Fotomontaje de Jordi, el sintecho muerto en Badalona
De una saga centenaria de carniceros a dormir en la calle: la historia de Jordi Fibla, el sintecho hallado muerto en Badalona
El hombre, de 52 años, provenía de una saga centenaria de carniceros: los Fibla, que levantaron el negocio en 1897; Jordi era el responsable de 'Carns Fibla', una tienda en el centro de la ciudad, hasta que el negocio se hundió
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La mañana de este miércoles, 4 de marzo, un hombre apareció sin vida en un banco de la plaza Elisa Reverter, en el barrio del Manresà de Badalona.
Tenía 52 años y dormía en la calle desde hacía algo más de un año. Para muchos vecinos era simplemente “Jordi”, un rostro habitual de la zona. Pero antes de convertirse en una figura anónima del sinhogarismo había tenido una vida muy distinta.
Cuatro generaciones detrás de un mostrador
La historia del negocio familiar del que había cogido las riendas Jordi se remonta a 1897. Ese año, Aurora Vila consiguió una parada en el mercado Maignon de Badalona y, junto a su marido Josep Fibla, inició una carnicería que acabaría convirtiéndose en una referencia en la ciudad.
Durante más de 100 años, cuatro generaciones de la familia trabajaron tras el mostrador. El negocio pasó de padres a hijos, adaptándose a los cambios de consumo y a las nuevas formas de cocinar.
Responsable de tienda
La tercera generación la lideraron los hermanos Aurora y Josep Fibla, junto a la mujer de este, Llúcia Pascual, que comenzó a trabajar en la carnicería con solo 17 años y pasó más de medio siglo atendiendo a clientes. De sus siete hijos, dos continuaron con el negocio: Jordi y Pere Joan.
Jordi se convirtió en el responsable de Carns Fibla, una tienda abierta en el centro de Badalona, mientras su hermano gestionaba otra parada familiar en el mercado Torner.
Fotografía del 1980 de la familia Fibla en su carnicería
De la 'carn d’olla' a las hamburguesas de autor
El oficio cambió con los años. La clientela ya no buscaba únicamente los cortes tradicionales para hacer guisos que duraran toda la semana, sino productos más rápidos y elaborados.
La familia Fibla supo adaptarse. En su obrador empezaron a experimentar con nuevas preparaciones hasta convertir las hamburguesas en su producto estrella. Llegaron a crear variedades con ingredientes poco habituales --como pasas y piñones, mermelada de cebolla o incluso chocolate-- dentro de una apuesta por las llamadas hamburguesas de autor.
La variedad de carne de ternera que se servía en la carnicería Fibla de Badalona
“Siempre hemos intentado sacar el máximo partido de la carne y ofrecer calidad”, explicaba el propio Jordi en una entrevista hace años, orgulloso de un oficio que había marcado a su familia durante generaciones.
La espiral
Sin embargo, su vida acabaría tomando un rumbo muy distinto. Según personas de su entorno, Jordi cayó en una adicción a la cocaína que fue deteriorando su situación personal. Se divorció y estuvo internado en un centro de rehabilitación. Con el tiempo perdió la estabilidad que había tenido durante años y acabó viviendo en la calle.
En los últimos meses dormía habitualmente en la zona de la plaza Elisa Reverter. Allí lo conocían vecinos y voluntarios de entidades sociales que, de vez en cuando, le ofrecían comida o ayuda.
Una muerte pendiente de autopsia
El miércoles por la mañana su cuerpo fue localizado en uno de los bancos de la plaza. Los servicios de emergencia solo pudieron confirmar su muerte.
Al respecto, el gobierno municipal de Xavier García Albiol informó de que el difunto "había rechazado en numerosas ocasiones el servicio de alojamiento que los Servicios Sociales le habían ofrecido".
Los Mossos d’Esquadra no encontraron indicios de criminalidad y la causa exacta del fallecimiento está pendiente de los resultados de la autopsia.
Una historia que retrata la fragilidad
La vida de Jordi Fibla resume una realidad incómoda: la distancia entre una vida estable y la exclusión social puede ser mucho más corta de lo que parece.
Durante décadas, su familia fue sinónimo de carnicería en Badalona. Él mismo había trabajado en el negocio que habían levantado sus bisabuelos.
Pero su historia terminó en un banco de una plaza, lejos de aquel mostrador familiar donde, durante más de un siglo, varias generaciones de los Fibla habían cortado carne para toda la ciudad.