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El popular Triángulo Golfo de Barcelona es uno de los últimos ejes del ocio nocturno cuyos precios no se habían disparado. Por ello, todavía goza de una gran parte de público local. No obstante, la zona afronta una grave crisis de oferta tras el cierre de tres de los últimos bares que quedaban.

De la treintena de locales musicales y las seis discotecas y salas de conciertos que había en esta zona, ubicada en el Poblenou, en su mayor apogeo, hoy solo quedan una decena de las primeras y tres de las segundas. ¿Las razones? Variopintas.

Desde el desmantelamiento del antiguo Rocksound en el marco de la ampliación del 22@, allá por 2020, hasta el cierre del BB+, el Open Bar y el D9 el pasado martes, tras sufrir una estrategia de acoso y derribo de un hotel cercano durante un año, lo cierto es que cada vez hay menos oferta para salir a divertirse por las noches. Esto no solo afecta a la zona, sino que se extiende a toda una ciudad que lleva años sin extender nuevas licencias.

Y, en todo este embrollo, una pregunta que los propietarios se hacen, pero que ha quedado sin respuesta: ¿Dónde está el regidor de Distrito? En calidad de representante de la administración pública, David Escudé debe tener algo que decir.

Debe tener, o debiera querer tenerlo. Esos bares, molestias vecinales aparte, forman parte del tejido económico y cultural de la ciudad. Muchos de ellos son, de hecho, los últimos garitos que no han sucumbido a modas y perfiles internacionales y siguen apostando por la esencia con la que nacieron: el rock.

No obstante, parece que la tendencia es otra. Allá donde jóvenes salían a divertirse y a socializar hoy se asoman oficinas, coworkings, colivings, hoteles... En definitiva, servicios pensados, sobre todo para el público extranjero. Un público que --no se le escapa a nadie-- llega a la ciudad con un alto poder adquisitivo.

¿Hacia dónde se dirige el Triángulo Golfo? Las personas, los jóvenes sobre todo, no van a dejar de salir. Si la oferta de locales es insuficiente, y asumible para el bolsillo medio, se corre el riesgo de recuperar 'costumbres' que no hace tanto eran también un quebradero de cabeza para vecinos y representantes políticos, como el botellón.

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