En el terreno expositivo barcelonés dependiente de la Generalitat hubo una época en que las cosas estaban muy claras: Santa Mònica albergaba a creadores de vanguardia (el gran Carlos Pazos montó allí una de sus mejores instalaciones) y el Palau Robert estaba al servicio de los artistas (y seudo artistas) del régimen. Ahora las cosas han cambiado: nadie sabe hacia donde se dirige Santa Mònica, pero, para equilibrar un poco las cosas, el Palau Robert acoge exposiciones de indudable (o cierto) interés, como la reciente muestra dedicada a Bocaccio, el extinto templo de la gauche divine, eficazmente comisariada por el periodista Toni Vall. En estos momentos, el Palau Robert aloja al difunto fotógrafo argentino Carlos Bosch (1945 – 2020), atrabiliario sujeto que salió por patas de su país natal (al que regresó en sus últimos años) en 1976, recaló en Madrid (donde, según propia confesión, estaba lleno de gente con boina que veía por la tele la serie japonesa de dibujos animados Heidi) y acabó pasando una larguísima temporada en Barcelona, aunque sin perder el contacto con la capital.

Célebre por su capacidad para hacer cualquier cosa con tal de obtener la foto deseada, aunque tuviese que recurrir con frecuencia a argucias y añagazas irregulares, Carlos Bosch trabajó en El Periódico de Catalunya y en el extinto semanario Intervíu. No contento con eso, se convirtió durante tres años en el fotógrafo personal de Jordi Pujol (aunque, desde su posición de ex peronista y ex montonero, no compartiera precisamente su ideario), chollo que se le acabó el día que lo inmortalizó cuando se había quedado frito en pleno desfile militar. Para monetizar su asco a la extrema derecha, no se le ocurrió nada mejor que contactar con los falangistas y presentarse como uno de ellos, consiguiendo cientos de fotos memorables de todo tipo de energúmenos (hasta que lo desenmascararon y un poco más y lo linchan).

Una de las fotografías icónicas de Carlos Bosch: Jordi Pujol dormido durante un desfile militar / CARLOS BOSCH



Prototipo del buscavidas argentino con talento (y provisto, según quienes lo conocieron y apreciaron, de una jeta de cemento armado), Carlos Bosch se las apañó -a base de meterse en todo tipo de fregados, como el mítico Repórter Tribulete de los tebeos Bruguera- para retratar la Transición en todos sus aspectos, de los más relevantes a los más cutres, dándoles a ambos sectores la misma importancia y dedicándoles la misma y privilegiada mirada. Ése es el material que el espectador avisado encontrará hasta el próximo mes de noviembre en el palacete del paseo de Gràcia: políticos, músicos, héroes del underground, pioneros de la liberación homosexual, feministas de la primera hornada…No había colectivo con cierta capacidad de hacerse notar que a nuestro hombre se le antojase carente de interés. Sabía mirar, sabía encuadrar y sabía comunicar: las tres cosas que necesita un fotoperiodista para convertirse en notario de su época.

Quien se acerque cualquiera de estos días por el Palau Robert se encontrará con una Barcelona más cutre que la actual -pese a los meritorios esfuerzos por dotar a la ciudad de un renovado cutrerío que está llevando a cabo la administración Colau-, pero más estimulante, más divertida y más variopinta. Carlos Bosch aterrizó en Barcelona, la hizo suya y la plasmó para la historia sin aceptar jamás un no por respuesta y sin que la posibilidad de que le partieran la cara le alejara en ningún caso de su objetivo. Se nos murió en junio, hace cuatro días, como aquél que dice, pero nos ha dejado la Barcelona que conoció gracias a que en Madrid todo el mundo lucía boina y estaba enganchado a las lacrimógenas aventuras de la estomagante Heidi. Disfrutémosla de nuevo los que la vivimos y descúbranla pasmados quienes se la perdieron en su momento por cuestiones de edad. Carlos Bosch, ejemplar fotógrafo entrometido: ya no los fabrican así.

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