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Esquina donde estaba el contenedor con los restos de un cadáver en su interior

Esquina donde estaba el contenedor con los restos de un cadáver en su interior Lorena Sopena EUROPA PRESS

Opinión

Extraña justicia

"La reciente fuga del condenado por asesinar y descuartizar a su casero en 2022 da motivos para cuestionar de nuevo la política de rehabilitación de presos que desarrolla la Administración catalana"

Publicada

En noviembre del 2022, una noticia conmocionó a Barcelona: se habían encontrado restos de un cadáver en una maleta dentro de un contenedor de la céntrica calle Casanova.

Las cámaras de vigilancia callejera no tardaron en dar con el tipo que había hecho el macabro transporte, que además vivía en la misma calle y era fácilmente identificable, tanto por su físico como por su idioma.

El difunto era Alireza Rahideh, un ciudadano iraní que tenía alquilado un piso en el número 91 de Casanova y que se le ocurrió la mala idea de realquilar dos habitaciones que le quedaban libres a gente de paso por la ciudad.

Uno de los inquilinos, el irlandés William Morrow A., había acabado con su vida y siguió en la vivienda junto al otro realquilado. La policía detuvo a los dos, pero el segundo fue puesto finalmente en liberad.

Morrow, de 55 años, robusto y más bien chaparro, admitió haberlo matado, pero no de forma intencionada. Explicó en su defensa que el fallecido había tratado de abusar de él, que lo rechazó y que fue a caer sobre una mesa de cristal con tan mala fortuna que se seccionó la yugular.

Después, y dominado por la ingesta de alcohol, debió descuartizarlo y repartir los restos por varios contenedores de basura; no lo recordaba bien.

El caso es que admitió los hechos mediante pacto con la fiscalía, que ya había detectado en el sujeto los efectos de un estrés postraumático. Así que de la petición inicial de 12 años de la propia acusación, la condena quedó en 10. Total, que en diciembre de 2025, el irlandés ya tenía sentencia sin pasar por el arriesgado juicio con jurado popular que le aguardaba.

El 21 de julio pasado, el recluso se escapó, pero no de Quatre Camins, donde estaba ingresado. Se fugó del coche que le trasladaba de vuelta al presidio después de haber pasado la mañana con su terapeuta y su pareja –Morrow ha rehecho su vida-- en el Born, donde paseó y se tomó un café.

Yacimiento de la Barcelona de los siglos XVII y XVIII en El Born

Yacimiento de la Barcelona de los siglos XVII y XVIII en El Born Cedida

No era la primera salida del preso, que estaba acogido a la política de reinserción de la administración de justicia catalana. La información oficial no ha detallado qué programa desarrollaron en el Born, si fueron a visitar los restos de la ciudad del siglo XVII y principios del XVIII --que quizá le podrían interesar por el pasado colonial de su país-- o si únicamente pasearon por la zona.

El caso es que cuando el vehículo se detuvo en un semáforo de la calle Marina, ya de regreso, Morrow aprovechó para apearse. Cuando los agentes consiguieron salir y trataron de localizarle no dieron con él. Ocho días después, la Policía Nacional lo identificó y detuvo en Portbou, desde donde presumiblemente trataba de salir de España.

No sé a ustedes, pero encuentro sorprendente que alguien que confiesa un homicidio tan siniestro en 2022 sea castigado solo con 10 años; más raro aún es que con esa condena a cuestas en 2026 haya disfrutado de paseos en los que también participaba su pareja.

Supongo que era merecedor de ese tratamiento por buena conducta, por la parte de la condena cumplida –desde que fue detenido en diciembre del 22 y la primavera del 26-- que le hacía merecedor del tercer grado y por propósito oficial de su recuperación.

Imagen de archivo del Centro Penitenciario de Quatre Camins en La Roca del Vallès / CONSELLERIA DE JUSTICIA DE LA GENERALITAT

Imagen de archivo del Centro Penitenciario de Quatre Camins en La Roca del Vallès / CONSELLERIA DE JUSTICIA DE LA GENERALITAT

Quizá sea manía de un carcamal equivocado, pero la historia de los últimos cuatro años de este hombre me asombra. Como me asombra la política de la administración penitenciaria y judicial catalana.

Y no es solo por él, porque ya se sabe: a quien Diós se la dé, san Pedro se la bendiga. Sino por el ambiente enrarecido por las decisiones judiciales desconcertantes que vivimos. Fallos tan estrepitosos como este en la política de reinserción, aun sin ser el más grave de los últimos años, debería mover a una reflexión profunda a quienes la apadrinan.