Calle del Cid con Berenguer el Viejo, sobre 1930, con el cabaret La Criolla al fondo, en el barrio chino de Barcelona

Calle del Cid con Berenguer el Viejo, sobre 1930, con el cabaret La Criolla al fondo, en el barrio chino de Barcelona JF

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Joan Ferran revive el barrio chino de Barcelona: desde el Bar Berenguer, con los "ojos como platos" y una cafetera italiana

El ex diputado y exconcejal publica 'Un átomo del barrio chino, años de plomo y cola cao', unas memorias sobre el actual barrio del Raval, sin melancolía ni reproches, pero con la voluntad de que no se olvide el pasado ni las cicatrices sociales acumuladas

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“Mi perímetro lúdico lo conformaban las calles del Cid, la Mina, Perecamps y Berenguer el Viejo. Eran vías de gruesos adoquines de granito que, pocos años antes, habían sido el escenario de casas de citas, tabernas de mala muerte, cabarets, burdeles y locales de “gomas y lavajes”.

Lo recuerda Joan Ferran (Barcelona, 1951), exdiputado en el Parlament y exconcejal en el Ayuntamiento de Barcelona. Un político que ha dejado recuerdos y análisis por escrito, en distintos libros de gran calidad literaria. El último es Un átomo del barrio chino, años de plomo y cola cao (Círculo Rojo), unas memorias sobre lo que fue el barrio chino y hoy es el Raval, desde el Bar Berenguer, que regentaba su abuelo materno, italiano de origen, y sus padres.

Un bar, en la calle del Cid, donde Ferran aprendió rápido, con “ojos como platos” y al lado de la cafetera italiana: lo que vio, lo que escuchó, con todas las penalidades, pero también con todos los afectos y las emociones vividas, fueron vitales para los años posteriores: un ciudadano comprometido con su sociedad, exigente y siempre en el flanco de la izquierda.

Ferran no reprocha nada, no compara lo que fue y lo que es hoy el Raval. Pero sí recuerda, sí refleja una determinada Barcelona con el objetivo de que no se pierda en el tiempo. El obrerismo, el paisaje urbano de una parte de la ciudad, que sufrió como casi ninguna otra parte los estragos de los bombardeos durante la Guerra Civil.

En la calle del Cid se ubicaba un cabaret que se calificaba como “el templo barroco de la lujuria”. Los vecinos “explicaban con todo detalle que bajo las arcadas de una antigua fábrica textil, en la calle del Cid, 10, conocida como El Vapor de la Llana, se ubicó el célebre cabaret La Criolla, que una bomba de la aviación alemana acabó con él en 24 de septiembre de 1938, pero no su leyenda”, escribe Joan Ferran.

Portada del libro de Joan Ferran sobre el barrio chino

Portada del libro de Joan Ferran sobre el barrio chino

“Mi infancia y adolescencia transcurrieron en un principal de la calle Berenguer el Viejo, número 6. Era un piso enorme, frío, de techos altos y con un largo pasillo, ideal para jugar al escondite. La vivienda tenía una terraza con vistas al Paralelo, a la muralla de las Atarazanas y a la fábrica de electricidad conocida como La Canadiense. Imposible olvidar los atardeceres nacarados con la montaña de Montjuïc al fondo y la silueta de las tres chimeneas recortada contra el cielo. El traqueteo de los tranvías era un compañero fiel en las sofocantes noches del verano, también la presencia de un guardia urbano que hacía sonar su silbato con machaconería”, constata Ferran en su libro.

Y del propio dormitorio del niño Ferran se podía descender, a través de una empinada escalera, al Bar Berenguer. Era su abuelo, Josep María Serafini, de origen italiano, quien regentaba el establecimiento, que nació al dividirse en dos una enorme taberna conocida como La Cazalla, que contaba con dos entradas, una daba al Paralelo y la otra a la calle Berenguer el Viejo. “Los parroquianos bautizaron el local de mayor superficie como Cazalla Grande y el más pequeño, para evitar confusiones, adoptó el nombre de la calle, dando origen al Bar Bodega Berenguer o BBB”, describe Joan Ferran.

El amigo Ramonet

Desde ese bar transcurría la vida. El niño Ferran aprendía todo lo que podía a partir de curiosos personajes, de mala vida y obreros honestos, prostitutas y policías que escuchan todas las conversaciones. También gitanos, que eran de los pocos que conversaban con los padres de Ferran en catalán, con el peculiar acento que ha permanecido en algunas calles del actual Raval y en el barrio de Gràcia.

Joan Ferran, con sus abuelos Anna y Josep Serafini

Joan Ferran, con sus abuelos Anna y Josep Serafini

Ferran, que como político vivió la transformación de su antiguo barrio proyectada por el Ayuntamiento de Barcelona, en manos del socialista Pasqual Maragall, no pretende recordar un mundo idílico. Pero es el suyo.

Y ha querido, tras algunas dudas, reflejar, a través de diferentes escenas escritas con amor, pero desde la distancia ya de un escritor con muchos recursos, una Barcelona que fue real, que mantuvo su identidad a pesar de los sinsabores de la guerra y de la persecución de los marginados durante la dictadura.

El escritor, sin embargo, no podrá deshacerse del político. Ferran define aquella Barcelona y busca algún hilo que conecte con el Raval. Recuerda a “la Loca, con su fuego anarquista y su vida rota por la guerra, que encarnaba la rebeldía de una gente que resistía a su manera”.

Y recuerda a su amigo de fatigas, a Ramonet. El piso de “la loca”, “donde convivían hacinados Ramonet y su familia”.

¿El amigo? “Ramonet, mi compañero de correrías, con su temprana afición al vino, --le había roto el tabique nasal a Ferran en un incidente—parecía condenado por el mismo entorno que lo vio nacer; un destino que el Raval moderno no ha logrado borrar del todo, con sus narcopisos y su marginación persistente”.

El gato de Botero, en el Raval

El gato de Botero, en el Raval SIMÓN SÁNCHEZ BARCELONA

Por las páginas de Un átomo del barrio chino corren muchos otros personajes, hombres y mujeres muy reales. “Pedro ‘el Cojo’ y ‘la Gallega’, con su amargura y su fugaz alegría en aquella Nochebuena, eran la cara humana de un barrio donde la supervivencia y la tragedia se daban la mano. Sus hijos, de padre incierto, bien podrían ser los antepasados de esos inadaptados que hoy duermen junto al dispensario de Perecamps”, apunta Ferran.

Con referencias literarias, con la documentación oportuna, Joan Ferran recorre los años cincuenta, sesenta y setenta del barrio chino. Le invade una cierta nostalgia, porque lo vivido de joven siempre es determinante. Pero cree que ha cumplido el encargo de su pareja, Dolors, que le pide que escriba y plasme lo que recuerda, desde ese bar regentado por un italiano que aprendió muy rápido los códigos del barrio, y también por sus padres, por su progenitor, que quiso dedicarse a la radio, y se mantuvo firme en la barra del Bar Berenguer.

Los problemas del Raval

Ferran, que no deshumaniza a ninguno de todos los personajes que conoció, que busca comprender las circunstancias de cada uno, ve ahora el antiguo barrio chino muy cambiado. Y con elementos muy positivos, aunque, también, con conexiones con el pasado que no se acaban de superar.

“La Ciutat Vella actual es otra cosa. Han llegado la Filmoteca, los hoteles de lujo y las avenidas con acacias, jacarandas, palmeras y la escultura del gato de Fernando Botero. (…) “Pero al Raval le duelen el hacinamiento, las ocupaciones, la inseguridad, el incivismo, la especulación y los narcopisos. Barcelona ha tomado conciencia del ‘síndrome de Sísifo’, que supone convivir con estos problemas, pero sigue adelante. Seguimos adelante”.

¿Capítulo cerrado? Imposible: “El Barrio chino está bien muerto, quizás sí. Pero mientras yo respire, el Bar Berenguer seguirá teniendo la persiana subida al alba, una cafetera italiana dispuesta a servir café negro y un niño con los ojos como platos, intentando no perderse nada”, escribe Joan Ferran.

La presentación del libro, Un átomo del barrio chino, tendrá lugar en las jornadas Desperta Barcelona, organizadas por Metrópoli y Crónica Global el próximo 30 de septiembre, en Casa Seat, junto con el politólogo y senador Gabriel Colomé y el propio autor.