Hay algo que en los servicios públicos debería darse por supuesto: la voluntad de servicio. En la mayoría de los casos no es así. Un ejemplo claro es la información, por llamarle de algún modo, que facilitan no pocas pantallas de los autobuses de TMB: escasa e insuficiente y, para que nada falte, exclusivamente en catalán. En el metro se ofrece con frecuencia la información en catalán, castellano e inglés. No ocurre así en el transporte de superficie. Es cierto que, con una voluntad mínima, casi cualquiera que domine el castellano puede entender lo que dice la pantalla, pero ése no es el asunto. Si en el metro se dan los mensajes en tres idiomas, ¿por qué en los autobuses sólo en uno? Si la diversificación de lenguas en el subterráneo se debe  a la voluntad de ser útil al pasajero, local o visitante, ¿por qué esa misma voluntad desaparece en los autobuses? Hay una interpretación malintencionada: que en el metro el castellano y el inglés se equiparan porque son lenguas foráneas. Pero con las navidades cerca, cuando se habla de los hombres de buena voluntad, habrá que suponérsela también a los dirigentes del consistorio. Aunque haya que forzarse a ello.

Que en los autobuses, al menos los que tienen la pantalla pequeña que no incluye los mapas de trayecto, no hay un deseo real informativo se percibe a la primera. Y no sólo en el monolingüismo. La información que transmite es pésima. Con frecuencia la pantalla está apagada casi tanto tiempo como encendida y, cuando aparecen los letreros, se emplea mucho más tiempo para recordar la obligación de la mascarilla (que pocos conductores refuerzan con la advertencia a quien sube sin ella) que a indicar cuál será la próxima parada. 

En no pocas ciudades europeas los rótulos anuncian la parada inmediata y las dos o tres siguientes, de modo que el pasaje pueda irse preparando y sepa dónde está y cuánto falta para llegar a su destino. En Barcelona, no, salvo en los vehículos que incluyen ya el mapa de la línea. La única información (cuando la hay) es sobre la parada siguiente y hay que estar muy pendiente del luminoso porque aparece y desaparece con notable rapidez. Eso, claro, cuando es de fiar, porque en ocasiones el nombre de la parada superada se mantiene durante bastante tiempo. No hay que descartar que sea con con la intención de confundir al personal.

No es difícil resolver cosas así. En la mayoría de los casos la pantalla responde a un programa informático fácilmente adaptable. Bastaría con que la dirección de la empresa tuviera una voluntad de servicio acorde con los excelentes planes de pensiones de que gozan sus directivos. Planes de pensiones con cargo al erario público y que contribuyen a incrementar el déficit de TMB.

Afortunadamente para los usuarios del transporte público barcelonés, la ciudadanía es muy solidaria y se presta a cubrir ese tipo de deficiencias, de modo que cualquiera se atreve a preguntar al vecino cuánto falta para el lugar al que acude y, habitualmente, no sólo responde el interpelado sino que otros pasajeros se brindan a facilitar la información que la compañía no ha pensado en dar. No la da en castellano, pero tampoco en catalán. O sea que el problema no es sólo de sectarismo idiomático, tiene que ver también con cierta indiferencia hacia los clientes o, a saber, tal vez con amplias dosis de incompetencia.

Si en algún momento del futuro hubiera en Barcelona un gobierno municipal que quisiera reconocer la realidad realmente existente, tal vez no estaría de más que comprobara que, para bien o para mal, el castellano es también lengua propia de Catalunya, lo que significa que lo es además de Barcelona. Hay mucha gente que lo tiene como primera lengua o que lo utiliza simplemente porque le da la gana y está en su derecho. Si bien se mira, hay en esa Barcelona que un día fue rosa de fuego anarquista restos de ese espíritu que se traduce en hacer siempre que se pueda lo contrario de lo que propongan los gobiernos. Si el Govern y el Ayuntamiento quieren que se hable en catalán, se utiliza el castellano aunque sólo sea por llevar la contraria. El ciudadano tiene esa potestad. Su voluntad de servicio la expresa pagando impuestos. Las administraciones deberían corresponder con voluntad de servicio real. Por ejemplo, en la información que se facilita en los autobuses.