Carles Puyol / EFE

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Vivir en Barcelona

El refugio de Carles Puyol: un pequeño pueblo de 3.000 habitantes con una iglesia románica del siglo XII y Patrimonio de la Humanidad

La Pobla de Segur y Coll de Nargó se han consolidado como los epicentros de una tradición ancestral tras el reconocimiento de los raiers como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO

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El exfutbolista blaugrana y campeón del mundo Carles Puyol se encuentra disfrutando de esta edición del Mundial desde las gradas.

Aunque su refugio actual se ubica en Andorra, Puyol siempre desea volver a sus raíces y orígenes, es decir, volver a su casa. La Pobla de Segur es el pueblecito cerca del Pirineo que le vio nacer y crecer durante sus primeros años.

Una ermita románica

El municipio ofrece una variada oferta turística, donde destaca la posibilidad de practicar deportes en la naturaleza y el rico patrimonio arquitectónico.

Uno de sus grandes atractivos es la ermita románica de una sola nave, cubierta probablemente con bóveda de cañón semicircular y reforzada en la nave con tres arcos torales.

O, por otro lado, edificios modernistas como la casa Mauri y el molino de aceite de Sant Josep son los lugares más atractivos.

Raiders, una joya del pasado

La Pobla de Segur y Coll de Nargó se han consolidado como los epicentros de una tradición ancestral tras el reconocimiento de los raiers como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO.

Esta distinción, otorgada por el Comité Intergubernamental en Rabat, avala una candidatura conjunta en la que participó España junto a otros cinco países europeos para preservar un oficio que es, ante todo, un homenaje a quienes dedicaron su vida al transporte fluvial de la madera.

La construcción de estas embarcaciones tradicionales, llamadas rais, es un proceso artesanal minucioso que se recrea en las fiestas actuales. Los troncos se colocan uno al lado del otro, sujetos por travesaños de roble y redortes de abedul.

Para dirigir la balsa, se instalan timones y dos remos, y finalmente se monta una pequeña estancia para proteger el "fato" —la ropa seca, la comida y la bota de vino de los tripulantes— durante el trayecto.

A pesar de su importancia histórica, el transporte fluvial de madera empezó a desaparecer a principios del siglo XX con la llegada de los camiones y la construcción de presas que bloquearon los cauces.

Lo que en su día fue una práctica común en todo el mundo, desde Canadá hasta Japón, en España encontró su refugio en la memoria colectiva de los pueblos del Pirineo leridano, quienes se negaron a dejar morir esta "joya" cultural.