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El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni

El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni

Opinión

Barcelona y el dique de contención frente al autoritarismo

"Si la derecha y la extrema derecha avanzan –la catalana o la española, da igual-- agitando la división y el agravio, la respuesta desde la capital catalana debe ser la profundización de una democracia inclusiva"

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Una ciudad de orden, burguesa, pero también una urbe anarquista, obrerista, con una estrecha querencia por la libertad. Eso es Barcelona, compuesta por muchas capas, con una historia que no se puede dejar de lado, pero comprometida con el futuro, con una modernidad cosmopolita. En gran medida, como les pasa a otras grandes ciudades del globo, Barcelona es una referencia que trasciende, que va más allá de los propios barceloneses de origen.

Es algo que se debe asumir, aunque cueste. Es una ciudad atractiva para muchos ciudadanos del mundo, y se deberá compaginar –lo intenta el Ayuntamiento que dirige Jaume Collboni—con las necesidades de la población local. Pero en algún momento habrá restricciones para unos u otros. Todo dependerá de cómo la ciudad es capaz de integrarse en estructuras territoriales más ambiciosas, como puede ser una gran región metropolitana.

El hecho es que Barcelona está llamada a convertirse en un dique frente al autoritarismo que llega a toda velocidad, con extremistas de distinto signo que quieren dirigirla.

Por ello ha sido importante la posición del alcalde Collboni aprovechando la Diada de Catalunya, que se celebró este viernes. Las palabras del alcalde de Barcelona apelando a una ciudad y a una Catalunya "abierta, plural y cohesionada", adquieren un relieve estratégico cuando se proyectan hacia el futuro, especialmente ante la sombra de un contexto político dominado por el auge de la derecha y la extrema derecha.

Frente a discursos que buscan la fractura —ya sean los de carácter separatista que señalan las costuras de la convivencia, ya sean aquellos que propugnan la exclusión, la uniformidad o el retroceso en derechos sociales desde posiciones ultraconservadoras—, Barcelona está llamada a ejercer un papel de vanguardia. Lo ha sido siempre, aunque a veces de forma más taciturna. Ahora debe cumplir con ese legado.

La reivindicación de Collboni del espíritu del 11 de septiembre de 1976, aquel primer hito tras la dictadura donde la sociedad civil se unió en pro de la libertad y la democracia, no se debe ver sólo como un ejercicio de memoria histórica. Es un recordatorio de que los valores democráticos nunca están definitivamente garantizados.

En un escenario global y europeo donde la extrema derecha gana terreno normalizando la xenofobia, recortando espacios de diversidad y atacando los pilares del estado del bienestar, las ciudades se convierten en la última línea de defensa.

Barcelona, por su propia idiosincrasia cosmopolita y su tejido mestizo, tiene la responsabilidad de ser un bastión de resistencia cívica. Una ciudad donde "nadie tenga que escoger entre progresar o irse" y donde los proyectos vitales se desarrollen con dignidad no es solo una aspiración laboral o económica. Es, de hecho, la mejor vacuna antifascista.

La diversidad entendida como identidad, y la cohesión social como garantía de convivencia, son los antídotos más eficaces contra los proyectos políticos basados en la polarización y el miedo al diferente.

Si la derecha y la extrema derecha avanzan –la catalana o la española, da igual-- agitando la división y el agravio, la respuesta desde la capital catalana debe ser la profundización de una democracia inclusiva, que proteja los servicios públicos, fortalezca el autogobierno y demuestre que la pluralidad es una fuente de riqueza y no una debilidad.

El futuro de Barcelona y de Catalunya se jugará en su capacidad para seguir siendo un espacio de acogida y oportunidades para todos, sin exclusiones.

Frente a los proyectos de involución democrática, el mejor antídoto sigue siendo el que recordaba el espíritu antifranquista: más democracia, más libertades compartidas y una sociedad civil unida en la defensa de los derechos humanos y sociales.

El mundo estará mirando, esta vez sí, a ciudades como Barcelona para albergar esperanza y cobrar fuerzas frente a lo que puede llegar.