Pueblo independiente de Barcelona hasta 1897, el barrio de Gracia sigue siendo uno de los puntos más pintorescos de la capital catalana. Sus callejuelas, sus plazas y la idiosincracia de muchos de los vecinos que aún se sienten parte de un núcleo independiente de la gran urbe, confieren a este lugar una identidad y una aureola única pero que, a su pesar, es también un factor que pervierte sus esencias.

El turismo en cascada, el ruido infinito en algunas de las plazas más populares o el precio de los alquileres que se multiplica hasta impedir que los hijos del barrio permanezcan donde se criaron, son algunos de los problemas que más se repiten entre las quejas vecinales habituales. También, la suciedad. La radiografía de los problemas del barrio nos acercan a una realidad en la que la convivencia entre segmentos poblacionales opuestos en intereses y forma de vida se complica. Vecinos de toda la vida, turistas de paso y jóvenes atraídos por los bares y plazas forman una tríada que, a menudo, ocasiona choques inevitables.

“Ha habido mejoras en el barrio a nivel urbanístico en los últimos años, pero hay demasiado turismo, es exagerado… Esto se debe controlar porque si no perderemos la esencia de barrio”, razona Maite Cirera, vecina de Gràcia. “Hace 41 años que vivo aquí y los de toda la vida nos conocemos, pero creo que el barrio está cada vez más sucio, tenemos un problema grave con la orina de los perros y en verano hace un olor insoportable”, esgrime, por su parte, Marga Robles.

Pintada contra turistas en Gràcia / D. B.



Gràcia cuenta con una de las fiestas populares más famosas de Barcelona. El pasado verano celebró 200 años del inicio de una Festa Major que atrae a gente de toda la ciudad e, incluso, a turistas que vienen para vivirla en directo. La masificación es también uno de los puntos que más incomoda a los vecinos, que siguen, sin embargo, exhibiendo el trabajo colaborativo de barrio con la decoración de muchas de las calles durante los días festivos. “Años atrás había más ambiente familiar en las fiestas del barrio. Esto y los comercios de toda la vida que van cerrando hacen que cada vez haya menos sensación de barrio”, lamenta Pere Comtal.

UN PÚBLICO CAMBIANTE

Y es que los comercios de toda la vida no lo tienen fácil para subsistir entre un público cambiante y que cada vez es más heterogéneo. “Antes el barrio estaba lleno de comercios pero ahora de los de toda la vida solo quedan cuatro… Todo cambia muy deprisa y las necesidades de la gente también”, esgrime Jordi Carrasco, vecino del barrio. Los puestos de los mercados se reducen a medida que crece la edad de sus propietarios, que no encuentran traspaso generacional entre sus allegados. “Cuando me jubile esta parada que inició mi bisabuela en el mercado de la Abaceria a principios de siglo desaparecerá”, cuenta Eulàlia Aubiá que regenta Magrans, una parada de aves de toda la vida. El mercado está pendiente de una fuerte remodelación arquitectónica que reducirá los puestos de venta de comida y aumentará otro tipo de iniciativas sociales.

Los 306 apartamentos del distrito que se ofrecen actualmente en la plataforma de alquiler AirBnb contribuyen, sin duda, a cambiar la fisonomÍa de este punto de Barcelona. “En mi caso he tenido que marchar del centro a Vallcarca por el aumento de los precios de los alquileres, me gustaría volver algún día…”, se queja Elena García. “Se vive muy bien en el barrio, pero el aumento de los precios de alquiler hace que la gente de toda la vida haya marchado a vivir en otros barrios”, sentencia Ramon Carder.

La mezcla de turistas y de jóvenes atraídos por los bares y las plazas que se esconden en los distintos rincones del mapa del núcleo del distrito es, también, uno de los puntos más repetidos en la lista de quejas vecinales. En este sentido, la plaza del Sol se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la difícil convivencia entre jóvenes con ganas de fiesta hasta altas horas de la madrugada, turistas que descubren la noche barcelonesa y los vecinos que viven allí. “El otro día había unas 400 personas en la plaza, 200 procedentes de los bares y 200 más en el medio de la plaza gritando y cantando sin parar”, describe Miquel Or, que vive en esta plaza. Es habitual la presencia de la Guàrdia Urbana para desalojarla, pero no evita que se llene igualmente al día siguiente.

Dos jóvenes tocan la guitarra en una plaza de Gràcia / D. B.



El Ayuntamiento trabaja en un plan para rebajar los ruidos en Sol, pero la afluencia de gente complica la solución. El regidor del distrito, Eloi Badia, baraja como opción la instalación de un parque infantil en la zona, pero los vecinos ven la medida con escepticismo. “Esta idea no ayudaría en nada… Los parques infantiles están vacíos por la noche, con lo que no evitaría el problema que tenemos”, dice Carme Abella. “Eloi Badia se ha acercado a los ciudadanos, pero se ha alejado de los comerciantes”, reflexionaba María Chiara, presidenta de la Federació Gràcia Comerç, en una entrevista a este diario digital días atrás.

No solo el precio de los pisos impactan de pleno en el porvenir de los jóvenes que buscan la emancipación sin abandonar el barrio. Disfrutar de un café en plazas como la de la Virreina empieza a ser patrimonio exclusivo de los turistas. “Lo siento, pero me niego a pagar 1,80 euros por un cortado… Esto es demasiado”, apunta Marta Vela, joven de toda la vida de Gràcia que, pese a todo, se implica en mejorar el barrio. “Tengo la fe en que la moda imparable de Barcelona se frenará antes de que todo acabe convertido en un parque temático… Eso o pasear por las calles del barrio será en el futuro como dar una vuelta por el cartón-piedra de los parques de atracciones que simulan paisajes exóticos en medio del desierto…”.

El tiempo dirá.

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