Pásate al MODO AHORRO
Campanas de Matute, un pueblo extremeño en el que una sola vecina consiguió callarlas por la noche

Campanas de Matute, un pueblo extremeño en el que una sola vecina consiguió callarlas por la noche EUROPA PRESS

Opinión

El pueblo como destino

"Puede que sea el momento de que los pueblos demuestren al nouvingut sus auténticos atractivos; que existen, pero que no siempre son visibles. En los últimos años, la ciudad ha mejorado las condiciones de vida de sus habitantes: las diferencias se han acortado"

Publicada

Conforme las ciudades iban ganando hostilidad hacia sus moradores en forma de ruidos, contaminación, saturación y demás inconvenientes de aquella sociedad industrial heredada del desarrollismo el atractivo de las segundas residencias se apoderó de las clases medias y trabajadoras.

Era una forma de asegurar el descanso, lejos del bullicio, donde la familia pudiera disfrutar no solo en las vacaciones del padre, sino durante todo el periodo estival y los fines de semana.

Después del seiscientos, las aspiraciones del español de a pie pasaban por el ascenso social que suponía el apartamento o la torre al alcance –diario o semanal-- de su utilitario. El afán de consumo también pesaba, tanto o más que los atractivos del lugar elegido.

El Maresme, sin ir más lejos, se llenó de urbanizaciones y bloques destinados a los veraneantes, aunque sus pueblos fueran incapaces de digerirlos. En la primera mitad de los años setenta apenas existían filtros ni tratamientos para las aguas residuales, de forma que era frecuente ver en la orilla de sus playas el vómito de las alcantarillas. Hoy, nadie se acercaría a una inmundicia como aquella, seguro; pero entonces era el destino de muchos barceloneses.

Los ayuntamientos aún no habían tomado medidas para impedir que los coches invadieran el espacio de los peatones, lo que convertía sus calles en intransitables. Sucedió en todas partes y se prolongó durante decenios.

Una imagen del paseo d'Empúries después de los JJOO

Una imagen del paseo d'Empúries después de los JJOO CEDIDA

El paseo que une L’Escala y Sant Martí d’Empúries, por ejemplo, se asfaltó para la llegada de la antorcha olímpica de 1992. Es difícil imaginar aquel camino estrecho, donde hoy están prohibidos los automóviles, invadido por coches aparcados a lado y lado.

Por eso, metidos ya en septiembre y sin ánimo de polemizar con el maestro Joaquim Roglán, quizá sea oportuno llamar a las cosas por su nombre y abandonar sin acritud la idealización de nuestros pueblos.

Si no cuentan con una dotación de policía local, que es lo que ocurre en los pequeños, la gente del lugar aparca como le da la real gana; toca el claxon a modo de saludo a cualquier hora del día o de la noche y pasea su tractor cuando hace menos calor; o sea, antes de las ocho, dejando tras de sí un ruido infernal y un desagradable olor a queroseno quemado.

Contrariamente a lo que pueda pensar el camacu al que fastidia de buena mañana, no se trata de agricultores, la mayoría son jubilados que van al tros a matar el tiempo.

Tanto el conductor del camión de la basura como el del autobús de línea dejan aparcados sus vehículos lo más cerca que pueden del bar de la plaza para hacer el primer café del día. Con el motor diésel y la refrigeración en marcha, por supuesto.

Adaptarse al ritmo de vida

Los vecinos y visitantes, que en esos pueblos se alojan en casas de planta baja o de dos alturas, tienen que acostumbrarse al ruido. Hay que adaptarse a los hábitos del lugar –donde fueres, haz lo que vieres--, lo que quiere decir que están obligados a saltar de la cama a las siete.

Está claro que quien se compra o alquila una casa al lado de la iglesia no puede quejarse luego de que oye los cuartos horarios noche y día; a veces, con repetición de las horas, bien sean las 17 o las cinco.

Hay que callar, faltaría más. El veraneante no tiene los mismos derechos que los propios del lugar, aunque pague los mismos impuestos y se haya dejado una morterada en la compra de una casa vieja con una buena plusvalía para el vendedor local.

La costumbre de doblar las campanas tenía sentido cuando el reloj era algo ajeno al común de los mortales, de cuando la iglesia era el centro de la vida y del poder. Pero ahora hay gente que ni siquiera usa el reloj de pulsera porque lleva el móvil en el bolsillo; además de que los ayuntamientos se comunican al segundo con todos los vecinos por mensajería digital.

Imagen de un mercadillo callejero de frutas y verduras

Imagen de un mercadillo callejero de frutas y verduras EUROPA PRESS

Otro de los atractivos de la vida rural es la bondad y el sabor de sus alimentos km0. Los mercadillos reúnen a vendedores que se anuncian como payeses que llevan al pueblo su propia cosecha, unos estajanovistas que hacen de agricultores y de comerciantes a diario.

La realidad es menos idílica porque en muchos casos los productos que encontramos en esos tenderetes son más baratos que en el súper de la ciudad, por supuesto, pero proceden de segundas y terceras trías. A menudo no aguantan tres días en la nevera por su escasa calidad, no porque sean ecológicos.

En fin, que los pueblos no son aquellos lugares idílicos que los chavas mitificamos. Puede que las políticas que se han venido aplicando en las ciudades para luchar contra la contaminación, para reducir el tráfico y el ruido hayan acortado las distancias de antaño.

Un paseador de perros que recoge sus cacas y los lleva atados

Un paseador de perros que recoge sus cacas y los lleva atados EUROPA PRESS

Puede que hoy sea menos obvio aquel encanto pastoril de lo rural frente a las ciudades, y quizá el urbanita no sea tan destroyer, pese a la leyenda.

Y puede que ahora llegue el turno a los pueblos para mostrar al nouvingut sus auténticos atractivos; que existen, pero que no siempre son visibles.

[Hay pixapins maleducados que se alivian donde no deben, sin respeto. También hay rurales que pasean a sus perros por las calles mal iluminadas y no tienen ni idea de qué es eso de recoger la caca del amigo que llevan suelto o atado, como tampoco reciclan por más contenedores coloridos que les ponga su consistorio.]