Cuenta Jaume Plensa que, siendo niño, las peleas con su hermano le llevaban a esconderse en el piano. Después, con él todavía acurrucado en el interior sin que nadie se diera cuenta, alguien empezaba a tocar, y así descubrió la vibración de la materia y su vocación de escultor. Probablemente, de aquellos momentos musicales proviene también su idea del cuerpo como instrumento que interpreta continuamente su melodía en forma de charla. Qué gran ventaja, en vez de traumas infantiles, tener recuerdos que expliquen toda una biografía con esa transparencia. Se debe ahorrar mucho en visitas al psicólogo.

La cuestión es que hay siempre en torno a Plensa un aire de claridad. Normalmente, cuando no vira en exceso hacia el cliché, le beneficia. Richard Dawkins está en lo cierto cuando dice que la ciencia no resta un ápice de eficacia al arte. Tampoco el lenguaje explícito del escultor le quita necesariamente misterio.    

Mi primer encuentro con la exposición de la Pedrera, antes de la visita que ya tenía programada, se produjo de la mejor forma posible. Por casualidad. Volvía de una cena pedaleando por el carril bici de Provenza y allí, en la esquina con el paseo de Gracia, estaba Flora (2021), una cabeza de fibra de vidrio de casi ocho metros de altura. Iba a decir mirándome, pero no, porque tiene los ojos cerrados. Tal vez, imaginándome, junto a los otros transeúntes de la medianoche que pasábamos allende sus párpados gigantes. Me parece curioso que, a pesar de su aislamiento, estas figuras siempre provoquen una respuesta. Que nos induzcan a pensar que hacen algo o a hacer algo nosotros. Nos invitan al silencio, dice su autor, para que sigamos mejor el hilo de nuestro propio pensamiento. La fina línea entre la sabiduría y el lugar común.

El escultor Jaume Plensa junto a su obra 'Silent Music IV' en la azotea de La Pedrera / EFE - ANDREU DALMAU

La muestra reúne más de cien obras. Hay trabajos de finales de los ochenta y alguno recién terminado para la ocasión. Obras monumentales y de pequeño formato.

También, por descontado, unas cuantas versiones de sus archiconocidas cabezas, en bronce y madera. En estas piezas, Jaume Plensa ha encontrado la manera de que el contenido, que en el arte conceptual obliga a veces a bizquear para fundirlo con el continente, igual que bizqueamos para ver las fotos en tres dimensiones, quede bien enfocado desde el principio en una imagen creíble. Es verdad que utiliza elementos potencialmente banales: la suma del motivo clásico del busto humano con ciertos materiales de carácter delicado y exacto, (a veces nostálgico, como el alabastro), y con la figura infantil, tomada sin ninguna ironía, podría resultar, al menor descuido, en un exceso sentimental.

Sin embargo, es precisamente el salirse con la suya en esas condiciones lo que decide el triunfo momentáneo de la sabiduría, amenazado nada más por la repetición de la fórmula. El crítico inglés Tom Hackett menciona la habilidad de sumergirnos en un paisaje de gran carga evocativa, el hondo sentido temporal y el realismo clásico reinterpretado: «Una compleja red de hilos de los que tirar para la reflexión y la contemplación». Acierta, también, en que todas las virtudes se reducirían a polvo académico sin «el otro detalle». Es decir, el simple hecho de que no quiere uno dejar de mirar. Hortensia, Flora y Martina atrapan la mirada en su ceguera sin admitir siquiera que lo pretenden.    

El escultor barcelonés usa el modelado por ordenador para alargar y aplanar sus imágenes. Quiere, nos dice, estudiar la relación entre el cuerpo y el alma. La estilización aligera y eso es lo que pide nuestro lado más inmaterial. Lo tenía muy claro Gurb, el extraterrestre goloso de Eduardo Mendoza: «Me peso en la báscula del cuarto de baño: 3 kilos, 800 gramos. Si tenemos en cuenta que soy intelecto puro, es una barbaridad». (Después, todo hay que decirlo, aunque decidió hacer deporte, terminaba comprándose una coca de piñones al pasar por una panadería. «Que corra otro»).

CÓMO FUNCIONA LA MENTE

Según Steiner toda filosofía empieza siendo poema y el de Plensa arranca con esa idea del balance entre la materia y el espíritu. Un cálculo que forzosamente excede nuestras habilidades, sobre todo si somos de letras, y aquí es donde entra en juego el modelado informático en tres dimensiones. Es la parte del proceso creativo a la que más han contribuido las máquinas y donde más van a aportar en el futuro próximo: la de ayudarnos a imaginar lo inimaginable.

La escultura de Jaume Plensa, colocada frente a La Pedrera / METRÓPOLI

El siguiente paso lógico, piensa uno observando las figuras de la exposición, consistiría en que la inteligencia artificial acertase a crear el poema mismo de cero. Que aportase al escultor, digamos, la idea capaz de tentarle a salir del bucle temático en que su último hallazgo parece tenerle entretenido. ¿Es posible? ¿Estamos en ese punto, después de que a alguien se le haya llegado a escapar que las máquinas tienen consciencia y de que el ChatGPT se esté convirtiendo, de verdad, en la tecnología que viene a cambiar el mundo?    

He aquí el problema, que además no tiene fecha para solucionarse. Sin ser ningún experto, me convencen más quienes piensan que no basta, para dar con la inteligencia artificial general, con que imitemos la nuestra a base de potencia de computación (por ejemplo, es muy probable que el aprendizaje profundo necesite complementarse con el manejo de símbolos). En su estado actual, la inteligencia artificial puede crear imágenes semejantes a otras de referencia, aplicar estilos, sugerir colores y texturas, y en el caso de los chatbots, interactuar en lenguaje natural con el artista, que les proporciona datos y les guía para obtener una respuesta basada en el programa. Muy lejos, como se ve, de crear algo nuevo en el sentido en que lo hace una persona. El poema de máquina es una posibilidad en el futuro, pero hasta el día en que tengamos mejores explicaciones de cómo funciona la mente, los poemas (incluidos los de Plensa) tendrán que seguir siendo de sobre. Perdón, quiero decir humanos.

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