La fotografía que abre este reportaje no es una instantánea cualquiera. Es cierto que captura una escena ya habitual en Barcelona: una persona sin techo. Pero una de las cosas que la hace especial es la historia de quién hace la instantánea. La fotógrafa es Cristina Lozán. Tiene 29 años. Gran parte de su vida ha fotografiado la realidad de vivir en la calle, bajo el nombre artístico de Cristinalfotografie. Y, quizá, la explicación a la sensibilidad con la que encuadra cada retrato está en el hecho que ella también sabe lo que es no tener un techo.

Al cumplir 18 empezó a vivir en la calle hasta hace cosa de tres años. Una juventud sintecho en la que Cristina se ha visto obligada a vivir cosas que no pertocaban a su edad. Cuando pensamos en el perfil de una persona que no tiene hogar, suele venirnos a la cabeza una imagen muy concreta. Quizá por eso es difícil digerir que haya gente como Cristina, o incluso más jóvenes, que estén en situación de sinhogarismo.

CRISTINA, ALIAS 'CRISTINALFOTOGRAFIE'

En la actualidad, Cristina vive en un piso de la entidad concertada Sant Joan de Déu - Serveis Socials Barcelona. Desde hace cerca de un año, trata de recuperarse de sus problemas físicos, muchos de ellos causados por todos estos años de vida en la calle, a la par que intenta acostumbrarse a su nuevo estado y reconducir su situación. Antes de llegar hasta aquí, ha recorrido un largo camino. Nació en Moldavia. Llegó a España con 8 años, edad en la que fue víctima de un incendio que le provocó quemaduras en gran parte de su cuerpo.

Una persona sin hogar en Barcelona / CRISTINA LOZÁN



Su adolescencia fue complicada. Sufrió acoso escolar y además su madre, que era la única persona con la que vino a Catalunya, perdió la custodia. La Direcció General d’Atenció a la Infància i l’Adolescència (DGAIA) tuteló a Cristina hasta que, un mes antes de cumplir la mayoría de edad, su madre recuperó la custodia. Lozán se quedó en la calle al cumplir los 18 años. Vivió unos años en Madrid, siempre con su cámara. Tras probar suerte allí volvió a Barcelona. Estaba “hundiéndose en arenas movedizas” y necesitaba que alguien “le agarrase la mano”. Y ese salvavidas fue la ayuda de Sant Joan de Déu.

LA ATENCIÓN

Antes de obtener la atención de la que dispone en la actualidad, Cristina ha tenido que lidiar con numerosos intentos. De hecho, explica cómo en muchos sitios a los que ha ido a pedir ayuda, lo primero que le decían es: “¿Tienes algún familiar?”. “Ya, pero qué es para ti acoger… ¿Que me tengan dos días en un piso donde esté incomodando? ¿O que duerma una semana en el sofá de un amigo? Eso no es vida”, replica al respecto.

Además, lamenta haberse sentido prejuzgada por el hecho de ser joven y no cumplir con la idea establecida en la sociedad sobre el perfil de un sintecho. Cristina confiesa haberse sentido criticada de algún modo “por no oler mal durante una semana o apestar a alcohol”. Ante ello, pregunta: “¿alguien me preguntó qué hacía cada día para estar así? Iba a un McDonalds todas las mañanas para lavarme”. Por eso, Cristina pide desde su experiencia que la gente haga más “el ejercicio de pararse a hablar, comunicarse con aquellos que duermen en la calle. Preguntar un ¿cómo estás?”.

FALTA DE INFORMACIÓN

Otro aspecto, que para Cristina es “uno de los principales problemas que ha tenido al ser joven y no tener hogar”, es la falta de información. Ella desconocía “que disponía de lugares para ducharse, para comer o dormir cualquier día en caso de emergencia”. En este sentido, insiste en el hecho que muchas veces las personas jóvenes que están en la calle “no tienen un bagaje vital”, por lo que pueden estar más perdidos.

“Una persona mayor que se ha quedado sin hogar ha tenido una experiencia con la sociedad que le ha hecho fuerte. Habrás tenido una casa, y te habrás peleado con el del gas o el del agua. Incluso en el trabajo te habrás encontrado una situación así. Todo ello curte como persona”, explica. En cambio, “un chico o una chica de 18, 20 o 25 años que se encuentra en situación de sin techo, está más perdido. Es muy probable que la poca experiencia de vida de la que dispone sea el estudio”.

Los jóvenes que viven en la calle necesitan orientación. Cristina considera que es un error entender que proporcionarle una paga o un piso son las ayudas más importantes para cambiar su situación. Frente a ello, reivindica que se trabaje más “en volver a dar un valor interior a esa persona, volver a construirse como ser humano”. Más aún cuando se trata de personas jóvenes: “es cuando más deberíamos sentirnos útiles, sin embargo, es cuando de primeras empezamos a sentirnos inútiles. De poco me va a servir que me den un trabajo con 40 años si he desperdiciado toda mi juventud buscando de comer”.

SALIR DE LA CALLE, RETOMAR LA VIDA

Desde Sant Joan de Déu, el subdirector asistencial, Javier Prieto, insiste en el hecho de que es difícil establecer “un perfil de persona sin techo por su edad”, ya que desde que cumplen 18 años se les contabiliza como adultos. Sin embargo, Prieto afirma que por la experiencia que ha tenido la entidad, sí se puede afirmar que uno de los colectivos más vulnerables es el grupo que se sitúa entre la mayoría de edad y los 30 años. Es decir, la franja que podría considerarse como jóvenes sin techo.

Una imagen de Cristina Lozán / SM



Para este colectivo, es muy importante “trabajar la motivación para que vuelvan a sentirse parte del sistema”. Mientras las personas adultas o ancianos “buscan más tranquilidad después de haber estado viviendo en la calle”, las personas más jóvenes necesitan de más actividad. “Una vez tienen la atención o están en un piso, muchas veces sienten la necesidad de formarse y muchos acaban estudiando”, asegura.

Que haya jóvenes viviendo en la calle es una realidad. No son la mayoría, pero eso no quiere decir que no deba hablarse tanto de ellos. Prieto insiste en desmitificar el hecho que aquellos jóvenes que se quedan en la calle sean siempre casos conflictivos o hayan sido inmigrantes no acompañados. La mayoría de veces “se trata de personas huérfanas o que proceden de una situación familiar complicada”. Para ellos, los jóvenes sin techo, tanto Javier Prieto como Cristina Lozán piden especial comprensión. Ya que si están en esa situación es porque, pese a su edad, no les ha quedado alternativa. Ni familia, ni amigos. Nada. Ni siquiera la sociedad.

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