Colapso en la estación de Sants
Servicios escasamente públicos
"La falta de previsión de Renfe el día del eclipse es una de esas consecuencias. Puede que sea cierto que no se podía hacer más ni mejor, pero no hubiera estado de más informar al personal"
Durante el franquismo ninguno de los diversos policías que operaban en Barcelona pagaba en el transporte público. Viajaban gratis porque eran “representantes de la autoridad”, en servicio durante las 24 horas. En realidad, todo era un malentendido: estaban al servicio de la autoridad, militar por supuesto. Una autoridad basada en las muertes causadas en el campo de batalla y por los tribunales que estaban al servicio de esa misma autoridad.
Con la llegada de la democracia actual se diría que se había empezado a forjar la idea de que los servicios públicos estaban para servir a la ciudadanía, ya que los gobernantes y servidores públicos tenían autoridad sólo por delegación.
Hoy, con el autoritarismo en marea alta, una de las primeras consecuencias del auge del pensamiento (o como se le quiera llamar) de la ultraderecha es el reflujo de los servicios públicos dependientes de las autoridades delegadas.
La falta de previsión de Renfe el día del eclipse es una de esas consecuencias. Puede que sea cierto que no se podía hacer más ni mejor, pero no hubiera estado de más informar al personal. Un detalle que, más que probablemente, no se le hubiera pasado al destituido jefe de prensa, Antonio Carmona.
La empresa -el gerente de la empresa, porque del director Oscar Playà no se sabe nada, igual está de vacaciones-, ha pedido disculpas afirmando: “No tenemos trenes suficientes”.
Esa utilización de la primera personal del plural, otrora reservada al Papa, a los reyes de Inglaterra y a otros pelagatos que se creen ilustres, tiene un doble cometido: el primero, diluir las responsabilidades; la culpa es de todos y, por lo tanto, nadie necesita sentirse el responsable final; la segunda, mucho más preocupante, es expresar el sentido de propiedad de una empresa que se suponía que era de todos. “Tenemos”. ¿Él y quién más?
En fin, un mal día lo tiene cualquiera. Y más de uno, a juzgar por el funcionamiento de Rodalies.
Hay otro servicio público, también dependiente del ministro Óscar Puente, con prácticas parecidas: ignorar al público al que, supuestamente, presta servicio. Es el Aeropuerto de Barcelona.
Tener que usarlo es un calvario.
Se acuda a él en transporte público -insuficiente y malo- o privado, el maltrato está casi asegurado. Las excepciones son las propias de la estadística.
En la terminal 1, la nueva, aparcar ¡de pago! es un suplicio. Es una gozada comprobar que las primeras plantas están perfectamente vacías mientras que hay que dirigirse a las superiores porque la información que dan los letreros luminosos es escasamente de fiar. A veces hay que dejar el vehículo en la séptima y última. Con un cobertizo, que no techo, que facilita que los coches se conviertan en hornos.
Ya dentro, si se acude a esperar a un amigo o familiar, la cosa no mejora. En aras a impedir que personas sin techo duerman en el interior del edificio, se han tomado dos medidas: poner controles de acceso y eliminar buena parte de las sillas.
Es frecuente que haya allí gente de edad avanzada que tiene que esperar de pie porque Aena es incapaz de pensar en medidas que tengan en cuenta a los usuarios. O tal vez porque sus directivos disponen de la sala VIP.
Y en el aeropuerto hay que esperar mucho. Estos días, en los que ha habido una huelga en una de las empresas de handling, el tiempo para recoger una maleta puede superar fácilmente la hora.
Lo curioso es que esta empresa opera con una concesión. Que no se esté dando el servicio al personal, ¿no le importa a Aena? ¿No convendría que arbitrara una solución, visto que el servicio que debería realizar la empresa no lo realiza en condiciones de efectividad y calidad?
Se diría que no.
El resultado es múltiple: el aeropuerto ofrece incomodidad, dilación y, si uno quiere tomarse un café, tiene que pagarlo como si estuviera en el Ritz, pero sin comodidades. Eso sí: como la seguridad es lo primero, no se pide a las empresas que aumenten el personal de atención, sino a los usuarios que lleguen con dos horas de antelación.
¿Servicio público? ¡Ni en pintura!