Jordi Casas Requesens, segunda generación y responsable de Kikiriki Barcelona
Jordi Casas, al frente de la pollería más antigua de Barcelona: “Vendemos unos 15.000 pollos asados al año”
Los orígenes de Kikiriki se remontan a 1962, cuando sus padres importaron la máquina de asar y, como propietarios de una granja de pollos, abrieron en los bajos de la casa familiar de Hostafrancs la primera ‘rostisseria’ de la ciudad
El auge del pollo asado ‘gourmet’ en Barcelona: el legado vivo de la primera ‘rostisseria’ 60 años después
Mantener en pie un negocio familiar desde hace más de seis décadas solo puede significar una cosa: que haces bien tu trabajo. Prueba de ello es, además, la fidelización de la clientela y el hecho de que haya quienes se hagan hasta una hora de trayecto para comprar tu pollo asado.
Así sucede en Kikiriki, la rostisseria más antigua de Barcelona, abierta en 1962 en los bajos de la casa familiar del barrio de Hostafrancs. “Vendemos unos 15.000 pollos al año”, explica la segunda generación al frente del negocio.
En Hostafrancs desde 1962
En un día como hoy, Jordi Casas, responsable de la pollería, nos abre las puertas. Fueron sus padres quienes montaron el negocio hace ya 64 años. “Nací aquí”, ironiza en conversación con Metrópoli. Lleva 50 años detrás de la barra, sirviendo pollos asados a los vecinos del barrio. “No me planteo hacer otra cosa; me gusta mucho mi trabajo”, afirma.
Marc Martínez (izq.) y Jordi Casas (der.) detrás de la barra de Kikiriki Barcelona
Su madre regentó el local durante 25 años y, desde entonces, él tomó el relevo, del mismo modo que espera que algún día lo haga su hijo, que es “muy buen cocinero”.
“Tener una de las pollerías más antiguas de Barcelona requiere un gran esfuerzo. Nosotros la hemos mantenido durante todos estos años y espero que, las nuevas generaciones, la cuiden muchos más”, expresa el segundo de los Casas.
Pioneros en el asado
Para entender los orígenes de Kikiriki, debemos remontarnos a principios de los años 60. Joan Casas (padre de Jordi) descubrió la máquina de asar durante un viaje a Berlín y la importó a la capital catalana. Como era propietario de una granja de pollos, decidió que sería el primero en probarla y en 1962 abrió la primera rostisseria de la ciudad.
“La cocción a l’ast es medieval; tiene muchísimos años. Cuando mi abuelo la trajo hasta aquí se convirtió en un pionero incorporándola al gas ciudad”, relata Marc Martínez, tercera generación de Kikiriki y fundador del restaurante Rooster & Bubbles.
Marc Martínez frente a Kikiriki Barcelona
Este es el principio de una tradición gastronómica que llegó al punto álgido de su popularidad en los años 80, cuando los domingos las familias hacían cola en los asadores de pollos para llevarse uno a casa para comer. Este afán por Kikiriki sigue latente porque –según confirman– venden unos 200 pollos cada fin de semana.
Pollo asado con cava
Lejos de ser esta su única innovación, los Casas introdujeron otro consumo que corrió como la pólvora: pollo asado con cava, servido en las icónicas copas Pompadour. Esta bebida estaba acotada a las celebraciones y a la Navidad, así que la pareja pensó que en Kikiriki –su restaurante y rostisseria–, cada día se abrirían botellas de cava. “Es una buena combinación”, señala Casas con una sonrisa.
El éxito fue espectacular: en cinco años duplicaron producción gracias a que la clientela podía disfrutar a diario de un pollo asado por tan solo seis pesetas. Hasta hace poco, su consumo tan solo se producía en celebraciones y se encontraba en las mesas de las familias más adineradas.
Jordi Casas Requesens, segunda generación y responsable de Kikiriki Barcelona
El resto es otra historia que sigue su curso, pues ese Kikiriki sigue en Hostafrancs, con la segunda generación aun al mando. Le preguntamos a su actual responsable por el secreto. “Hacerlo como el primer día: pollo asado con pimienta, sal y nada más”, responde.
El pollo es su producto estrella –por razones obvias–, aunque también elaboran otros platos que son todo un éxito: pies de cerdo, macarrones, conejo, carrilleras… De hecho, cuentan con un menú de 9,55 euros compuesto de dos platos, pan y postre que les funciona genial entre semana. “Empezamos a las nueve de la mañana a prepararlo todo”, señala Casas.
Platos preparados del Kikiriki Barcelona
Clientes de toda la vida
En Kikiriki predomina el cliente barcelonés, especialmente del barrio. “Tenemos compradores que vienen desde que abrió mi abuelo en el 62”, señala agradecido Martínez. “Conocemos al 80 % de ellos por su nombre y apellido”, añade.
Muchas de estas personas lo han visto crecer: “cuando era pequeño, todo el mundo me saludaba, y ahora soy yo quien los atiende. Es bonito ver cómo evolucionan, tanto ellos como nosotros”, expresa el mismo a este medio.
Pollos asados de Kikiriki Barcelona
Sin embargo, su popularidad también los ha traído clientes de ciudades vecinas como L’Hospitalet de Llobregat, Castelldefels e incluso Sant Cugat. “Es una gran responsabilidad. Queremos hacerlo bien para justificar su viaje, ya que muchos se hacen una hora solo para probar nuestros pollos”, explica.
Afortunadamente –afirma– este esfuerzo es compartido, ya que toda la familia está implicada. “Valoramos mucho el apoyo de la gente; sin ellos, no estaríamos aquí”, sentencia Martínez, quien apunta que otros negocios similares han cerrado. “Algunos por falta de relevo generacional, otros por jubilación o simplemente porque cambiaron el rumbo del negocio”.
Paella del Kikiriki Barcelona
“Me siento con la obligación de continuar con el legado y mantener viva esta tradición, sin olvidar de donde venimos”, concluye.
Tercera generación
Con Martínez, la historia salta adelante casi 60 años. Siempre vinculado a la restauración por su madre –a cargo del restaurante de Gran Via–, hace cinco años abandonó California para regresar a Barcelona y abrir su propio negocio en el Born: Rooster & Bubbles.
Es la continuidad y evolución en formato gourmet del proyecto de su abuelo, que 60 años antes revolucionó Barcelona inventándose una tradición que hoy en día sigue vigente: el pollo a l’ast.
A través de este homenaje Martínez da vida a la misma vocación que movió a Joan Casas a crear, junto a su esposa Maria Recasens, un lugar donde la calidad tuviera precios populares. Hace apenas unos meses, Martínez inauguraba su segundo restaurante en el Eixample (calle París, 177).