Charo Villarejo, madre de Myrwn, jugador profesional de League of Leyends Badalona
Charo, madre de un joven de Badalona que triunfa con los videojuegos en Berlín: "Son privilegiados, pero no tienen vida”
La tensión alcanzó su punto máximo en el instituto con notas muy justas, un grado medio en informática y entrenamientos que empezaban a formar parte de la rutina
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En la trastienda de una mercería del barrio de La Salut en Badalona, mientras el ruido de la persiana bajando marcaba el final de la jornada, empezaba otra rutina.
Dos hermanos, un ordenador encendido y una madre que intentaba entender qué estaba ocurriendo al otro lado de la pantalla. “Primero miraba a su hermano, luego aprovechaba cuando el ordenador estaba libre”, recuerda Charo en conversación con Metropoli.
Así, como empiezan tantas otras, empezó la historia de Myrwn (Alex Villarejo), el hijo de Charo, con el League of Legends, como un juego más.
Pero no tardó en convertirse en algo distinto. Las notas “muy justitas”, la sensación de que no había otro propósito en su cabeza. “No tenía otro propósito en la vida que ser jugador profesional, lo tenía clarísimo”, cuenta.
Pulsera VIP del evento LEC Versus de Charo Villarejo, madre de Myrwn, jugador profesional de League of Leyends Badalona
Ella no. Ella lo vivía con angustia, sin nadie con quien compartirla. “Yo solamente veía un videojuego, no veía más”. Y las noches se hicieron largas, llenas de preguntas sin respuesta.
Un primer contrato
La tensión alcanzó su punto máximo en la ESO. “La ESO la tienes que aprobar”, le dijo. Si no, repetiría hasta los 18. Él respondió que se la sacaba. “No le vi estudiar más, pero supongo que prestó más atención”. Aprobó. Después llegó un grado medio de informática que tampoco cuajó. Las notas volvieron a ser “justitas” y los entrenamientos empezaron a marcar el horario.
El equipo Movistar KOI durante una celebración el año anterior
Fue entonces cuando entendió que aquello ya no era solo un pasatiempo. Con 16 años llegó el primer contrato, desde casa, por unos 400 euros, y la escena quedó grabada en su memoria: “¿Que te van a pagar por hacer lo que haces todos los días?”. Era menor. Era pronto. Era incierto. Pero también era real.
“Déjalo, que es muy bueno”
La decisión no la tomó en frío. La tomó con miedo. “Yo sola”, resume cuando le preguntan con quién lo consultó. Nadie de su entorno entendía de esports. Para todos era “el gamer que está viciado”. Y, sin embargo, hubo una frase que le cambió el rumbo: la del hermano mayor. “Déjalo, que es muy bueno”.
Charo se emociona al recordarlo. “El día de mañana que te digan tus hijos que no me has dejado hacerlo… es jodido”. Así que le dio dos años. Un margen. “Si te equivocas, aquí estamos”. En ese gesto había más confianza que certezas.
El descubrimiento de League of Legends
Hasta entonces, ella no entendía nada del juego. Ni siquiera sabía qué era el League of Legends. Empezó a asomarse a las redes sociales casi por necesidad. “El primer tuit que vi era de ToadAmarillo, un creador de contenido que le llamaba el niño maravilla”. Pensó que sería un amigo hablándole bien. No lo era. Eran comentaristas, aficionados, desconocidos que empezaban a corear su nombre.
Charo Villarejo con una camiseta de apoyo a su hijo
Empezó a ver partidos. No entendía las cargas ni las compras de objetos, pero sí sabía cuándo ganaban y cuándo perdían. “Iban 23-8 y perdieron. Y yo decía: ¿pero por qué?”. Poco a poco dejó de ver solo un videojuego. Empezó a ver competición.
Bilbao, la primera maleta
Con 18 años se marchó a Bilbao. Fichaba por un equipo profesional, antes de su salto a Movistar KOI. Charo ya iba mentalizada. Había conocido entrenadores, compañeros, había asistido a presentaciones. “No lo viví mal”, admite. La estructura le dio tranquilidad: piso pagado, dietas, una rutina.
Aguantaron incluso meses sin cobrar, jugaron finales, quedaron campeones y subcampeones. “Hay mucho esfuerzo detrás”, insiste. Horas y horas de entrenamiento. Sin fines de semana, sin puentes, sin vacaciones claras. “Son privilegiados porque trabajan en lo que quieren, pero no tienen vida”.
Aunque su primer contrato fue modesto, de algo así como 400 euros, hoy su hijo se gana la vida con ello, y con un sueldo que “ya me gustaría a mí tener”, dice la madre entre risas.
El barrio que aprende a entender
Cuando se fue de casa, también cambió la mirada del barrio. “Ya lo empezaron a entender”, dice. Incluso se reunían para ver los partidos. Lo que antes era incomprensión empezó a ser orgullo. Un chico de La Salut, en Badalona, compitiendo a alto nivel.
Myrwn durante una partida de League of Leyends
Aun así, los prejuicios no desaparecen. “Niñatos cobrando un pastizal por jugar”. Charo habla de empatía. De respeto. De entender que detrás hay disciplina, presión y una carga mental que no siempre se ve.
La vida en Berlín
Hoy la rutina está lejos del cuarto compartido en la trastienda. Oficinas, gimnasio, nutrición controlada, psicóloga. Vive en Berlín, donde entrenan y compiten, y todo está organizado al milímetro. “Entrenan, paran, comen, entrenan. Y a las diez gimnasio”. Días de 14 horas que terminan con los mismos compañeros con los que compiten.
“El roce es inevitable”, explica. No hay desconexión fácil. Algunos se desinstalan redes sociales para proteger su salud mental. Otros simplemente aguantan. Con 22 años, la madurez llega por adelantado.
Con las cosas claras
Charo pasó de no entender nada a formar parte de un grupo de madres que se apoyan entre sí. “Las historias son muy parecidas”, reconoce. Castigos asumidos, trabajos entregados tarde, prioridades claras desde niños. “Lo tenía muy claro”.
Hoy trabaja como supervisora en una residencia de mayores. La mercería quedó atrás. Pero conserva la misma convicción: “Si se equivoca, buscamos soluciones”. No cambiaría nada. “Tienes que dejarles volar”.
El futuro y la incertidumbre
Sabe que la carrera es corta. “28, 30 años como mucho”. Después vendrán otras vías: entrenador, analista, creador de contenido. Él, dice, siempre jugará. “Se acostará y se levantará con un ordenador”. Porque es ahí donde encontró su sitio.
Myrwm en el Iberian Cup de League of Leyends
Charo mira hacia el futuro de los esports con cautela y esperanza. Más eventos presenciales, más estructura, quizá más calidad de vida si se flexibilizan formatos. Pero lo esencial ya lo tiene claro: trabajo, respeto y prudencia en redes.
Un mensaje final
Antes de despedirse, lanza una petición sencilla: “Críticas sí, pero con respeto”. Recuerda que muchos tienen 22 años y cargan con una presión enorme.
Y para las madres que hoy miran con recelo una pantalla encendida en el cuarto de su hijo, ofrece una reflexión sin dramatismos: que estudien, si pueden. Pero si lo tienen tan claro como lo tenía el suyo, que les den la oportunidad. “Van a perder dos años, no la vida”.
Las noches sin dormir quedaron atrás. No desapareció el miedo, pero se transformó en otra cosa. En orgullo contenido. En confianza. En la certeza de que, a veces, el mayor acto de valentía de una madre es apartarse un paso y dejar que su hijo juegue, aunque no entienda del todo la partida.