Catlin apura las últimas cucharadas de la paella que consume junto a las 12 amigas con las que comparte mesa. Son las 23:30 de un viernes y se sientan en una de las terrazas de La Rambla a la altura de la Plaça Reial, en pleno corazón de Barcelona y en uno de los epicentros turísticos de la ciudad. Riegan la comida con litronas individuales de sangría o cerveza. Son de Dublín y celebran la despedida de Catlin en Barcelona durante el fin de semana. “Esta es mi noche”, proclama dando un largo sorbo a su vaso con una caña de color fucsia de unos 40 centímetros. A su lado, en la silla dispar de la mesa, reposa un falo hinchable de aproximadamente un metro que las acompañará durante toda la noche. Cada litro de cerveza se vende a 11,95 euros. Y el de sangría a 14,95 euros.

El bullicio en esta zona de la ciudad es incesante. Como Catlin, un grupo de chicos británicos entra en la Plaça Reial cantando a pleno pulmón algún tipo de himno futbolístico. Un latero les ofrece cerveza a 1 euro la unidad y compran ocho. En la calle Ferran, una limusina invade la calzada. Ha aparcado delante de un pub irlandés del que entra y sale gente de forma frenética. Un grupo de chicos alemanes habla distendidamente delante del local mientras fuma un cigarrillo. 

“Barcelona lo tiene todo: alcohol barato, fiesta hasta que te cansas y la temperatura… Diablos, estamos aún en invierno y vamos en manga corta”, describe Hans. Es universitario y pasa unos días en la ciudad junto a tres amigos. Han alquilado un apartamento en la zona del Eixample a través de AirBnb, que les cuesta poco más de 40 euros por persona cada noche: “Los precios son increíbles”, remata para cubrir el amplio abanico de tópicos que ofrece Barcelona.

Ofertas de bebida barata para turistas.



La noche no ha hecho más que empezar. En la calle Escudellers un grupo de italianos camina indeciso, sin rumbo. Presa fácil para los relaciones públicas de los diferentes locales de Barcelona. “¿Queréis ir a la mejor fiesta de la ciudad?”, les pregunta descarado el promotor. “Sí, claro”, responden con entusiasmo los jóvenes. Y les entrega un flyer con un descuento para acceder una de las grandes discotecas de la zona del Port Olímpic. Aunque queda relativamente lejos, el chico les indica donde pueden coger un taxi para llegar en “apenas 10 minutos”. Ellos acceden.

“Los precios son increíbles”, remata para cubrir el amplio abanico de tópicos que ofrece Barcelona.

Fitzy, como le llama todo el mundo, es de Londres. Y también celebra su despedida de soltero en Barcelona junto a 10 amigos. Acaban de cenar en uno de los muchos restaurantes de la zona del Port Olímpic y ya han consumido abundantes litros de cerveza. Muchos de ellos llevan en la cabeza una luz de colores en forma de lazo que han comprado a un vendedor ambulante en algún rincón de la ciudad y abandonan el local en busca de las emociones que ofrece Barcelona. 

El grupo avanza en dirección al Paseo de la Barceloneta, pero el camino que traza es irregular a causa del enjambre de personas que les interpelan ofreciendo todo tipo de servicios: rosas, sombreros (no mexicanos), productos artesanales africanos, cerveza, drogas y fiesta. Mucha fiesta. Tres relaciones públicas han dividido el grupo con promesas de todo tipo en cada flanco si les acompañan al local por el que trabajan.

“No os voy a engañar pero nuestra discoteca es la mejor con diferencia de Barcelona. Si queréis pasar una noche inolvidable acompañadme… Ah, por cierto, os regalo a cada uno un chupito”. El discurso de este promotor parece creíble. O eso es lo que opinan los británicos, que tras barajar las propuestas que les han brindado se decantan por esta opción. Descartan el local de striptease en la zona alta y el garito en el que aún a esa hora hay música en directo. Fitzy ha elegido. Y en cuestión de minutos invade el podio de la discoteca y se saca la camiseta. “¡Abrazo de gol!”, profiere uno de sus colegas, y los 10 chicos corren hacia el futuro novio para abrazarle como si hubiera marcado un gol en la final de la Champions. Cada consumición cuesta 10 euros. Fitzy paga la primera ronda. “¡Fiesta!”, grita sacando la lengua.

Cocktails en jarras vacíos



Cocktails servidos en jarras.

Son las 2 de la madrugada en la zona del Port Olímpic y el vaivén de gente es constante. Las despedidas de soltero son ya una moda consolidada en Barcelona y los grupos en plena celebración aparecen de forma constante en el paisaje urbano a esas horas. Siete francesas salen de una de las discotecas cantando y haciendo la conga. La novia lleva una corona de princesa en la cabeza. Se cruzan con el grupo de Fitzy, que discute en ese momento si seguir la fiesta en esa zona o moverse. Se saludan los dos grupos y uno de los amigos de Fitzy intenta convencer a las chicas de que vengan con ellos a la siguiente parada de la fiesta. Las chicas pasan de largo y entran en otro garito.

“La verdad es que esta ciudad nos encanta, es la segunda despedida que celebramos aquí… Y creo que no será la última”, explica Fiona. El grupo de chicas francesas es del sur del país galo. Y se aloja en Gràcia. “Nos gusta Gràcia de día pero por la noche es demasiado de bares, preferimos música a todo volumen y por eso nos gusta más la zona del puerto”, agrega la chica.

“La verdad es que esta ciudad nos encanta, es la segunda despedida que celebramos aquí… Y creo que no será la última”

Y es que Gràcia ofrece otro tipo de diversión a los turistas. A las 2:30 algunos de los bares ya han cerrado. Y las diferentes plazas del barrio se llenan de jóvenes. Unos turistas se han sentado junto a un grupo de Erasmus que se divierte cantando y tocando la guitarra en la Plaça del Sol. Son seis y cada uno tiene una lata de cerveza a su lado. “Barcelona es diversión asegurada, la experiencia de vivir una temporada aquí está siendo inolvidable”, expresa Enrico, de Italia. “Esta ciudad es ideal… Tienes todo lo que necesitas a cualquier hora”, agrega Louis, de Francia. Cantan Imagine de John Lenon a pleno pulmón. 

Son ya las 3:30 de la madrugada y en la Rambla el ir y venir de turistas sigue siendo constante. El alcohol hace estragos y se combinan los grupos de turistas que cantan y buscan más fiesta en dirección a la playa con los que, zigzageando, se retiran hacia la estancia donde se alojan. Barcelona ofrece a este tipo de turismo lo que busca. “Póngame dos de estos”, le dice un turista con un vaso de cubata anaranjado a uno de los quiosqueros de La Rambla refiriéndose a dos imanes de nevera en los que se intuye la silueta de la Sagrada Família. 

Los quioscos de La Rambla están abiertos las 24 horas del día. Y su función se ha adaptado, igual que muchas zonas y comercios de la ciudad, a lo que la ley de la oferta y de la demanda turística dicta. “¿Lo que más vendemos? Souvenirs y tabaco”, sentencia sin pensarlo el quiosquero. El turista compra los imanes y no recoge el cambio. “De propina”, dice. 

Luego, se marcha, con el cubata en una mano y el souvenir en la otra, cantando en dirección a la playa junto a sus amigos para seguir la fiesta. 

El quiosquero guarda la propina y atiende a dos chicas francesas que le piden una cerveza.

 

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