Sarrià esconde la checa más sanguinaria de la guerra civil en Barcelona. Encajada entre edificios, en la calle Sant Elies, 23-25, se encuentra la parroquia de Santa Agnès. De estilo historicista, ocupa el lugar de la antigua iglesia del monasterio de las clarisas de Jerusalem, construido para ellas en 1882. Durante la revolución de 1868, les habían arrebatado su antiguo convento, situado en el terreno sobre el que actualmente se levanta la Boquería.

La Restauración monárquica solo pudo devolverles un solar que vendieron para levantar un nuevo convento en la calle de Sant Elias, en Sarrià. Poco se podían imaginar que una nueva revolución las obligaría, el 19 de julio de 1936, a abandonar una vez más su hogar entre ultrajes y profanaciones. Y mucho menos, que aquel remanso de paz que habían creado se convertiría en un auténtico infierno: en la checa más sanguinaria de la ciudad.

EL INFIERNO EN BARCELONA

Checa es una abreviatura del ruso Chrezvichainaya Komisia (comisión extraordinaria), eufemístico nombre de la primera policía política soviética, creada por Lenin en 1917. En España una checa era una celda cerrada del todo, sin barrotes, de dos metros por un metro y medio de planta y dos metros de alto, una verdadera cámara de tortura. En Barcelona, durante la Guerra Civil, hubo una veintena en pisos de las calles Muntaner, Vallmajor, Portal de l’Àngel, Pau Claris, plaza Catalunya… Pero la peor, con diferencia, fue la de la calle Sant Elies. Un apeadero de terror previo al matadero. De allí los detenidos iban a la Arrabassada o a los cementerios de Les Corts o Montcada i Reixac a morir fusilados… si no perecían antes entre tortura y tortura. En un primer momento, las checas estuvieron regentadas por los anarquistas. Pero, tras los hechos de mayo de 1937, le tocó el turno a los comunistas, y la República puso al SIM (Servicio de Información Militar) como encargado de las torturas. Y esta checa escaló posiciones en el ranking de las más sanguinarias.

Sí, el infierno en Barcelona tenía dirección postal: Sant Elíes, 23. Por allí pasaron religiosos, civiles acusados de ser de izquierdas, carlistas e izquierdistas no estalinistas. Hierros candentes, picanas eléctricas en los genitales, levantamientos de uñas, palizas, ahogamientos con agua, mutilaciones, cuerpos descuartizados para dar de comer a los cerdos… El sótano de Sant Elies disponía incluso de un horno crematorio de cadáveres. De todo ello solo queda el recuerdo borroso de una película de terror. Tras la guerra, se convirtió en centro parroquial, y entre 1953 y 1958, la iglesia fue ratificada, manteniendo la fachada original del siglo XIX, obra de Francesc de Paula Villar Carmona.

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