El Ayuntamiento de Barcelona ha entrado en un ciclo catastrófico en cuanto a cuentas se refiere. A pesar de los intentos del equipo de gobierno que encabeza la alcaldesa Ada Colau de maquillar los números, la realidad es muy distinta y los parámetros advierten sobre tiempos muy difíciles en la casa consistorial, económicamente hablando: bajan los ingresos, suben los gastos y se paralizan las inversiones. Peor, imposible.

Los ingresos corrientes para este año caerán, según los cálculos realizados, un 3,4 %, que traducido a euros quiere decir que Barcelona dejará de ingresar 43,7 millones. A ello, se le ha de sumar un aumento del gasto corriente del 6,9%, es decir, 60,9 millones de euros más . Paralelamente, la caída del ahorro bruto se sitúa en 104 millones. Para echarse a temblar.

CAEN LOS INGRESOS

“Lo que se produce es una bajada importante de los ingresos juntamente con una subida de los gastos, lo que es preocupante”, explican fuentes de la oposición municipal a Metrópoli Abierta. En el capítulo de gastos, hay dos vectores que son los que sufren un incremento importante: por un lado, el capítulo 1, o sea, los gastos de personal; por otro lado, se incrementan de manera importante las transferencias corrientes, es decir, los pagos para servicios a terceros que paga el consistorio o, dicho de otro modo, se disparan las subvenciones.

Pero hay un dato todavía más alarmante: el gasto de capital cae un 26,8%, es decir, 114,7 millones de euros en términos absolutos. Una barbaridad. Eso quiere decir que el capítulo 6 del presupuesto, las inversiones del consistorio barcelonés, se desploman. Son inversiones que afectan, sobre todo, a obra pública, construcción de escuelas o equipamientos municipales. Este desplome pone en peligro muchos de los proyectos municipales en marcha o que se habían proyectado en los últimos meses.

SITUACIÓN INSOSTENIBLE

El primer teniente de alcalde, Gerardo Pisarello, así como la propia alcaldesa, habían mantenido hasta el momento que no habrá recortes, pero en realidad es imposible que el consistorio de la capital catalana continúe con su plan contable a la vista de las catastróficas previsiones que se avecinan.

“Es un grave error que en el último año de mandato el gasto en inversión caiga en 114 millones de euros respecto al año pasado –explica a este diario Montserrat Ballarín, concejala del PSC y doctora en Derecho Fiscal y Financiero-. En estos momentos, se deberían estar acabando de realizar los equipamientos y el resto de obras presupuestadas para hacer funcionar la ciudad, pero con este recorte en las cuentas lo que se provocará será un frenazo a las mismas”.

La concejala socialista asegura que esta debacle en las cuentas municipales es un grave error “consecuencia de una mala previsión presupuestaria para el 2018. Con la ejecución del mes de junio, se confirma lo que el PSC ya había manifestado y puesto de manifiesto hace un mes: suben los gastos corrientes por encima de las previsiones y se ingresa menos de lo que se había calculado”.

SE BUSCA RESPONSABLE

Lo cierto es que con esos números encima de la mesa la alcaldesa no puede sacar pecho ni presumir de gestión. Al revés: las cifras la dejan en una situación de debilidad absoluta frente a toda la oposición. “El gobierno de Colau tendría que dar explicaciones. Y es preciso que alguien se responsabilice de este desastre, porque afecta directamente a los barceloneses y barcelonesas y tendrá consecuencias para el futuro de la ciudad”, reclama Ballarín.

La guerra está servida. El enroque del equipo municipal negando lo innegable no ha servido para ocultar la dura realidad: el Ayuntamiento no tiene dinero para hacer frente a los suntuosos gastos que se habían anunciado a bombo y platillo para el tramo final de la legislatura. Si Barcelona se queda con sus calles abiertas en canal, la imagen de Colau puede sufrir un duro revés, ya que las elecciones municipales están a la vuelta de la esquina.

Es cierto que la alcaldesa tiene todavía un cierto margen de maniobra, ya que dispondrá de casi seis meses del 2019 para arreglar el desaguisado, pero también es verdad que una situación de caso urbanístico no puede prolongarse en el tiempo para no alimentar un clima anti-Colau entre la ciudadanía.

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