Marc y Wilco junto al barco en el que trabajan Mataró
A bordo con Marc (26) y Wilco (25), pescadores del puerto de Mataró: "El día empieza a las 4:30 y es duro, pero es un orgullo apostar por el oficio"
De compartir pupitre a compartir cubierta; los dos jóvenes pescadores que cada mañana despiertan al Puerto de Mataró antes de que salga el so
Son las 5:00 horas de la mañana y el puerto está vacío. Al fondo, una furgoneta negra se acerca a la puerta de entrada al Puerto de Mataró. Dentro saludan Wilco y Marc desde la ventanilla todavía con cara de sueño.
La ciudad duerme al otro lado del espigón, ajena al movimiento silencioso que ya empieza a formarse entre las embarcaciones amarradas. Las farolas proyectan una luz amarillenta sobre el agua oscura y el mar, aún en calma, devuelve reflejos temblorosos que se rompen con el leve balanceo de los barcos. Huele a sal, a gasoil, a cuerda húmeda, a metal frío. A esa hora, el puerto pertenece a quienes viven de él.
Jornada de pesca con Marc y Wilco, dos jóvenes de Argentona
Es entonces cuando llegan Marc y Wilco a su barco pesquero. Ellos son dos jóvenes pescadores de Argentona, amigos desde la infancia, compañeros de escuela, de pueblo y ahora también de mar.
Jornada de pesca con Marc y Wilco, dos jóvenes de Argentona
Marc tiene 26 años; Wilco, 25. Se conocen desde tan pequeños que ninguno recuerda el momento exacto en que se hicieron amigos. Crecieron juntos y hoy comparten algo más que una amistad: comparten la rutina de levantarse cuando todavía es noche cerrada para salir a faenar en la barca de Marc.
Marc prepara las redes para empezar la jornada
No hace falta que hablen demasiado. Sus movimientos parecen formar parte de una costumbre que se ha vuelto casi automática. Uno abre la furgoneta, el otro empieza a sacar las cubetas. El hielo cae dentro de los cajones con un crujido seco. Las botas resuenan sobre la madera húmeda del pantalán. El motor de la barca tarda unos segundos en romper el silencio del puerto, y cuando por fin arranca, la jornada empieza de verdad.
La madrugada antes del mar
La mañana de ambos ha empezado mucho antes. A las 4:30, cuando todavía no ha asomado ni el primer indicio del alba, suena el despertador. Marc se toma el café rápido y prepara el bocadillo antes de salir de casa. Wilco, algo más previsor, lo deja listo la noche anterior para arañar unos minutos más de sueño. Se encuentran, como cada día, en casa de Marc, suben a la furgoneta y bajan juntos hasta el puerto.
Jornada de pesca con Marc y Wilco, dos jóvenes de Argentona
Es una rutina milimétrica, aprendida a base de repetirla durante años.
Mientras Marc enciende la embarcación y revisa que todo esté en orden, Wilco se ocupa de los últimos detalles: el hielo, las cubetas, algunos cabos, el material necesario para la jornada. Todo tiene su lugar, su función y su momento. No hay margen para el desorden.
Más allá de un verano
Marc viene de familia de pescadores; su padre lleva décadas en el oficio y, aunque Marc estudió un grado de deportes, siempre tuvo la pasión del mar. “Marc ha elegido el camino que ha querido. Lo veo muy preparado para esto y de alguna manera me hace feliz saber que se dedica a lo que quiere”, dice su padre.
Wilco durante una jornada de pesca
Sin embargo, Marc reconoce que su padre nunca insistió en que siguiera sus pasos y que él mismo siempre quiso explorar otros caminos. Por su parte, Wilco no proviene de una familia pescadora: estudió Administración de Empresas y Marketing, y jamás se imaginó trabajando en el mar. Sin embargo, un verano, Marc le propuso acompañarlo para ganarse unos días y, lo que empezó como una aventura de verano, hoy sigue siendo su rutina diaria junto al mar.
Una calma breve con oleaje incómodo
Cuando la barca abandona lentamente el muelle, el puerto queda atrás como una mancha de luces cada vez más pequeña. Frente a ellos se abre el Mediterráneo aún negro, una superficie lisa, casi inmóvil, que apenas se rompe con la proa.
Marc limpiando la red
Durante los cincuenta minutos de trayecto hasta la zona de pesca todavía queda espacio para una calma breve aunque con un oleaje un poco incómodo.
Se comen el bocadillo mientras se colocan el traje de agua, hablan del partido de fútbol del día anterior, miran el móvil, comentan algunos vídeos de la cuenta de redes sociales que han empezado a mover para enseñar su trabajo.
Es quizá el único momento del día que se parece a la vida de cualquier otro joven de su edad. Luego llega el trabajo.
El oficio aprendido entre redes
En cuanto alcanzan la zona donde dejaron caladas las redes el día anterior, el ritmo cambia por completo.
La barca reduce velocidad y ambos se colocan en sus puestos sin necesidad de decir nada. Marc en la maquinilla de popa, Wilco en la de proa. Cada uno sabe exactamente qué tiene que hacer.
Jornada de pesca con Marc y Wilco, dos jóvenes de Argentona
Lo han repetido tantas veces que el cuerpo se adelanta al pensamiento.La red empieza a subir.
Primero emerge empapada, pesada, escurriendo agua salada sobre la cubierta. Luego aparecen restos del fondo marino: algas, pequeñas piedras, fragmentos de conchas, arena. Finalmente, entre las mallas, el pescado.
Levantar, limpiar, clasificar, volver a calar
La cubierta se convierte en un escenario de movimiento constante. Las manos se mueven con rapidez, separando, limpiando, clasificando. El agua salpica las botas. Las cuerdas mojadas rozan la cubierta con un sonido áspero. La red vuelve a caer al agua y vuelve a levantarse. Todo sucede en un ciclo continuo.
Jornada de pesca con Marc y Wilco, dos jóvenes de Argentona
Levantar, limpiar, clasificar, volver a calar. No hay pausas.
Mientras trabajan, el mar empieza a cambiar de color. La oscuridad inicial se disuelve poco a poco en una franja gris azulada sobre el horizonte. Más tarde, el sol termina de asomar y la luz cae de lleno sobre la cubierta, iluminando las gotas de agua que todavía resbalan por la red.
Hoy la jornada no ha sido especialmente generosa. Han salido unos 30 kilos de rape, una cantidad modesta. “No todos los días se pega el pelotazo”, dicen con la naturalidad de quien sabe que la pesca depende de demasiados factores que escapan al control humano.
Hay días buenos y días malos. Y en el mar, aceptar eso forma parte del trabajo.
Una amistad que sostiene la jornada
Trabajar tantas horas en un espacio reducido podría desgastar cualquier relación, pero en su caso sucede lo contrario. Su amistad es casi una herramienta más de trabajo. Se conocen tanto que anticipan los movimientos del otro. Wilco lo explica con una frase que resume años compartidos: “solo por el ruido del motor ya sé lo que está haciendo”.
Jornada de pesca con Marc y Wilco, dos jóvenes de Argentona
Eso se nota en la forma en que se coordinan, en los silencios cómodos, en las bromas que se cuelan incluso en mitad de la faena. Hay confianza, complicidad y también una forma de entender el trabajo que va más allá de la jerarquía habitual. No sienten que uno trabaje para el otro. Sienten que salen al mar juntos.
Eso hace que incluso los días malos pesen un poco menos. Si la pesca no acompaña, al menos comparten el cansancio, la frustración y también las risas.
Porque incluso en medio del esfuerzo físico, del olor a pescado fresco y del frío húmedo de la mañana, encuentran espacio para reírse.
El mar también guarda miedo
Pero el mar no siempre concede tregua.
Mientras la barca avanza entre una red y otra, inevitablemente sale el recuerdo del accidente que cambió su rutina durante meses. Fue hace casi un año.
Marc durante la jornada de trabajo
Un cabo se enganchó en el pie de Marc mientras estaban calando la red. La embarcación aceleró y, en cuestión de segundos, la tensión de la cuerda comenzó a apretar la bota con una fuerza brutal. La red tiraba hacia el fondo, el barco avanzaba y el pie quedó atrapado.
Todo ocurrió tan rápido que apenas hubo tiempo para pensar. Marc recuerda haber llegado a plantearse si debía saltar al agua o aguantar. La cuerda llegó a partir la bota y estuvo a punto de llevarse el pie.
Wilco fue quien reaccionó al instante. Escuchó el cambio en el sonido del motor, se giró y lo vio prácticamente suspendido, atrapado por el cabo. Saltó sobre él para sujetarlo y consiguió reducir la velocidad del barco.
Wilco durante la jornada de trabajo
Después vino la vuelta a puerto, una hora eterna con el botiquín abierto, gasas improvisadas y la adrenalina todavía recorriendo el cuerpo. Marc necesitó una operación, injertos y meses de rehabilitación.
Porque en el mar el riesgo nunca desaparece.
El orgullo de un oficio que resiste
Entre una maniobra y otra, la conversación deriva hacia el futuro de la pesca. Hablan con preocupación del relevo generacional, de la falta de jóvenes en el sector, de las restricciones y de la imagen que se tiene desde fuera.
Creen que es un oficio que no se entiende lo suficiente. “En el colegio nadie dice que quiere ser pescador”, comenta Wilco.
Jornada de pesca con Marc y Wilco, dos jóvenes de Argentona
Aun así, ambos siguen apostando por ello. No hablan desde la resignación, sino desde una convicción profunda. Saben que es un trabajo duro, físicamente exigente y mentalmente agotador, pero también sienten orgullo por lo que hacen: apostar por su profesión.
Hay una reivindicación constante en sus palabras: que se valore el pescado, pero sobre todo que se valore el trabajo que hay detrás. Cada pieza que llega a la lonja lleva consigo horas de madrugada, combustible, desgaste del material, incertidumbre y esfuerzo.
Quieren que quien compra pescado fresco entienda que detrás hay una historia, unas manos y una jornada como la que acaba de terminar.
La vuelta a tierra
Poco antes de las 12:00 horas del mediodía, la barca pone rumbo de regreso al puerto. La luz ya es completamente distinta a la de la salida. El mar brilla con intensidad bajo el sol de media mañana y el puerto vuelve a llenarse de ruido, voces y movimiento.
Jornada de pesca con Marc y Wilco, dos jóvenes de Argentona
Ellos, en cambio, regresan con el cansancio marcado en la cara. Los hombros caídos, las manos húmedas, la ropa impregnada de sal y de olor a mar. Pero también con la tranquilidad de haber completado otra jornada. Amarran la embarcación con movimientos precisos, descargan las cubetas y dejan preparado lo necesario para el día siguiente.
Tras amarrar la barca, el día continúa según el plan. Dependiendo de la jornada, van a casa a comer o se dirigen a la lonja para vender el pescado, ya que se turnan con otras barcas. Wilco, además, continúa sus estudios para sacarse el título de patrón, mientras que Marc se mantiene activo con sus entrenamientos.
Marc y Wilco desayunando en el barco
Ambos dedican tiempo después a entrenar en el gimnasio, y al llegar a casa preparan la cena y dejan listo lo necesario para el día siguiente. Finalmente, agotados, se van a dormir. Porque mañana, otra vez, a las 4:30, volverá a sonar el despertador. Y todo empezará de nuevo.
El café, la oscuridad, el motor, las redes, la espera, el mar.
Ciclo diario entre la noche y el mediodía
La vida de Marc y Wilco transcurre en ese ciclo diario entre la noche y el mediodía, entre el esfuerzo y la incertidumbre, entre la belleza del horizonte y la dureza de un oficio que pocos ven de cerca.
El barco con el que trabajan Wilco y Marc
Desde tierra, el mar puede parecer solo paisaje.
Para ellos, es trabajo, riesgo, sustento y también una forma de vida.