Julián, el vendedor de la ONCE que repartió 1,5 millones de euros en Barcelona
Julián, el vendedor de la ONCE que repartió 1,5 millones en Barcelona: "No sé a quién le ha tocado, pero un premio así revoluciona el barrio"
La ilusión de repartir sueños forma parte de su día a día desde hace 15 años pero nunca hasta ahora había repartido un premio tan grande
La noticia: La ONCE reparte 1,5 millones de euros en el barrio de Navas de Barcelona con el Sueldazo del Fin de Semana
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En la calle Bofarull, 49, en la plaza Islandia del barrio de Navas, Julián Marcelo Gómez abre cada día su punto de venta de la ONCE con la misma rutina y la misma convicción.
Lleva 15 años trabajando en la organización y el pasado sábado 21 de febrero repartió, sin saber todavía a quién, el mayor premio de su trayectoria: el Sueldazo del Fin de Semana, dotado con 300.000 euros al contado y 5.000 euros al mes durante 20 años, dentro de un reparto total de 1,5 millones de euros en Barcelona.
Puesto de trabajo de Julián Marcelo en la ONCE
“Fue un momento de muchísima emoción, alegría y curiosidad por saber a quién le había dado la suerte, a quién le había tocado”, explica en conversación con Metropoli.
Hasta ahora ha entregado varios premios de cuatro cifras, pero “el primer premio gordo, gordo, gordo es este”. La ilusión de repartir sueños forma parte de su día a día. “Uno siempre sueña con entregar uno y más premios gordos, por supuesto que sí. Es la ilusión de cada día y uno afronta el trabajo con esa ilusión de repartir sueños a la gente”.
Empezar de vuelta
Para Julián, la ONCE no es solo un empleo. “La ONCE para mí es fundamental”, dice. Nació con una enfermedad degenerativa llamada retinosis pigmentaria. Durante 37 o 38 años hizo una vida que define como normal: conducía, trabajaba, incluso llevaba un camión y obtuvo el carnet de mercancías peligrosas. “Y de un día para otro te cambia la vida”.
Empezó a sentirse raro, acudió al médico y recibió una baja por larga enfermedad. De ahí pasó a la incapacidad. Le explicaron que se trataba de una enfermedad en la que las células se van muriendo y que perdería la vista periférica y también la visión nocturna.
“Te cambia todo, porque tienes que empezar de vuelta”. A los 38 años se sentía todavía útil. “Si no existiera la ONCE sería muy complicado, porque yo me sentía útil a esa edad, si no, no podría quedarme en mi casa, me deprimiría. Y para eso la 11 es fundamental”.
Define la labor de la organización como “un trabajo enorme a nivel social”. Gracias a ella, dice, tienen “otro futuro”. “Estoy muy contento. Estoy muy contento de trabajar y muy contento de pertenecer”, explica.
El barrio como red
El premio no solo genera expectación en su quiosco. Según cuenta, se nota movimiento en todo Navas. “Hay mucha más vidilla en el barrio y nos favorece a todos, a los bares, a la agencia de lotería, a mí”.
La gente se anima porque se da cuenta de que es real, de que “2 euros, que es lo que vale un café, te puede cambiar la vida”. Es difícil, reconoce, pero puede pasar. Y cuando pasa, el efecto se contagia. “No solo en mi negocio, se anima en todo el barrio y eso es bueno”.
Julián Marcelo en su puesto de trabajo en la ONCE
Los clientes viven el resultado con sentimientos encontrados. “Están con una mezcla de alegría y de bronca, porque no le tocó a ellos”. Aun así, nadie sabe todavía quién es la persona agraciada. “Todavía no sé quién es. Nadie ha venido al kiosco con el boleto ganador”.
Puede ocurrir, señala, que quien gane vaya directamente al banco o a la ONCE. Esa incógnita añade una capa de expectación al logro.
Su relación con los vecinos va más allá de la transacción diaria. “Trabajo con los vecinos, normalmente. Los vecinos me adoran”. Si falta algún día, se preocupan. Cuando vuelve de vacaciones, le preguntan cómo le ha ido, cómo está, si está bien o mal. Esa red se hace especialmente visible en los momentos difíciles.
Una pérdida reciente
El 15 de diciembre vivió uno de los golpes más duros de su vida. “Tuve la desgracia de perder a mi mujer. Luchó durante 17 años contra el cáncer y el 15 de diciembre, de madrugada, se fue”. La noticia recorrió el barrio. “Todo el mundo pasó a saludarme, todo el mundo me dio el pésame, todo el mundo se preocupó porque también la conocían a ella”.
En ese contexto personal, repartir un premio de estas dimensiones adquiere otra dimensión. “Haberle cambiado la vida a una persona es una sensación indescriptible”. Aunque todavía no sabe a quién, siente el peso y la alegría de haber sido el puente entre un cupón y un giro radical en la vida de alguien.
Julián Marcelo en su puesto de trabajo en la ONCE
Julián afronta cada jornada con esa mezcla de responsabilidad y esperanza. En su puesto de la plaza Islandia, con la discapacidad que comparte con otros 400 vendedores de la ONCE en la capital catalana, continúa ofreciendo boletos y, con ellos, una posibilidad. La misma que un sábado de febrero se convirtió en realidad para alguien del barrio.
Mientras espera que el ganador aparezca o que quizá nunca pase por el quiosco, él sigue ahí, convencido de que su trabajo es mucho más que vender cupones: es sentirse útil y hacer sentir que, a veces, la suerte sí cae cerca de casa.