No muy lejos de donde vivo, han abierto una zanja. Una empresa subcontratada por una empresa subcontratada por una unión de empresas contratada por el Ayuntamiento está instalando una nueva canalización de aguas freáticas, residuales o qué sé yo. Lo de toda la vida, vamos, porque la ciudad, nuestra ciudad y toda ciudad que se precie, está permanentemente en obras. Se destruye y construye a destajo y cambia día a día, como cambian sus habitantes o sus costumbres. Poco a poco, va acumulando una historia. En nuestro caso, una historia milenaria.

Porque Barcelona, no sé si lo sabían, quizá tenga cuatro mil años de historia. Los arqueólogos nos dicen que en sus alrededores se han encontrado restos de una población neolítica o calcolítica de aquel entonces. Que eran barceloneses se sabe porque se quejaban del belén que había montado el Ayuntamiento ese año, a decir de los eruditos. No soy quien para contradecirlos. También sabemos que los layetanos, una tribu de los íberos, estuvo por aquí, pero luego vinieron los romanos y adiós. Éstos, los romanos, fundaron Barcino en el primer siglo antes de Nuestra Era. Todavía pueden verse los restos del templo de Augusto en el Club Excursionista, cerca de la catedral, porque Barcelona era ciudad augusta. Ahora sí que Barcelona tiene partida de nacimiento.

Con un plano de la ciudad en la mano, podríamos trazar el perímetro de la ciudad romana, perfilar la medieval y señalar las pocas novedades de la Edad Moderna, decadente a más no poder. No fue hasta el siglo XVIII que Barcelona comenzó a animarse. Un ingeniero militar levantó la Barceloneta, se abrió el comercio con las Américas y el contrabando de licor y el tráfico de esclavos comenzaron a rendir beneficios, que luego fueron invertidos en la industria textil y en éstas ya llegamos al siglo XIX, con el Ensanche, y pasamos al siglo XX con ese batiburrillo de calles en las orillas del plano de la ciudad que señalan el crecimiento de Barcelona y su área metropolitana durante el franquismo y hasta hoy, un caos. Aunque también tenemos la Barcelona olímpica y postolímpica, que recupera espacios de una Barcelona industrial prácticamente desaparecida, y lo que vendrá, que váyanse a saber ustedes. Ojalá que sea una gran metrópoli bajo un único alcalde y no el sarao de municipios que tenemos hoy, cada uno receloso del vecino.

Esa zanja que decía, la que abren cerca de donde vivo, es un ejemplo de toda la historia que tenemos. En ella, un maestro de arqueología podría enseñar estratigrafía a sus alumnos. Sería una buena clase práctica. Primero, varias capas de asfalto. Luego, el empedrado. Sé que dieron con los rieles de uno de esos tranvías de la posguerra. Ay, Barcelona, ciudad de tranvías, que así la pensó Cerdà. Por debajo, varias capas de tierra, de raíces de árboles muertos hace ya muchos años y de otros que están por morir, el tocho de una red de alcantarillado fuera de servicio… ¿Cómo debe de ser el subsuelo de Barcelona? Cuántos túneles, pasadizos, sótanos, desagües, alcantarillas o depósitos quedan bajo nuestros pies. En esa zanja pueden verse 170 años de historia perfectamente claros y ordenados.

En otras zanjas próximas, me dicen, encontraron restos de un antiguo convento, de un cementerio, de la antigua universidad, qué se yo. Fíjense que en el Born iban a hacer una biblioteca y se encontraron con un barrio de principios del siglo XVIII, aunque el aparcamiento que se construyó justo al lado arrasó un cementerio islámico del siglo XI o XII y nadie dijo nada. Muy cerca, en el Fossar de les Moreres, documentaron 24 tumbas de época tardoantigua (siglos IV-V) y cuatro tumbas de época altomedieval (siglos IX.X) y comprobaron lo que ya se sabía, que no hay ni hubo ninguna fosa común del sitio de 1714. Ay, la historia, que se da de bofetadas con el idealismo romántico. La historia, ésa que te asalta a la que hagas un agujero en el casco viejo, la que puedes ver a poco que pasees con la mirada despierta por nuestras calles.

Por eso da tanta pena el poco interés que ponemos en nuestra historia. Desde hace unos años, las noticias sobre derribos de edificios de interés histórico, social o artístico, la desaparición de lugares icónicos, el destrozo sobre bienes de interés cultural, es un goteo constante. Quizá tenga alguna cosa que ver, por ejemplo, que hace casi cuarenta años que nadie revisa el catálogo de edificios de interés que merecen alguna protección en nuestra ciudad.