Balbino, exencargado de Bar Roure BARCELONA
De fiestas de barrio a fenómeno popular: el histórico bar Roure afronta las Fiestas de Gràcia entre la tradición vecinal y el turismo masivo
El bar fundado en 1889 busca el equilibrio entre un barrio cada vez más turístico y los vecinos que siguen entrando cada día por su puerta
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En Gràcia ya se empieza a notar que las fiestas están cerca. Las calles se preparan para volver a llenarse de guirnaldas, vecinos, visitantes y curiosos que llegan atraídos por unas fiestas que hace tiempo dejaron de ser un secreto del barrio.
En El Roure, sin embargo, la vida sigue a su ritmo. Un café en la barra, alguien que entra y saluda, una conversación que se alarga más de la cuenta. Algún turista mira alrededor y observa el local antes de decidir dónde sentarse. Los vecinos, en cambio, parecen no necesitar presentación.
Interior del Bar Roure en Gràcia BARCELONA
El Roure tiene ese punto de bar en el que todavía existe cierta familiaridad entre quien sirve y quien entra por la puerta. No hace falta explicar demasiado. Hay clientes que llevan tantos años viniendo que forman parte de la rutina del establecimiento.
Balbino, que acaba de jubilarse después de diez años trabajando allí, lo cuenta casi como quien habla de una familia: “Los clientes que venían eran más que clientes, eran como familiares”. Padres que mandaban a sus hijos a comprar algo, niños que acabaron creciendo y volviendo años después. “Me comentaban que cuando eran pequeños corrían por debajo de las mesas”, recuerda.
Un bar que ha sabido moverse
El Roure lleva abierto desde 1889 y no ha pasado por demasiadas manos. Tres etapas familiares y de gestión han bastado para llegar hasta hoy. También ha tenido que cambiar de nombre: durante la dictadura pasó a llamarse Bar El Roble y recuperó El Roure durante la Transición. El antiguo nombre, de hecho, todavía permanece en la fachada.
Barra del Bar Roure en Gràcia BARCELONA
Balbino llegó en 2016 y ha visto desde dentro una década de cambios. También los de un barrio que ya no es exactamente el mismo. El bar ha mantenido la cocina catalana y buena parte de su propuesta tradicional, pero ha incorporado platos y necesidades nuevas. “Nos hemos ido adecuando a lo que va pidiendo la clientela”, explica. Y esa clientela pregunta ahora por opciones veganas, por los ingredientes de un plato o por alternativas para distintas necesidades alimentarias. “El público es diferente”, resume.
Entre vecinos y turistas
El cambio más evidente quizá esté en quién entra por la puerta. Gràcia recibe cada vez más visitantes y El Roure se ha encontrado también con ese nuevo público. No lo viven como una invasión, sino como una realidad a la que han tenido que adaptarse. Para Balbino, el turismo “ha sido bastante bueno” para el bar. Pero la clave, insiste, está en no dejar de ser un negocio de barrio.
La fórmula ha sido intentar que el precio y la propuesta funcionen para ambos públicos. “Siempre se ha buscado tener una calidad-precio que valga para la gente del barrio y para los turistas”. No parece una estrategia especialmente sofisticada, pero quizá ahí esté parte del secreto. Mientras alrededor han aparecido negocios cada vez más orientados al visitante, El Roure ha preferido conservar su aspecto y su manera de funcionar.
Mesas en el interior del Bar Roure en Gràcia BARCELONA
Balbino señala una diferencia que considera importante: “Cuando cogen un local nuevo, lo primero que hacen es destruirlo y ponerlo nuevo”. En El Roure, explica, la propiedad siempre ha tenido claro que la antigüedad del local forma parte de lo que son.
Y eso también se nota en la convivencia entre públicos. Un vecino puede estar desayunando mientras, a pocos metros, alguien que ha llegado a Barcelona hace unas horas descubre el bar. No hay una separación entre unos y otros. La barra es la misma y el trato también. Balbino lo ha visto pasar durante años y defiende una idea sencilla: da igual quién se siente delante. “Todo el mundo es igual”, dice. Han pasado por allí periodistas, políticos, deportistas y actores, pero también vecinos que llevan toda la vida entrando por la misma puerta.
Cuando llegan las Fiestas de Gràcia
Ahora, con la Fiesta Mayor a la vuelta de la esquina, El Roure mira hacia uno de sus momentos más intensos del año. Las Fiestas de Gràcia forman parte de la historia reciente del bar y también de su calendario. “Estas dos fiestas son aquí un boom”, dice Balbino, en referencia a la Fiesta Mayor de Gràcia y a Sant Medir.
Desde dentro, reconoce que los primeros pensamientos no siempre son románticos. “Te da pereza porque piensas: ‘Ostras, ahora nos van a meter una paliza’”. Después llega la fiesta y cambia todo. Más gente, más movimiento y otro ritmo detrás de la barra. “Cuando lo estás viviendo te vas adaptando y, sin darte cuenta, te vas integrando dentro de la fiesta. Y es muy bonito”.
Las fiestas que ya no son solo del barrio
El problema es que las Fiestas de Gràcia también han crecido mucho. Las calles decoradas, el trabajo de las comisiones y la imagen de las fiestas se han convertido en un reclamo que circula por redes sociales y atrae cada año a más visitantes. Lo que antes conocían principalmente los vecinos ahora forma parte también de las rutas de quienes buscan conocer una Barcelona diferente.
Exterior del Bar Roure en Gràcia BARCELONA
Balbino ha escuchado a muchos vecinos hablar de ese cambio. “Ha pasado de ser unas fiestas de barrio a pasar a ser unas fiestas más bien populares”, explica. Las calles que antes podían vivirse con cierta tranquilidad durante algunas actividades se llenan ahora hasta el punto de que es necesario regular el acceso. Recuerda, por ejemplo, las comidas en la calle, cuando los vecinos sacaban sus mesas y comían juntos. “Ahora hay tanta gente que ya tienen que cortar la calle”.
El equilibrio que no es fácil
En Gràcia hay una contradicción difícil de resolver. El turismo interesa a los comercios y a la hostelería, también a El Roure. Pero al mismo tiempo, cuanto más conocidas son las fiestas, más complicado resulta que los vecinos puedan vivirlas como antes. Balbino no tiene una fórmula definitiva, aunque sí una propuesta: separar los tiempos. “Un par de días dedicados al turismo” y otros “dos o tres días dedicados exclusivamente para el barrio”.
No es una solución sencilla, y él mismo lo reconoce cuando se le pregunta. Pero la pregunta queda sobre la mesa: cómo mantener unas fiestas abiertas a quien viene de fuera sin que quienes viven allí tengan que apartarse de ellas. El Roure está justo en medio de esa discusión, entre el vecino que baja a tomar algo y el visitante que entra atraído por un local con más de un siglo de historia.
Diez años detrás de la barra
Balbino ya no estará al frente durante las próximas fiestas. Después de diez años ha llegado la jubilación, aunque habla de su etapa en El Roure con bastante más entusiasmo que nostalgia. Le gustaba hablar con la gente y estar pendiente de cómo llegaba cada cliente. Para él, el trabajo de camarero tenía una parte que no aparece en ninguna carta: escuchar.
“Un camarero es un poco terapeuta”, dice. Si por la mañana entraba alguien con mala cara, intentaba arrancarle una sonrisa. “Le cuentas un chiste y se va contento de aquí”. Y si al día siguiente volvía, sabía que algo había funcionado. “Ya has estado una medicina gratis”, bromea.
El Roure seguirá. La propiedad, formada por la madre, el hijo y el marido, continúa al frente del negocio y Balbino no ve problemas de relevo. Lo importante, cree, será continuar haciendo lo que el bar lleva haciendo desde hace décadas: cambiar cuando toca y mantener aquello que todavía funciona.
Porque mientras Gràcia prepara sus calles para agosto, en El Roure no hace falta reinventarse para recibir la fiesta. Basta con levantar la persiana, preparar la barra y esperar a que empiecen a entrar los de siempre. Y, entre ellos, los que vienen por primera vez.