Amir Shafi (Tulkarem, 1993)

Amir Shafi (Tulkarem, 1993) SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Vivir en Barcelona

El rastro de la guerra desde un campo de refugiados en Cisjordania hasta Barcelona

Amir nació y creció en Tulkarem y, tras varias etapas en prisión y una vida marcada por el conflicto, con 18 años decidió huir de las bombas. Un viaje sin destino claro lo llevó, casi por casualidad, hasta la capital catalana, donde empezó a enfrentarse a lo que él llama su “otra guerra”

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El salón es pequeño y está ordenado sin intención de parecerlo. Dos sofás se enfrentan en paralelo, y sobre cada uno descansa un pañuelo palestino. En el mueble hay objetos colocados como si fueran una declaración silenciosa: la bandera, el Corán, frases en árabe. No hay nada que sobre. Tampoco nada que falte. Amir habla desde ahí, sentado, como si ese espacio fuera a la vez refugio y frontera.

Mueble del salón de la casa de Amir Shafi

Mueble del salón de la casa de Amir Shafi Simón Sánchez

No hay dramatización en su voz. Solo una forma de contar que arrastra años encima. Cuando recuerda, no busca reconstruir el pasado, sino ordenarlo. Y aun así, todo aparece fragmentado: imágenes de infancia, calles de tierra, explosiones, cárcel, fronteras, trabajos precarios, otro idioma, otra vida.

Infancia en un lugar donde la guerra es paisaje

Amir nació en un campo de refugiados en Tulkarem, Cisjordania. Dice que de niño no sabía que aquello era una excepción, porque no conocía otra cosa. Creció “jugando con los amigos en el barrio”, entre piedras y calles sin asfalto. La vida, en su memoria infantil, era eso: cercanía familiar, niños juntos, familias muy unidas.

De la guerra en Cisjordania a empezar de cero en Barcelona

Pero al mirar atrás entiende lo que entonces no veía. “Un campo de refugiados no es un lugar para niños”, dice. No lo dice con rabia, sino con una especie de constatación tardía. En su recuerdo, la salud, los recursos o el futuro no eran conceptos presentes. Eran ausencias normales.

Cuando tenía unos siete años, dice, empezó a “abrir los ojos”. Coincidió con el inicio de la segunda Intifada. A partir de ahí, su infancia cambia de textura. Explosiones, entradas de soldados en los campos, caos. El primer recuerdo claro no es un juego: es un ataque.

Crecer en la lógica del conflicto

Amir no separa infancia de violencia. Las mezcla. Recuerda ver humo, entrar en zonas atacadas, mirar casas destruidas. Lo dice con una naturalidad que incomoda, como si el horror hubiera sido parte del aprendizaje cotidiano.

Tatuaje de Amir Shafi

Tatuaje de Amir Shafi Simón Sánchez

“Era nuestro juguete”, explica, refiriéndose a los restos de los ataques, a la curiosidad infantil frente a lo destruido. No lo romantiza. Lo describe como una realidad sin alternativa. Un entorno donde la guerra no interrumpe la vida: la define.

A medida que crece, la lógica cambia. A los 13 años, empieza a verse a sí mismo como alguien distinto. Ya no es el niño que juega: es “el luchador del barrio”. Esa identidad le separa de los otros niños, de la escuela, de lo que él llama una infancia normal. La educación deja de tener sentido. El conflicto ocupa el centro.

La cárcel como adolescencia interrumpida

Durante su adolescencia, la violencia se convierte en un elemento que atraviesa su vida cotidiana y marca decisiones posteriores. Recuerda la muerte de un amigo, un hecho que actúa como punto de ruptura emocional y que desemboca en su primera detención. “Por un acto de rebeldía por la muerte de mi amigo fue cuando me metieron en la cárcel la primera vez”, explica.

Aquella reacción, dice, nace de la rabia acumulada y de una sensación de impotencia, que lo lleva a intentar acciones simbólicas contra los vehículos militares, como colocar objetos en la carretera para dañar sus ruedas. No lo presenta como una acción organizada, sino como un gesto impulsivo dentro de un contexto de tensión constante, que termina con su entrada en prisión por primera vez.

Esa etapa se cierra, pero la violencia no desaparece de su entorno familiar. Años después, relata uno de los episodios más duros de su vida: la muerte de su hermano en su propia casa, delante de su madre. Lo cuenta con una carga emocional contenida, sin adornos, como un hecho que reordena por completo la percepción de su familia y de su lugar dentro del conflicto.

Una vida condicionada

A partir de ahí, su relato deja de ser solo el de un joven que crece en un entorno marcado por la presión política y social, para convertirse también en el de alguien que carga con pérdidas directas dentro de su núcleo más cercano, algo que, según él, condiciona todas las decisiones posteriores de su vida.

Amir entra en la cárcel por primera vez con 15 años. Dice que eran cosas pequeñas: piedras, acciones impulsivas, respuestas nacidas del entorno. Pero dentro, la experiencia no es pequeña. Allí, dice, dejan de tratarle como un niño.

Ventana de la casa de Amir Shafi

Ventana de la casa de Amir Shafi Simón Sánchez

Describe meses de detención, interrogatorios, presión, miedo. También describe algo más difícil de nombrar: la pérdida de la adolescencia. Dentro de la cárcel, no hay transición. Hay adultos, hay violencia, hay supervivencia. Y también hay redes entre jóvenes que intentan protegerse entre sí.

Fuera, su madre intenta detenerlo. Incluso delante de soldados, llega a golpearle para evitar que lo detengan. Pero no consigue cambiar el rumbo. En su relato, la familia aparece como un lugar de amor y miedo al mismo tiempo.

Salir sin salir del todo

Con el tiempo, Amir empieza a ver la repetición. Entrar, salir, volver a entrar. Hasta que toma una decisión: irse. No como proyecto de vida, sino como ruptura. Dice que no quería formar una familia en ese contexto, ni reproducir ese sufrimiento.

Salir no significa libertad inmediata. Cruza fronteras hacia Jordania. El proceso es complejo, lleno de controles y pagos, movimientos constantes para evitar ser devuelto. Lleva consigo dinero que su madre le ayuda a reunir, incluso vendiendo oro. "Allí todo se mueve con dinero, si quieres un poco de seguridad tienes que pagar y aún así nadie te asegura nada", comenta.

En Jordania tampoco hay estabilidad. Entonces aparece otra posibilidad: salir más lejos. Venezuela, primero. Luego España. "Yo no tenía ni idea de a donde ir, me dijeron que Venezuela no hacía falta mucha documentación y por eso lo contemplé" cuenta. El plan cambia sobre la marcha. La idea de futuro también. "Vi lo que costaban los vuelos a Venezuela y la verdad, lo vi muy complicado, eran carísimos".

Amir explica que, finalmente, la ruta se construye de forma distinta a lo previsto. Decide comprar un billete con destino a Venezuela, pero con escala en Madrid, un trayecto que no era solo un tránsito, sino una posibilidad abierta sin plan claro.

En ese punto, según recuerda, empieza a tomar forma la idea de pedir asilo, una palabra que le repiten como única instrucción posible para sobrevivir a ese momento. Esa escala en España deja de ser un simple paso intermedio y se convierte en una puerta que no estaba prevista, pero que intenta utilizar.

Para poder hacer ese viaje, dice, tuvo que gastar todos los ahorros que había reunido durante años, hasta el punto de llegar a Madrid prácticamente sin dinero, con apenas unos diez euros en el bolsillo y con una sola palabra aprendida como herramienta de supervivencia: “asilo”. "En Jordania me insistieron en que cuando llegara a España tenía que repetir solo esa palabra a quien me encontrara".

Madrid: la primera forma de silencio

Llega a Madrid con apenas 19 años. Dice que solo sabía una frase en español: una negativa repetida una y otra vez. No entiende el idioma, ni el sistema, ni la ciudad.

Pasa por Cruz Roja, por centros de acogida, por habitaciones prestadas. También por casas de acogida donde familias le ofrecen techo durante meses. Es ahí donde empieza a reconstruir algo básico: el lenguaje, la confianza, la rutina.

Estantería de la casa de Amir Shafi

Estantería de la casa de Amir Shafi Simón Sánchez

Durante ese tiempo vive una mezcla de libertad y desorientación. Camina de noche sin miedo, pero sin dirección. La calle es nueva, pero el vacío también.

La segunda guerra: sobrevivir en otro sistema

Cuando sale del sistema de acogida, empieza lo que él llama “otra guerra”. Ya no hay soldados, pero hay alquileres, trabajo, papeles, idioma y una precariedad que se convierte en estructura diaria. Intenta estudiar, trabaja en una barbería, aprende cocina y se mueve entre distintos oficios, pero también fracasa en varios intentos de negocio porque, como él mismo reconoce, quiere independencia total sin conocer todavía las reglas del sistema en el que intenta sobrevivir.

Cambia de habitaciones con frecuencia y sobrevive con lo que puede, encadenando etapas de inestabilidad que no describe como episodios aislados, sino como parte de un mismo proceso continuo.

En uno de esos momentos de bloqueo administrativo y falta de opciones, Amir cuenta que llegó a hacer una huelga de hambre como forma de presión para intentar conseguir los papeles que le permitieran trabajar legalmente.

En aquel momento, explica, solo tenía un documento básico, un cartón emitido por Cruz Roja que no le servía para acceder a empleo ni para regularizar su situación, y esa falta de salida le llevó a una situación límite en la que decidió dejar de comer durante varios días.

Aquel gesto, según relata, no cambió de forma inmediata su situación administrativa, pero sí terminó atrayendo apoyo de personas y redes que le ayudaron a sostenerse en ese periodo de incertidumbre.

Barcelona: estabilidad sin cierre

Con el tiempo, llega a Barcelona y encuentra trabajo en restauración, un sector en el que empieza prácticamente desde abajo, fregando platos y pasando después por cocina, donde aprende distintos tipos de gastronomía y dinámicas de trabajo que le resultaban completamente ajenas cuando llegó a España.

Poco a poco va asumiendo más responsabilidades, en un proceso lento de adaptación que él mismo describe como una forma de aprendizaje constante más que como una progresión lineal.

En ese periodo de transición, Amir cuenta también que atravesó momentos de absoluta inestabilidad en los que no tenía un lugar fijo donde dormir. Explica que llegó a pasar varias noches, incluso semanas, durmiendo en la zona de la Barceloneta, en la calle, cerca de la playa, cuando no encontraba ninguna alternativa de alojamiento.

Amir Shafi (Tulkarem, 1993)

Amir Shafi (Tulkarem, 1993) Simón Sánchez

"Mi familia nunca ha sabido todo lo que he pasado aquí, no he querido cargarlas con el peso de mi situación, bastante tienen ellos allí" cuenta el joven.

Hoy es encargado en un restaurante llamado Shawarma Haifa. Habla de ello sin triunfalismo, sin convertirlo en un punto de llegada definitivo, sino más bien en una fase dentro de un recorrido más amplio. “Estoy orgulloso de mí mismo”, dice, aunque matiza que no lo vive como un cierre, sino como una continuidad, como una estabilidad parcial dentro de una vida que todavía siente en construcción.

Sigue ayudando a su familia, sigue enviando dinero y sigue siendo el mayor, una posición que no ha cambiado con la distancia, sino que se ha intensificado con ella. La separación física no ha roto ese vínculo, sino que lo ha transformado en una responsabilidad constante que atraviesa su presente, de la misma manera que su pasado sigue atravesando su forma de estar en el mundo.

El presente atravesado por la pérdida

Amir no deja de mirar atrás. Habla de su hermano muerto, de otros familiares en prisión, de la violencia que sigue afectando a su entorno. Dice que su familia continúa viviendo lo mismo que él intentó dejar atrás.

El 7 de octubre reabre esa herida desde la distancia. Habla de dolor, de venganza, de miedo a una escalada mayor. No se sitúa en una posición simple. Dice que no está “a favor ni en contra”, sino agotado de la pérdida.

Su madre aparece en su relato como un punto de tensión emocional: orgullo, rabia, miedo, memoria. Todo al mismo tiempo.

Volver a empezar sin empezar de cero

Amir habla de futuro. Quiere tener algo propio. Un restaurante. Un espacio donde su nombre esté presente.

Dice que ya no es la misma persona que salió de Palestina, pero tampoco otra completamente distinta. La integración, explica, no borra el origen. Solo lo reorganiza.

Amir Shafi (Tulkarem, 1993)

Amir Shafi (Tulkarem, 1993) Simón Sánchez

En su caso, el pasado no se cierra. Se transporta.

Una línea curva

Cuando termina de hablar, el salón sigue igual. Los sofás, los pañuelos, los objetos religiosos y simbólicos no han cambiado de lugar. Nada en la habitación sugiere conclusión.

Amir tampoco.

Su historia no se presenta como una línea recta entre dos puntos, sino como una sucesión de vidas dentro de una sola: la del niño que jugaba entre ruinas, la del adolescente en la cárcel, el migrante que cruza fronteras, el trabajador que aprende otro idioma, el hombre que hoy sostiene dos países en la misma conversación.

Y entre todo eso, una idea que no se dice, pero atraviesa cada parte: seguir viviendo no significa dejar atrás lo vivido.