Una imagen de Lucerna, en Suiza
Suiza cambia las normas con las pensiones: jubilación a los 65 años, pagas de hasta 2.500 € y ahorro privado garantizado
El modelo helvético combina reparto, capitalización y ahorro voluntario para diversificar ingresos y reducir la presión sobre el sistema público
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El sistema de pensiones de Suiza vuelve a situarse en el centro del debate europeo por su enfoque estructuralmente distinto al de España.
Mientras el modelo español se basa principalmente en un sistema público de reparto, el país helvético reparte la responsabilidad entre el Estado, las empresas y los propios trabajadores, con un esquema que busca garantizar estabilidad a largo plazo.
Esta diferencia no es solo técnica. Tiene impacto directo en cómo los ciudadanos afrontan su jubilación: en Suiza, el trabajador no depende exclusivamente de las cotizaciones actuales, sino que construye su propio colchón financiero durante toda su vida laboral.
Jubilación a los 65 años
La edad ordinaria de retiro en Suiza se sitúa, de forma general, en los 65 años.
A partir de ese momento, entra en juego el primer pilar del sistema, conocido como AVS (seguro de vejez y supervivencia), que funciona bajo un esquema de reparto similar al español.
Este nivel garantiza una pensión básica para toda la población, con cantidades que oscilan aproximadamente entre los 1.300 y los 2.500 euros mensuales, en función de los años cotizados y los ingresos previos.
Una imagen de Sarnen, Suiza
En el caso de parejas, la cuantía conjunta puede alcanzar cifras cercanas a los 3.900 euros al mes.
A diferencia de España, donde las pensiones máximas superan los 3.300 euros en 2026, el modelo suizo limita las prestaciones públicas para evitar desequilibrios financieros, dejando el resto de los ingresos en manos de otros mecanismos complementarios.
Ahorro obligatorio
El elemento que marca la mayor distancia respecto al sistema español es el segundo pilar, centrado en la previsión profesional.
Se trata de un sistema de capitalización individual en el que cada trabajador acumula un fondo propio a lo largo de su carrera.
En este caso, tanto el empleado como la empresa realizan aportaciones periódicas a una cuenta personal que se invierte en los mercados financieros.
Una imgen de Zurich, en Suiza
Ese dinero pertenece al trabajador y puede crecer con el tiempo, lo que introduce una lógica de ahorro real frente al modelo de reparto.
Al llegar la jubilación, el beneficiario puede optar por convertir ese capital en una renta mensual o retirarlo en forma de pago único. Además, al menos el 50% de las aportaciones corre a cargo del empleador, lo que reduce la carga directa sobre el trabajador.
El tercer pilar: incentivos fiscales para el ahorro privado
El sistema se completa con un tercer pilar voluntario, basado en el ahorro privado incentivado fiscalmente. Aunque no es obligatorio, está ampliamente extendido entre la población gracias a las ventajas fiscales que ofrece el Gobierno.
Los ciudadanos pueden destinar parte de sus ingresos a estos productos y deducirlos de sus impuestos, fomentando así una cultura de previsión a largo plazo.
Además, los fondos acumulados pueden retirarse si una persona abandona el país de forma definitiva.
Diferencias con España: más diversificación, pero mayor coste de vida
Si se comparan los ingresos reales de los jubilados, las diferencias son evidentes. En España, la pensión media ronda los 1.500 euros mensuales, lo que sitúa a la mayoría de pensionistas en niveles intermedios.
La ministra de Incusión, Elma Saiz, durante un pleno en el Congreso- Eduardo Parra
Sin embargo, se debe tener en cuenta que el coste de vida en ciudades como Zúrich o Ginebra es significativamente más alto que en España, lo que reduce el poder adquisitivo real de esas pensiones.