Escena de 'Las bodas de Fígaro' en el Liceu

Escena de 'Las bodas de Fígaro' en el Liceu DAVID RUANO/LICEU

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Unas bodas algo sosas en el Liceu

'Las bodas de Fígaro' resulta una producción correcta, fácil de digerir, pero con falta de ritmo y teatralidad por parte de la dirección musical

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La actual producción de Las bodas de Fígaro que se representa en el Liceu tiene una puesta en escena como poco divertida y un buen reparto vocal, pero la excesivamente cauta dirección de orquesta le resta brillo, haciéndola en ocasiones aburrida, a pesar de haberse eliminado, con buen criterio, un par de arias de la segunda parte. Las tres horas se hacen algo largas.

Las bodas de Fígaro es una obra mozartiana que se acerca mucho a lo que esperamos de Rossini, autor que nació al año de fallecer Mozart. Es una comedia de enredo donde los personajes se entrecruzan en un divertimento que tiene que ser ágil. La propuesta escénica de Marta Pazos recuerda a las mejores obras de els Comediants, como la Cenerentola, aunque no llega a su excelencia.

Una enorme tarta nupcial multipiso ocupa todo el escenario, con los cantantes vestidos de ingredientes alimenticios y los bailarines / figurantes y el coro son parte del adorno de la tarta, en unas ocasiones como pirámides de merengue, en otras como guindas sobre montañas de nata. Si a esto le añadimos una iluminación más que agradable queda un resultado bastante simpático que, además, refuerza la proyección de la voz por obligarles a cantar muchas veces en el proscenio. Si acaso, sobran minutos con los cantantes delante del telón al inicio de la segunda parte.

Escena de 'Las bodas de Fígaro' en el Liceu

Escena de 'Las bodas de Fígaro' en el Liceu DAVID RUANO/LICEU

El contrapunto lo pone la dirección musical de Giovanni Antonini, carente de chispa, de ritmo y sobre todo de teatralidad. No fue capaz de subrayar los momentos más frenéticos del libreto y sorprende el bajo perfil de la sección de cuerda. Una lástima porque esta obra necesita tanto buenos cantantes como buena interpretación de la orquesta y en este caso falló, algo, la dirección, que no la ejecución.

Una oportunidad perdida

Entre los cantantes destacan las tres mujeres protagonistas. La soprano Adriana González interpretó una gran condesa, a pesar de estar embutida en el vestuario más grotesco. El Cherubino lo defendió a las mil maravillas Julia Lezhneva. Y sobre todos destaca Sara Blanch, soprano de la casa, de gran teatralidad y mejor voz en una temporada muy especial para ella. La cantante de Darmós está dando el salto del circuito de casas de ópera del nivel del Liceu o inferior a los grandes teatros, siendo su próxima actuación ni más ni menos que en la Royal Opera House con el gran Juan Diego Florez en la Hija del Regimiento.

Ojalá consolide el salto de categoría y se establezca como titular en los mejores teatros del mundo, aunque el precio sea que la veamos menos por Barcelona. En cualquier caso la disfrutaremos en dos ocasiones en la temporada que viene.

Escena de 'Las bodas de Fígaro'

Escena de 'Las bodas de Fígaro' DAVID RUANO/LICEU

El reparto masculino estuvo bien, pero un peldaño por debajo del femenino, con un Luca Pisaroni en un Fígaro a medio gas o un André Schuen que no acabó de llenar el papel del Conde de Almaviva.

Los bailarines están bien como figurantes, muy bien, pero de nuevo se pierde una oportunidad para armar un número de ballet completo. Parece que el Liceu se ha olvidado que hace años tenía un magnífico cuerpo de baile estable.

Se trata, en resumen, de una producción correcta, fácil de digerir, pero que no quedará en los anales del Liceu en gran medida por la falta de ritmo y teatralidad de la dirección musical.