Asentamiento en la Vila Olímpica de Barcelona sobre la Ronda Litoral

Asentamiento en la Vila Olímpica de Barcelona sobre la Ronda Litoral Gala Espín Barcelona

El pulso de la ciudad

Más de 1.600 kilómetros en patera para acabar en una tienda de campaña sobre la Ronda Litoral: "Nos sentimos completamente solos"

Varios chicos que residen en uno de los asentamientos de la Vila Olímpica tienen menos de 20 años, son de Gambia y llegaron en una embarcación después de creer que "a este lado del Mediterráneo su vida sería mejor"

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Más de 1600 kilómetros en patera. Una de las rutas migratorias más mortales del mundo. 1.172 personas murieron en 2025 al intentar llegar a las Islas Canarias.

No tienen ni 20 años, son de Gambia y viven en un campamento improvisado en uno de los puentes que unen La Ciutadella con el paseo marítimo. Son, de alguna forma, "afortunados" por haber salido vivos de la patera que, durante varias semanas, les hizo creer que, a este lado del Mediterráneo, su vida sería mejor.

Asentamiento en Vila Olímpica sobre la Ronda Litoral

Asentamiento en Vila Olímpica sobre la Ronda Litoral Gala Espín Barcelona

Mientras en el paseo marítimo se ven corredores y transeúntes, ellos, enfrente de una de las tiendas de campaña, están sentados en sillas de plástico verde oscuro. Omar (nombre ficticio puesto a petición del joven) se lía un cigarro, corta una barra de pan y bebe un sorbo de café de un vaso que acaba de comprar en la cafetería que hay justo al lado.

Al fondo, otro grupo de chicos cuelga la ropa en un tendedero puesto con cuerda entre dos tiendas de campaña.

Barcelona sigue con su ritmo habitual

El contraste es difícil de ignorar. A unos metros, Barcelona sigue con su ritmo habitual: gente que pasea, bicicletas que pasan, corredores que avanzan junto al mar, turistas que buscan una fotografía. Encima del puente, en cambio, hay una pequeña vida montada a base de lo que cabe en unas tiendas de campaña: bolsas de plástico llenas de ropa, comida y algunos objetos personales.

Son seis. Todos jóvenes. Todos llegaron a España en patera desde Gambia. Todos pasaron por centros de menores en distintos puntos de la Península después de ser trasladados desde Canarias. Y todos terminaron fuera del sistema de protección al cumplir los 18 años.

Asentamiento en La Vila Olímpica sobre la Ronda Litoral

Asentamiento en La Vila Olímpica sobre la Ronda Litoral Gala Espín Barcelona

La mayoría llegó siendo menor de edad. La protección duró mientras fueron menores. Después, la vida cambió de golpe.

Del centro de menores a la calle

Omar recuerda el viaje en patera como un trayecto que parece difícil de encajar con la normalidad de una mañana cualquiera en Barcelona. Durante semanas, el mar fue el espacio entre una vida y otra. Salieron de Gambia con la idea de llegar a Europa para tener "una vida mejor", o eso, al menos, fue lo que les dijeron. Después llegó el traslado a la Península.

Asentamiento en la Vila Olímpica sobre la Ronda Litoral

Asentamiento en la Vila Olímpica sobre la Ronda Litoral Gala Espín Barcelona

Unos fueron enviados a Zaragoza. Otros, a Ávila y a otras partes de la península. Cada uno siguió un recorrido distinto dentro del sistema de protección de menores. Allí estudiaron, aprendieron oficios, hicieron cursos y empezaron a imaginar qué podrían hacer cuando fueran mayores de edad. "Yo siempre he querido ser fontanero", dice Modou mientras asoma por el lateral de la tienda de campaña. Pero la mayoría de esas historias tienen el mismo punto de inflexión: cumplir los 18.

Para entonces, ya no eran menores que necesitaban protección. Eran adultos jóvenes que tenían que encontrar un lugar donde vivir, una forma de mantenerse y una vía para incorporarse al mercado laboral. "Nos sentimos completamente solos", dice Lamine, otro de los chicos que vive en el asentamiento. "Siento que todo el rato todo son problemas, no sé cómo puedo hacer mis papeles para trabajar", añade Abdul, el chico sentado a la derecha de Lamine.

Con la idea de que aquí, en Barcelona, tendrían más oportunidades y más posibilidades de construir una vida, todos, de forma casi paralela, fueron buscando la forma de llegar a la capital catalana. "Pensé que por ser una ciudad más grande habría más oportunidades", dice Lamine. Pero la realidad acabó imponiéndose cuando llegaron y se encontraron con un panorama muy distinto al que habían imaginado: "Llevo más de un año viviendo en la calle", dice Modou. "Yo casi dos", dice Omar.

"Desde entonces no he podido volver a trabajar"

En uno de los centros, Omar estudió cocina. Hizo prácticas con Cáritas. Durante ese tiempo, tuvo la posibilidad de aprender un oficio y acercarse al mundo laboral. Cuando terminó las prácticas, sin embargo, también terminó aquella estructura de apoyo. "Desde entonces no he podido volver a trabajar", cuenta. Y llegó la calle.

No hay una transición clara entre el centro y una habitación. Entre la tutela y un contrato de trabajo. Entre tener un techo y buscar dónde dormir. La transición, en su caso, fue un espacio improvisado bajo un puente.

En el pequeño campamento, las conversaciones vuelven una y otra vez sobre lo mismo: trabajar, encontrar una habitación, conseguir estabilidad. No hablan de grandes proyectos. Hablan de cosas concretas. De aquello que permitiría que las tiendas de campaña dejaran de ser su casa.

Pertenencias de los jóvenes de Gambia en el asentamiento de Vila Olímpica de Barcelona

Pertenencias de los jóvenes de Gambia en el asentamiento de Vila Olímpica de Barcelona Gala Espín Barcelona

Los seis tienen documentación, pero explican que está caducada. Ese papel, que en otro contexto podría ser simplemente un trámite pendiente, aquí se convierte en una pieza más de una cadena de obstáculos. Sin documentación en vigor, encontrar trabajo resulta más complicado. Sin trabajo, pagar una habitación se vuelve prácticamente imposible. Sin habitación, vuelven a la calle. Y la calle vuelve a ser el principio y el final de todo.

Hay una especie de rutina dentro del campamento

La ropa se seca al sol sobre una cuerda. Las sillas sirven para sentarse, comer o simplemente pasar las horas. Las bolsas guardan las pocas pertenencias que pueden llevar consigo. El café de la mañana se compra en el establecimiento de al lado. No parece un lugar pensado para quedarse aunque muchos de ellos lleven allí más de ocho meses.

Las tiendas están colocadas sobre la estructura del puente, protegidas parcialmente del paso de la gente y del tráfico. Por debajo circulan coches. A un lado, a escasos metros está La Ciutadella; al otro, el mar. Entre ambos espacios, sobre el hormigón, seis jóvenes intentan construir algo parecido a una casa.

De vez en cuando pasa alguien cerca y mira. Ellos siguen hablando.

No parecen sorprendidos por las miradas. Tampoco por el ruido. Han aprendido a vivir en un lugar por el que otros simplemente pasean.

Llegar a Europa no era el final

La imagen de una patera suele asociarse al momento de la llegada: el rescate, el desembarco, las mantas térmicas, los primeros minutos en tierra firme. Para ellos, sin embargo, la llegada fue solo el comienzo.

Omar estudió cocina. Modou quiere ser fontanero. Son dos caminos distintos hacia la misma idea: trabajar y poder vivir de manera digna. Pero entre esa idea y la realidad hay un vacío. Un vacío que ahora ocupa una tienda de campaña.

En Barcelona, sentados sobre un puente que conecta la ciudad con el paseo marítimo, los seis jóvenes esperan que algo cambie. Mientras tanto, hacen vida entre cuerdas con ropa tendida, sillas de plástico y bolsas de comida.

El mar está cerca. También lo está la ciudad que un día imaginaron al otro lado de la ruta. Pero la vida que esperaban encontrar cuando llegaron todavía parece estar a kilómetros de distancia.