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Imagen del mural dedicado a Ferran Torres en Joanic

Imagen del mural dedicado a Ferran Torres en Joanic EUROPA PRESS - LORENA SOPENA

Opinión

La reconciliación ¿pendiente?

"¿Por qué un homenaje a un futbolista del Barça es aceptable mientras viste la camiseta azulgrana, pero es objeto de odio cuando aparece representando a España? ¿No había desaparecido el odio?"

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Durante los últimos años se nos ha repetido hasta la saciedad que la ley de amnistía era necesaria si queríamos que volviera la convivencia a Cataluña y, así, poder cerrar de una vez por todas, las heridas abiertas por el "procés".

Se aseguró que la reconciliación estaba al alcance de la mano y que bastaba con eliminar las consecuencias penales del desafío secesionista para recuperar la convivencia.

Sin embargo, la realidad parece empeñada en cuestionar ese relato.

La reconciliación sólo llega cuando los ciudadanos vuelven a reconocerse mutuamente, cuando la hostilidad hacia quien piensa diferente desaparece y cuando los símbolos compartidos dejan de ser objeto de odio.

Y por desgracia, algunos acontecimientos recientes apuntan, precisamente, a una falsa o incompleta reconciliación.

Es incuestionable que la victoria de la selección española en el Mundial de fútbol ha conseguido que millones de ciudadanos hayan salido a las calles de toda España a celebrarla. La victoria se ha festejado como lo que ha sido: un éxito deportivo que pertenece a todos, independientemente de la ideología o lugar de residencia de cada uno de nosotros.

Sin embargo, mientras la inmensa mayoría la celebrábamos con inmensa alegría y con total normalidad, en determinados lugares volvieron a aparecer escenas que parecían propias de otros tiempos no muy lejanos.

Sí, no hay que taparlo, las agresiones, amenazas e incidentes registrados en distintos puntos (sobre todo del País Vasco), así como diversos actos vandálicos contra símbolos relacionados con la selección española, evidencian que el rechazo identitario continúa presente en determinados sectores.

A ello se suma el reciente ataque contra el mural que el artista TvBoy ha dedicado en Barcelona a Ferran Torres, héroe de la final mundialista. La obra, que representaba al delantero del FC Barcelona besando la Copa del Mundo con la camiseta de la selección española, fue destruida pocas horas después de ser terminada y cubierta con pintadas de carácter político e independentista.

Por desgracia no se trata únicamente de un acto de vandalismo, se trata de un mensaje.

¿Por qué un homenaje a un futbolista del Barça es aceptable mientras viste la camiseta azulgrana, pero es objeto de odio cuando aparece representando a España? ¿No había desaparecido el odio?

Cuando un simple mural dedicado a un campeón del mundo despierta más odio que admiración, quizá convenga admitir que el conflicto no ha desaparecido. Simplemente sigue ahí, esperando una nueva ocasión para manifestarse.

Y a este mismo clima se ha sumado el debate vivido en el Parlament entre el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, y el portavoz del Partido Popular, Alejandro Fernández, a propósito de la “no recepción” institucional a los futbolistas catalanes campeones del mundo.

Mientras Fernández ha reprochado que el Parlament no promoviera un homenaje a unos deportistas que han llevado el nombre de España hasta la cima del fútbol mundial, Illa ha respondido que el Govern sí les había ofrecido una recepción en el Palau de la Generalitat, pero que los jugadores "no han podido venir". Explicación legítima pero insuficiente.

Precisamente porque se trata de deportistas que representan un motivo de orgullo para millones de ciudadanos, sería deseable una mayor transparencia. ¿Cuándo se produjo esa invitación? ¿A través de quién se trasladó? ¿Qué motivos concretos impidieron que prosperara? ¿Se ofrecieron fechas alternativas compatibles con los compromisos de los jugadores?

Responder a estas preguntas contribuiría a evitar especulaciones y permitiría valorar los hechos con mayor objetividad. Cuando la información es incompleta, el espacio lo ocupan inevitablemente las sospechas y la confrontación política.

La convivencia no consiste en silenciar las discrepancias, sino en aceptar que existen símbolos compartidos que merecen el mismo respeto que cualquier otro. Quien presume de defender la diversidad debería empezar por respetar también a quienes sienten legítimamente como propia la bandera española, la selección nacional o las instituciones comunes.

No deja de resultar paradójico e irónico que algunos de los mismos dirigentes que hablan constantemente de tolerancia, pluralidad y respeto apenas levanten la voz cuando se producen ataques contra quienes expresan su identidad española en determinadas zonas de nuestro país.

El silencio institucional ante estos episodios transmite un mensaje inquietante: que hay símbolos cuya protección parece merecer menos atención que otros.

La reconciliación exige reciprocidad. No puede consistir únicamente en conceder beneficios políticos a quienes protagonizaron el desafío independentista mientras una parte de la sociedad sigue sintiéndose intimidada o señalada por expresar con normalidad su sentimiento de pertenencia a España.

Algunos han confundido la pacificación política con la reconciliación social, y esta última se consigue con mucho tiempo, con mucha voluntad y, sobre todo, con mucho respeto mutuo.