El alcalde de Barcelona durante la presentación del Tour de Francia
El Tour en Barcelona y el camino hacia Boston
"El futuro económico de Europa se jugará en el terreno del conocimiento, la sostenibilidad y la tecnología, y Barcelona tiene todas las cartas para liderar esa partida desde el Mediterráneo"
La ciudad de Barcelona, por muchas circunstancias, se ha visto impulsada a través de grandes acontecimientos internacionales. Su condición de segunda ciudad, por detrás de Madrid que se ha visto potenciada por ser la capital de un Estado, no la ha perjudicado. Al contrario. El arquitecto Gijs Van Hensbergen, biógrafo de Gaudí, considera que las segundas ciudades han sido más creativas, y han sido capaces de liderar grandes proyectos culturales, como fue el Modernisme en el caso de Barcelona.
La acogida del Tour de Francia, que este sábado inició su andadura por las calles de la ciudad, es un claro ejemplo. La capacidad organizativa fue manifiesta y los barceloneses pudieron disfrutar de ese gran colorido ciclista.
Es una buena noticia para la ciudad, aunque el Tour haya llegado después del gran acontecimiento que supuso la visita del Papa, con esas imágenes espectaculares de la Sagrada Família. La percepción es que ha podido ser todo un poco excesivo, y que no es necesario estar todo el tiempo potenciando la marca Barcelona.
Pero las grandes ciudades tienen la necesidad de estar siempre en primera línea, y el Tour es un plato de primer orden.
Lo que sucede es que hay muchas expectativas sobre lo que debería ser Barcelona. Es interesante escuchar al exalcalde Joan Clos, uno de los grandes responsables de la transformación urbanística de la ciudad, iniciada con los Juegos Olímpicos de 1992. Clos señala que el Tour ayuda a mantener esa imagen de marca, pero incide en las cuestiones estructurales.
Y la más importante guarda relación con el modelo económico de la ciudad y, por tanto, del área metropolitana de Barcelona. Los activos son importantes. El turismo debe jugar un papel porque, en gran medida, el sector se lo ha ganado en los últimos decenios. Ha ganado más valor, hay una oferta de todo tipo –faltan las grandes exposiciones que sí tiene por razones históricas Madrid—y los visitantes repiten la opción de Barcelona a lo largo de los años.
Joan Clos se refiere al modelo de Boston. Debería ser el objetivo. Competir con Milán, que para Clos todavía está unos pasos por delante de Barcelona, y mirar a Boston y alejarse de Florida.
¿Estamos en ese camino, realmente? El motor del cambio que necesitan las ciudades más dinámicas ya lo tiene Barcelona: una red de investigación de primera línea europea que emula a los laboratorios del MIT o Harvard.
Infraestructuras estratégicas como el Barcelona Supercomputing Center (BSC), que aloja el potencial del MareNostrum 5, actúan como un imán para los gigantes de la Inteligencia Artificial. A su vez, centros de excelencia como el IRB, el CRG o el IBEC sitúan a la BioRegión de Cataluña en el Top 5 europeo en ciencias de la salud, un ecosistema científico que pronto ganará aún más densidad urbana con el despliegue de la Ciutadella del Coneixement.
Todo parte, además, de una gran densidad universitaria, con la Universitat de Barcelona (UB) y la Universitat Pompeu Fabra (UPF) liderando los rankings de investigación, sumada al brazo de la UPC. Eso garantiza el flujo de ingenieros, matemáticos y científicos. Y, en paralelo, juegan un enorme papel las escuelas de negocio como IESE y ESADE.
Decisiones estratégicas como la de AstraZeneca, al instalar su Global Hub en la ciudad, demuestran que las grandes corporaciones buscan la densidad de nuestro ecosistema. Un ecosistema que tiene su máxima expresión física en el distrito 22@, el equivalente barcelonés a Kendall Square. En sus calles conviven corporaciones, startups de deep tech, investigadores y estudiantes. Es la proximidad física la que genera las colisiones creativas que definen a las ciudades del futuro.
Bien, pero falta transferencia tecnológica. Se produce buena ciencia, pero no se crean empresas de éxito. Es un problema europeo, no sólo de Barcelona o español.
El Tour puede verse como algo innecesario, pero suma para ofrecer la imagen de una enorme ciudad que ha recobrado su impulso. Las infraestructuras están operativas, el talento está conectado y el viento a favor de la confianza internacional vuelve a soplar con fuerza.
El futuro económico de Europa se jugará en el terreno del conocimiento, la sostenibilidad y la tecnología, y Barcelona tiene todas las cartas para liderar esa partida desde el Mediterráneo.
Por eso se reclama una mayor colaboración institucional, con todos los actores del sector privado, para que ese camino hacia el modelo de Boston sea una realidad. Para esprintar como Pogacar y ganar el Tour de France, desde la etapa inicial por las calles de Barcelona.