Misa en Semana Santa
Semana de dolor (y aburrimiento)
"A diferencia del amigo Romero, me inclino por esa nueva religión que saca a la gente de sus casas y los envía a peregrinar por otros parajes: todo es mejor que tirarse varios días metido en casa, comiendo pescado, viendo procesiones y volviéndose a tragar 'Quo vadis'. Se lo aseguro"
Comentaba ayer en estas mismas páginas el amigo Joaquín Romero la costumbre que tiene la gente, cuando no está obligada a trabajar, de coger el portante y abandonar la ciudad propia en busca de pastos más verdes, comparando el turismo a una nueva religión.
Pero no siempre fue así. Las Semanas Santas de mi infancia eran parcas en desplazamientos, o así lo recuerdo ya, dado que mis padres aún no se habían hecho con la preceptiva segunda residencia y los días sin colegio consistían en una celebración mórbida de la pasión de Cristo que iba de lo siniestro a lo meramente aburrido.
Puede que los ricos salieran de Barcelona en Semana Santa, pero los sufridos representantes de la clase media (tirando a baja) no nos movíamos del pisito del Ensanche, como no fuese para ir a la iglesia en una actividad conocida como “visitar monumentos” y que consistía en visitar cuatro iglesias seguidas y morirse de asco en cada una de ellas.
La industria del entretenimiento se ponía en modo fúnebre y se retiraban de la cartelera las películas, digamos, normales (todo lo censuradas que ustedes quieran), que eran reemplazadas por antiguallas centradas en la historia sagrada.
Volvían entonces a la cartelera Ben Hur, Quo vadis, Rey de reyes o La historia más grande jamás contada, que también podían verse por televisión si lo permitían las procesiones, que ocupaban una buena parte de la programación diaria (recuerdo mi estupor al asistir a los desfiles del Ku Klux Klan en Sevilla, pues aún no sabía lo que eran los nazarenos y aquellos tipos del capirote me daban muy mal rollo).
No sé si aún se respeta la cuaresma como antaño, pero cuando yo era un crío, en casa se respetaba bastante. Yo no entendía qué más le daba al Señor que la gente comiera carne o pescado en según qué días, pero parece que era algo importantísimo que había que venerar.
Hoy día hemos superado los viejos disparates católicos con el enorme disparate árabe del Ramadán, que obliga a los fieles a morirse de hambre durante un mes por amor a Alá (una vez más, no sé qué manía tiene Alá en que la gente pase gazuza o rece cinco veces al día mirando a La Meca): no sé si hemos avanzado mucho, aunque el alcalde crea que sí con sus felicitaciones a la comunidad árabe por el Ramadán y su olvido de felicitar a los meapilas locales por la Semana Santa.
Que era toda una semana de dolor si la pasabas, como era mi caso, encerrado en un piso del Ensanche y enganchado al televisor, que solo emitía procesiones (con sus quejosas saetas), películas de romanos y, para animar un poco la cosa, el clásico Beau Geste (que se agradecía mucho) o el enésimo pase de Raza, la película que escribió Franco (y que no se agradecía tanto).
Como ustedes se pueden imaginar, cuando acababan aquellos días de sufrimiento solidario con el pobre Jesús y tocaba volver a la rutina habitual, uno se propulsaba al colegio y al cine como si no hubiera un mañana. De hecho, lo único que había valido la pena del breve período vacacional había sido la bendición de las palmas, que todos los niños aprovechábamos para intentar sacarle un ojo a cualquier adulto con la punta del palmón.
Ya sé que todo esto que les cuento les sonará a fotos de Català Roca, pero así recuerdo yo mis santas semanas en blanco y negro, llenas de sufrimiento impostado, comidas sosas, procesiones con mucho capirote y películas pías. Sé que, a cualquier menor de cincuenta años, todo esto le sonará a chino, pero les aseguro que existió: yo estaba allí y lo vi todo.
Por eso, a diferencia del amigo Romero, me inclino por esa nueva religión que saca a la gente de sus casas y los envía a peregrinar por otros parajes: todo es mejor que tirarse varios días metido en casa, comiendo pescado, viendo procesiones y volviéndose a tragar Quo vadis. Se lo aseguro.