Dani Camacho (@soyfugitivo), youtuber y documentalista de Gavà
Dani Camacho, el 'youtuber' de Gavà que cambió la barbería por los viajes: "Si lo hiciera por visitas, haría bailes en TikTok"
Conocido como @soyfugitivo, el documentalista reivindica un contenido pausado y de inmersión en plena era del vídeo rápido, convencido de que las mejores historias están en las personas y no en los destinos
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Las primeras imágenes que Dani Camacho grabó durante un viaje a Tailandia cabían en la memoria de un teléfono móvil. Eran poco más que un recuerdo de unas vacaciones que nunca imaginó que acabarían cambiándole la vida.
Entonces todavía era peluquero, trabajaba en una barbería y complementaba el sueldo con pequeños encargos de diseño gráfico aprendidos de forma autodidacta. Hoy, con 31 años, el vecino de Gavà recorre algunas de las zonas más remotas y complejas del planeta para documentar conflictos, comunidades indígenas y rutas migratorias bajo el nombre de @soyfugitivo.
El Youtuber Daniel Camacho (@soyfugitivo) mientras grababa un documental en Ucrania
Aunque muchos lo conocen como creador de contenido, él prefiere otra definición. Habla de documentales, de reporterismo y de la necesidad de entender antes de explicar. En una época en la que las redes premian la velocidad y el impacto inmediato, Camacho apuesta por detenerse, convivir y escuchar. "No quiero viajar para mostrar el mundo, quiero mostrar las personas que viven en él", resume en conversación con Metrópoli.
Dani, el Youtuber que cambió la barbería por los viajes
Un camino que no estaba escrito
Nada hacía pensar que acabaría dedicándose a recorrer el mundo con una cámara al hombro. Su sueño adolescente pasaba por trabajar en publicidad, pero no consiguió la nota para acceder a los estudios que quería. Terminó estudiando peluquería casi por descarte y, años después, una alergia a los tintes le obligó a reinventarse.
Lejos de resignarse, convirtió internet en su escuela. Aprendió diseño gráfico, edición y fotografía viendo tutoriales durante horas. "YouTube fue mi escuela", recuerda. Mientras seguía cortando el pelo, iba construyendo poco a poco una segunda profesión que le permitía ahorrar para viajar. Durante dos años compaginó jornadas interminables entre la barbería y el ordenador con un único objetivo: reunir el dinero suficiente para dejarlo todo atrás.
El Youtuber Daniel Camacho (@soyfugitivo) en el Estado de Gujarat con nómadas Rabari
La decisión sorprendió a su entorno. Vendió los muebles, dejó el piso de alquiler en Barcelona junto a su pareja y emprendió un viaje de un año sin saber muy bien qué encontraría al otro lado. Tampoco fue fácil convencer a su familia. Su madre, cuenta entre risas, todavía hoy sigue preocupándose cada vez que anuncia un nuevo destino.
El momento en que entendió qué quería contar
Los primeros viajes tenían un componente casi turístico. Tailandia despertó su curiosidad por conocer otros países y Vietnam fue el escenario donde empezó a hablar delante de la cámara. Sin embargo, fue en Myanmar donde encontró el tipo de historias que realmente quería perseguir.
Allí llegó buscando a las mujeres de la etnia Chin con el rostro tatuado. Preparó el viaje como un pequeño documental, investigó el contexto histórico y se compró su primera cámara. Pero lo que terminó marcándole no fueron los paisajes ni los templos, sino el encuentro con aquellas mujeres y el tiempo compartido con ellas.
El Youtuber Daniel Camacho (@soyfugitivo) en la Cordillera de los Andes en Perú con la Comunidad Q'ero
Aquel viaje cambió por completo su manera de entender los documentales. "Las personas hacen los viajes", explica. Desde entonces, su trabajo dejó de centrarse en enseñar lugares para intentar comprender cómo viven quienes los habitan. Ese cambio de mirada acabaría definiendo toda su trayectoria.
Contar antes que viralizar
En un ecosistema dominado por vídeos de pocos segundos, Camacho dedica semanas, e incluso meses, a producir documentales que pueden superar los cincuenta minutos. Es una apuesta poco habitual en un momento en el que el algoritmo premia la rapidez y obliga a captar la atención casi de inmediato.
"¿Cómo hago para que alguien vea cincuenta minutos si en los tres primeros segundos decide si sigue o no?", se pregunta. Aun así, se resiste a adaptar completamente su forma de trabajar a esa lógica. Su objetivo nunca ha sido competir por el vídeo más viral.
"Si quisiera más visitas probablemente haría bailes en TikTok", afirma con ironía. Detrás de cada pieza hay viajes, investigación, horas de edición y una inversión económica que, muchas veces, recupera con dificultad. La incertidumbre forma parte de su trabajo. Mantiene algunos clientes de diseño gráfico que le ayudan a cubrir los gastos fijos mientras YouTube continúa siendo un terreno imprevisible.
Viajar para entender, no para confirmar prejuicios
Una de las ideas que más se repite durante la conversación es la importancia de comprobar sobre el terreno aquello que otros han contado antes. No porque desconfíe de los libros o de los estudios, sino porque entiende que las sociedades cambian constantemente y que muchas veces la realidad va por delante de lo escrito.
Por eso intenta convivir con las comunidades que documenta, respetar sus costumbres y explicar los matices. Lo hizo durante el Ramadán en Bangladesh, adaptando sus horarios para no comer delante de quienes ayunaban, y lo hace también cuando visita pueblos indígenas que suelen aparecer "reducidos a estereotipos en redes sociales".
Dani Camacho en el Estado de Chhattisgarh en India con la Comunidad Ramnami
Esa forma de trabajar también tiene un precio. Sus vídeos reciben críticas desde posiciones ideológicas completamente opuestas. Hay quien interpreta sus documentales sobre migración como una defensa de determinadas posturas políticas y quien llega a la conclusión contraria después de ver otros trabajos sobre delincuencia o seguridad.
Él evita entrar en ese juego. "Yo muestro lo que sucede", insiste. Esa voluntad de contar la realidad sin intentar encajarla en un discurso previo le ha valido incluso calificativos tan contradictorios como "hippie nazi", una expresión que menciona entre risas porque, dice, refleja la necesidad constante de etiquetar a quien informa.
Cuando el riesgo deja de ser una idea
Su forma de entender el documental le ha llevado también a lugares donde la frontera entre informar y ponerse en peligro resulta extremadamente fina. El episodio más duro ocurrió mientras documentaba la ruta migratoria entre México y Estados Unidos.
Junto a un compañero mexicano se adentró en una zona controlada por el crimen organizado para explicar cómo funciona uno de los principales corredores migratorios del continente. Allí fueron interceptados por hombres armados, retenidos y trasladados a una vivienda en mitad del desierto mientras revisaban su material y decidían quiénes eran realmente.
Durante horas no supo si saldría de allí. "Tengo miedo y eso es muy importante porque si no ya estaría muerto", reflexiona ahora. Lejos de romantizar aquella experiencia, la utiliza para explicar que el miedo es precisamente el mecanismo que le obliga a medir cada decisión. Sabe que cruzar determinadas líneas puede tener consecuencias, pero también que hay historias que solo pueden contarse desde dentro.
Otra manera de mirar el mundo
Camacho también observa con preocupación cómo las redes sociales están transformando la forma de viajar. Cree que muchos destinos remotos empiezan a recorrer el mismo camino que otros lugares ya masificados por el turismo y que cada vídeo viral puede acabar modificando la realidad que pretende mostrar.
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No culpa únicamente a quienes viajan. Considera que las administraciones también tienen una "responsabilidad" a la hora de decidir qué modelo turístico quieren impulsar. Aun así, defiende que cada viajero puede marcar una diferencia si entiende que conocer un lugar implica algo más que hacerse una fotografía.
Quizá esa sea la idea que atraviesa toda su trayectoria. Frente al viaje entendido como una colección de imágenes para publicar en redes, él reivindica el tiempo, la conversación y la curiosidad. Sigue utilizando YouTube como plataforma porque le permite llegar a millones de personas, pero reconoce que su aspiración va un paso más allá. Sueña con dedicar el futuro a realizar grandes documentales donde la única preocupación no sea retener al espectador durante unos segundos, sino contar una buena historia.
Al fin y al cabo, eso es lo que lleva intentando hacer desde que dejó una barbería de Gavà para salir a descubrir un mundo que, más que visitarse, cree que primero hay que comprender.