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Imagen del Eixample, diseñado por Cerdà

Imagen del Eixample, diseñado por Cerdà RTVE

Opinión

Adónde van los de Can Fanga

"Saludan con unos buenos días a los desconocidos, pero no dicen lo que piensan de ellos. Como que proceden de Can Fanga, mote despectivo desde que el Eixample aún no estaba asfaltado y en los portales quedan embellecedores para limpiarse los zapatos"

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Dicen ser de Barcelona hasta gentes de ciudades y municipios cercanos. Pero no. Desde Pasqual Maragall, Catalunya fue, es y será el Eixample. Lo demás es el resto. Nada que ver un senyor de Barcelona con los camacus, xaves, pixapins, indius y diésel.

Aunque las gentes rurales no hagan distingos, los camacus no paran de repetir: “què macu, què macu” (qué bonito, qué bonito). Los pixapins (mea pinos) son los que orinan por campos y poblados. Los indius llegan en verano, arrasan por donde pasan y se van.

Los diésel recorren mucho terreno y gastan poco. Y los xavas proceden de sectores barceloneses que hablan un catalán castellanizado sin consonantes sonoras ni vocales abiertas y neutras.

Los pobladores de la llamada Catalunya catalana y profunda detestan a estos visitantes, aunque les sacan los cuartos. Igual que los urbanitas detestan a los rurales porque porten un roc a la faixa (guardan un pedrusco en la faja), desconfían y están a la defensiva.

Saludan con unos buenos días a los desconocidos, pero no dicen lo que piensan de ellos. Como que proceden de Can Fanga, mote despectivo desde que el Eixample aún no estaba asfaltado y en los portales quedan embellecedores para limpiarse los zapatos.

La antipatía mutua entre el personal de campo y el de ciudad es atávica. Hace exactamente un año, en Crónica Global Joan Colàs la definía como “fenómeno típico de las sociedades pluricéntricas”.

Añadía: “Lo que comporta la rivalidad dialectal y cultural entre zonas urbanas y rurales, o entre capital y periferia. Queda el resentimiento”. Por complejo de inferioridad o superioridad, la manía mutua forma parte de un paisanaje incapaz de ponerse de acuerdo en nada.

Un ejemplo tuvo lugar el 2021 en un poblado del Pirineo gerundense. Un payés diseñó un cartel en catalán que advertía: “Atención visitantes. Estáis entrando en un sitio con riesgos y peligros”.

Sonriente y satisfecho, proseguía: “Aquí tenemos campanas que tocan regularmente”. “Hay rebaños que viven cerca”. “Algunos hasta llevan cencerros en el cuello”. “Hay payeses y artesanos que trabajan para hacerte la comida”.

Remataba: “Si no lo soportas, has llegado a un lugar equivocado. En caso contrario, aquí encontrarás una cálida bienvenida y mucha simpatía”. Otra cosa molestaba al talentoso: “La gente que se tapa la nariz cuando pasa un tractor”. Aunque vaya cargado de purines.

Pero no le faltaban razones. A los xavas de Can Fanga se les detecta por dejar sus perros sueltos en calles y campos y no recoger las porquerías. Por entrar en huertos para llevarse frutas. Por aparcar sin respetar normas, vados ni entradas y salidas de las casas.

Van en bicicleta sin casco. Obturan carreteras locales. Causan retenciones y caravanas de vehículos que contaminan más. Encadenan bicicletas en las verjas de propiedades privadas. Las amontonan en las aceras… Y huelen a sudor en bares y restaurantes.

Resumidamente, lo único en que coinciden los incívicos de campo y los incívicos de ciudad es en que maleducados los hay en todas partes. Aunque se digan buenos días y piensen mal rayo te parta.