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Jaume Collboni, alcalde de Barcelona, con Gergely Karácsony, alcalde de Budapest /AYUNT BARCELONA

Jaume Collboni, alcalde de Barcelona, con Gergely Karácsony, alcalde de Budapest /AYUNT BARCELONA

Opinión

Collboni, Karácsony, Mamdani, Frey: los alcaldes como garantes de la democracia

"Los alcaldes han entendido que les toca un nuevo papel, que deben ponerse al frente desde una nueva óptica: al hacerse cargo de problemas complicados contribuyen con soluciones a retos que son globales"

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Las ciudades pueden actuar como parapetos contra los excesos del poder, contra una nueva lógica mundial basada en una especie de nuevo darwinismo. Sólo los más fuertes, los que puedan pillar tajada, saldrán adelante. Es el mensaje, diáfano, sin subterfugios, que ha lanzado Donald Trump, arropado por unos tipos que, bajo el manto de la inteligencia tecnológica, desprecian la democracia. Personajes como Elon Musk o, principalmente, Peter Thiel, o ese tipo que se llama Stephen Miller, totalmente pasado de vueltas.

Los alcaldes, por tanto, como dique ciudadano, ante una oleada dictatorial populista. Ya no es una posibilidad. Es un hecho. Y ha sucedido en otros momentos de la historia. El mundo del dinero suele arropar a esos sujetos, siempre que sepan controlar a las masas, que pueden ser muy desagradables cuando se enfadan. Mejor que estén anestesiadas.

El politólogo Josep Maria Colomer, que lleva la mitad de su vida en Estados Unidos, como profesor, señalaba en una entrevista con Letra Global que los alcaldes serían el freno ante las barbaridades de Trump. Y acaba de suceder con Jacob Frey, el alcalde de Minneapolis, que ha defendido a su comunidad tras el asesinato a bocajarro de la policía de control de aduanas a una mujer que circulaba con su coche.

Frey ha pedido que no se confunda a la gente, que no se la mienta, que se analice de forma exhaustiva el vídeo en el que se aprecia ese asesinato sin ningún peligro para el agente de policía. Las concentraciones y manifestaciones en distintas ciudades han demostrado que la democracia todavía es posible en Estados Unidos, y que sólo las ciudades, donde se concentra la inteligencia y se impulsa el dinamismo, pueden ser el muro frente a la barbarie.

El también politólogo Benjamin Barber lo teorizó en 2014 con su libro Si los alcaldes gobernaran el mundo, llegando a proponer un parlamento de alcaldes mundial. Para Barber, un hombre muy empático, --se puede ver el vídeo en un TED— los alcaldes y las ciudades, mediante redes interurbanas, podían ser más eficaces que los estados nación para resolver problemas globales. Desde lo local, para abordar los retos globales. Eran las ciudades decía Barber, la esperanza para preservar la democracia y para que ésta sea más efectiva, más cercana, más generosa y práctica.

Lo sabe muy bien Gergely Karácsony, alcalde de Budapest, que se ha convertido en la única esperanza de los húngaros frente al populista autoritario Víctor Orbán. Budapest, con su alcalde a la cabeza, es el territorio que más se identifica con la Unión Europea, por delante del propio país, Hungría. Es una especie de isla democrática ante los desvaríos de Orbán y la internacional populista de ultraderecha que desea encabezar.

También es consciente de ello el alcalde de Nueva York, Zhoran Mamdani, que quiere aplicarse en el ámbito de la vivienda, consciente de que es uno de los elementos que más desquician a los ciudadanos, y que es un bastión para que una democracia sea realmente real. Y lo sabe el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, que decidió el fin de los pisos turísticos, que han distorsionado el mercado del alquiler, haciendo casi imposible que los jóvenes puedan vivir en la ciudad.

Los alcaldes han entendido que les toca un nuevo papel, que deben ponerse al frente desde una nueva óptica: al hacerse cargo de problemas complicados contribuyen con soluciones a retos que son globales. Todas las grandes ciudades están en una situación similar: deben proteger a sus ciudadanos, ofrecer oportunidades económicas y de desarrollo, mantener pilares de solidaridad y garantizar que la democracia es todavía posible.

No será la primera vez. En tiempos oscuros, las ciudades-estado en Europa recogieron la mejor tradición de Atenas, con procesos participativos, con una conexión estrecha con sus ciudadanos. Desde la Florencia anterior a los Médicis o la Venecia del comercio en el Mediterráneo pasando por el Estado Libre Rético, también conocido como la República de las Tres Ligas en los Alpes, lo que hoy es Suiza.

Era otro momento, claro. Pero lo que no ha cambiado es ese papel de las ciudades, y, con ellas, sus alcaldes: el muro democrático frente a la oscuridad más absoluta.