castelldefels.
De esta manera, los miradores y los imponentes acantilados quedan situados a la derecha de la marcha, facilitando el acceso para detener el vehículo y contemplar la inmensidad del mar.
Playas escondidas
A lo largo del recorrido, el paisaje mediterráneo dominado por matorrales de gran altura y palmitos esconde auténticos tesoros accesibles desde la misma carretera. El trayecto alberga cinco playas de características muy diversas.
Playas de Sitges
Desde la exclusividad de Cala Ginesta, a la que se accede a través de un puerto deportivo, hasta la icónica Playa de Garraf, famosa por sus singulares casitas marineras de color blanco y verde con casi un siglo de historia.
Los viajeros también pueden encontrar opciones como la nudista Cala Morisca, la playa para perros de Vallcarca o la familiar Platja de la Marina d'Aiguadolç, situada junto al área gastronómica de Sitges.
Sorpresa arquitectónica
Por si el componente natural y playero fuera poco, las curvas del Garraf guardan una sorpresa arquitectónica de primer nivel que aparece de forma inesperada tras un giro del camino. Se trata del Celler Güell, una bodega diseñada por el célebre arquitecto modernista Antoni Gaudí por encargo de su mecenas Eusebi Güell.
Construido entre 1895 y 1901 con piedra caliza extraída del propio terreno, este edificio de perfil piramidal e imponentes chimeneas se integra a la perfección con la montaña.
Aunque hoy en día alberga un espacio para eventos privados y no se puede visitar por dentro, su imponente estampa exterior justifica por sí sola una parada en esta joya de la red viaria barcelonesa.