Cuando el invierno aprieta y la humedad se cuela en los huesos, el cuerpo pide calor y refugio. Afortunadamente, no hace falta planear largos viajes ni cruzar fronteras para encontrarlo.
A escasos kilómetros de la capital catalana, en el límite entre el Vallès Oriental y el Occidental, Caldes de Montbui emerge como un oasis de vapor y piedra. Este municipio, conocido históricamente por sus propiedades medicinales, vive una segunda juventud como destino predilecto para quienes buscan salud, patrimonio y calma sin alejarse del área metropolitana.
La geología ha sido generosa con esta tierra. Situada entre la llanura y la falda del monte Farell (805 metros), la villa se asienta sobre un sistema de fracturas y plegamientos subterráneos que permiten el afloramiento de aguas termales a una temperatura excepcional de 74°C. Este fenómeno natural no solo define su paisaje, a menudo envuelto en la bruma mística del vapor, sino que ha marcado su destino desde hace más de dos mil años.
Caldes de Montbui en una imagen de archivo
Un legado escrito en agua hirviendo
El corazón de Caldes late en la Font del Lleó. Este brollador, símbolo indiscutible de la villa, no es una simple fuente: es un monumento a la historia local. Construida originalmente en 1581 y renovada en el siglo XIX, su aspecto actual de estilo novecentista se debe a la restauración de Manuel Raspall en 1927. Ver brotar el agua a esa temperatura es un espectáculo hipnótico que conecta al visitante con las generaciones de romanos que, siglos atrás, ya entendieron el valor de estas tierras.
De hecho, la huella del Imperio es imborrable. Caldes de Montbui conserva las termas romanas mejor preservadas de la península, declaradas Bien Cultural de Interés Nacional. Pasear por su núcleo antiguo es transitar por un museo al aire libre donde conviven la Torre de la Presó —antigua defensa medieval y cárcel del siglo XIX— con los restos de la muralla que se divisan desde el puente románico de 1226.
Pero Caldes no vive solo del pasado remoto. A finales del siglo XIX, la villa vivió una época dorada convirtiéndose en un centro de veraneo y salud de primer orden, llegando a albergar siete balnearios y dos hospitales. Hoy, ese esplendor burgués sobrevive en los tres establecimientos históricos que siguen operativos: el Vila de Caldes, el Broquetas y las Termes Victòria. Renovados con instalaciones modernas pero manteniendo su atmósfera modernista, estos centros son el refugio ideal para una jornada de spa invernal.
La fuente del Lleó de Caldes de Monbui en una imagen de archivo
Arte, cultura y senderismo
Más allá del agua, la oferta cultural sorprende por su riqueza. El visitante puede adentrarse en el patrimonio eclesiástico visitando la iglesia de Santa Maria, famosa por su portalada barroca y la Majestad románica del siglo XIII, o descubrir la historia local en el museo Thermalia y el Museo Delger.
Para los que prefieren combinar el relax termal con un poco de actividad física, el entorno natural ofrece opciones muy atractivas. Una recomendación especial es la excursión al valle de Sant Sebastià de Montmajor. Situado en un paraje de gran belleza al norte del Farell, este rincón esconde una joya del románico del siglo XI con frescos de Antoni Vila Arrufat, perfecto para desconectar del ruido urbano.
Datos prácticos para la escapada
La mejor época para visitar Caldes es, sin duda, ahora. El invierno, condicionado por las sierras prelitorales, invita a buscar el calor de sus aguas, aunque la localidad es un destino vibrante todo el año, especialmente durante su Fiesta Mayor o la Festa de la Capvuitada en octubre.
Llegar es sencillo y rápido, lo que la convierte en una opción inmejorable para un fin de semana o incluso una excursión de un día. Ya sea por salud, por historia o simplemente por el placer de sumergirse en aguas calientes mientras fuera hace frío, Caldes de Montbui demuestra que el paraíso termal está a la vuelta de la esquina.
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