Marina Garcés confesó antes del verano que no sabía por qué se renegaba a vivir en Zaragoza, la ciudad en la que trabaja desde hace 14 años, ni qué la motivaba a seguir volviendo a Barcelona cada fin de semana. La pregunta le iba a fastidiar las vacaciones, admitió la filósofa, pero estaba dispuesta a dar con una respuesta para el pregón inaugural de esta Mercè.

Su pensamiento, tan crítico como lúcido, tampoco ha fallado en esta ocasión. Vuelve, ha reconocido, por esa Barcelona “a la que no le gusta el poder”. Ni la exhibición, ni el abuso, ni la proximidad a él. Y vuelve, primero en autobús y después en AVE, por la Barcelona que resiste, “pese a los intentos de culpabilización”, la que, de manera “anónima pero concreta” se autoorganiza, compromete y hace política fuera de las instituciones. Una ciudad que Garcés ha plasmado en un recuerdo: el desalojo del cine Princesa el 28 de octubre de 1996, cuando convergieron personas y movimientos de sociales de diferentes mundos y lograron asustar a los partidos.

Vuelve, también, a diferencia de otros que ya no podrán volver. Porque en esta Fiesta Mayor, ha recordado “todos llevaremos una ausencia dolorosa, la de las personas que perdieron la vida el 17 de agosto”. Por ellos, y por los que han quedado “heridos para siempre” con sus muertes, Garcés ha instado a barceloneses y barcelonesas a “hacer de esta Mercè un reencuentro con la ciudad, con sus calles y sus plazas, pero sobre todo con nosotros mismos”. A romper “con la indiferencia que normalmente nos enfrenta”.

Y en esta ocasión, vuelve, además, en un momento de excepcionalidad en el que “se prohíbe y se reprime la palabra”, el corazón mismo de la filosofía y aquello que le da sentido “fuera y dentro de las aulas”. Porque Garcés, que se ha declarado “alérgica a los nacionalismos” y cree que los mapas políticos son resultados de guerras, ha reconocido que “ante un estado que convierte una pregunta legítima en una acción ilegal solo queda espacio para una respuesta colectiva contundente que transforme la democracia”.

"NO NECESITAMOS SER UN MANHATTAN MEDITERRÁNEO"

Como no podía ser de otra manera, la filósofa también ha trasladado su pensamiento crítico a la ciudad de Barcelona. “El municipalismo no es ganar elecciones ni gestionar un Ayuntamiento”, ha recordado, del mismo modo que “una ciudad no es un juguete ni el proyecto de sus políticos y empresarios”. Por eso, aunque algunos de sus amigos y compañeros hayan dado el paso a la política, Garcés se hace suyo el lema del 15-M para decir que, a ella, no la representan.

La filósofa ha sido especialmente incisiva con el declive de la cultura en Barcelona que, a su parecer, han logrado convertir en un producto de consumo más. “No necesitamos ser un Manhattan mediterráneo”, ha expresado, “ni encontrar en un parque temático todas las culturas del mundo”, ha apostillado en referencia a las pretensiones de un Fòrum que ahora solo alberga macroconciertos. Y, junto al reto de devolver la cultura a los ciudadanos, Garcés ha recordado también el largo camino para que Barcelona sea una ciudad donde la igualdad -en todas sus vertientes- se configure como la base de la libertad. Aún con sus imperfecciones, Garcés seguirá volviendo a Barcelona y seguirá cuestionándola, sobre todo, fuera de las aulas.

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