Clientes de Casa Leopoldo en una imagen de archivo
Nada dura para siempre, Don Leopoldo
Las ciudades evolucionan (a veces para bien), cambian, se transforman. El decorado dura una o dos generaciones. Casa Leopoldo era de otra época y ahora se llevan los comederos para guiris y expats devotos de la tostada con aguacate
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Ya lo decía el gran Héctor Lavoe en una de sus canciones: “Todo tiene su final / Nada dura para siempre/ Es preciso recordar/ Que no existe eternidad”. O nuestros infravalorados Módulos de los años 60: “Todo da igual /Ya nada importa/ Todo tiene su fin”. Hay más canciones al respecto, pero estas son las primeras que me vienen a la cabeza al enterarme del cierre hace un mes del mítico restaurante Leopoldo del Raval (o, en este caso, el Barrio Chino de toda la vida de Dios), que llevaba desde 1936 (siete años después de su inauguración coincidiendo con la Exposición Mundial de Barcelona de 1929) en el número 24 de la calle San Rafael.
Me gustaría escribir un texto elegíaco sobre lo que fue y representó Casa Leopoldo, pero estoy instalado en el fatalismo desde hace tiempo y cada vez encuentro más normales cosas que, hace unos años, me habrían indignado y/o entristecido.
La mesa en Casa Leopoldo con Rosa Gil
Las ciudades evolucionan (a veces para bien), cambian, se transforman. El decorado dura una o dos generaciones. Casa Leopoldo era de otra época y ahora se llevan los comederos para guiris y expats devotos de la tostada con aguacate y de los establecimientos que imitan los del barrio neoyorquino de Williamsburg, Brooklyn. No puedo quejarme de que no podré volver a Casa Leopoldo por la sencilla razón de que no he puesto los pies ahí desde que se jubiló la adorable Rosa Gil, nieta del fundador de la casa, don Leopoldo, y les traspasó el restaurante a unos emprendedores muchachos que, pese a sus esfuerzos, no han logrado mantenerlo con vida en la era de la tostada de aguacate.
Escritores muertos
La localización no facilitaba las visitas en la actual Barcelona: un callejón en el barrio chino que de noche podía resultar peligroso para los clientes (y los guiris no están para que les roben el reloj, aunque tengan la tripa llena de ricas viandas).
Fachada de 'Casa Leopoldo' en una imagen de 2018
Casi todos los escritores que lo frecuentaban están muertos: Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Juan Marsé, el humorista Jaume Perich… Por no hablar del francés André Pieyre de Mandiargues (1909 – 1991), al que descubrí (y al que me enganché) con la adaptación cinematográfica de su fascinante relato La marea (la principal herencia francesa en Casa Leopoldo fue la actriz Juliette Binoche).
No sé si Jean Genet llegó a pasar por ahí durante su estancia en la Barcelona canalla, pero, como siempre andaba a la última pregunta, no creo que fuese a no ser que lo invitara un amigo o un cliente conocido en algunos urinarios.
Viuda de un torero
Durante muchos años, mantuve un almuerzo semanal con amigos en Casa Leopoldo. Como éramos pobres, comíamos de menú, observando con envidia y rencor social las bandejas de albóndigas que desfilaban en dirección a la mesa de Vázquez Montalbán. De vez en cuando, tirábamos la casa por la ventana y dejábamos sin albóndigas al pobre Manolo. Rosa Gil nos trataba como si fuésemos clientes premium y se entretenía mucho comentando la actualidad con los jóvenes plumíferos que éramos entonces.
Rosa Gil fue propietaria de 'Casa Leopoldo'
Siempre ponía cara de que se alegraba de vernos, pese a la magra contribución a sus finanzas, y nunca la vi de mal humor, aunque su vida no había sido precisamente un largo río tranquilo: se quedó viuda muy joven de un torero portugués. Cuando Rosa se retiró, nuestra pandilla basura se mudó a otros restaurantes. Hasta que el cónclave se disolvió por distintos motivos (básicamente, porque todo tiene su final y nada dura para siempre).
Beber menos que antes
Lo que era Casa Leopoldo para mi generación y la que nos precedió ya no significa nada en la ciudad de la tostada de aguacate. Se quejaban los últimos rectores del establecimiento de que la gente bebe menos (de Casa Leopoldo se solía salir agradablemente cocido) y no valora en exceso los platos clásicos de la casa.
Y de que la localización del restaurante aleja a una gran parte de los posibles clientes. El cierre de Casa Leopoldo, pues, no cabe considerarlo un drama. Nuevas generaciones elegirán sus nuevos abrevaderos, que también la palmarán al cabo de unos años, pues cada una tiene los suyos. Por lo menos, hasta que el ayuntamiento obligue a todos los comederos de Barcelona a servir exclusivamente tostadas con aguacate.